Mi encuentro personal con el Alzheimer

Entonces le prometí a mi madre que no la dejaría perderse del todo. Que comenzaría a leer e investigar acerca del tema. Que confiara en mí. Y algo he logrado...

Por: Douglas Iván Paez Sosa
diciembre 15, 2021
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Mi encuentro personal con el Alzheimer
Foto: Pixabay

— Hijo, ¿Desde cuándo estoy en tu casa?

— Hijo, estamos en Cartagena ¿Cierto?

— Hijo, tienes toda esa ropa colgada sin planchar, ¿Quieres que te la planche?

Este comentario último, mientras viene hacia mí, con su caminar lento, espalda encorbada, y el peso y paso de la vida azotando su humanidad.

— Hijo, compra plátanos y te hago patacones mañana al desayuno. Con queso o salchichas, como te gusta.

Este otro comentario, cuando estábamos en el supermercado de la foto que sigue.

«Hace años que, por obvias razones, no pisa una cocina»

Creo, que para esta época hace un año, sentado en la barra del Hard Rock Café de Cartagena, de mis ojos brotaron ríos mientras escribía unas palabras muy sentidas, por el Alzheimer de mi madre.

Aquel día fue muy fuerte. Mi hermana me contó que, hablando con mi madre, ella, visiblemente angustiada, le preguntaba por un muchacho que ella quería mucho, pero que no recordaba el nombre. Yo, totalmente distraído —como siempre— le pregunté a mi hermana acerca de quién se estaba refiriendo mi madre; y ella, compungida respondió:

—Nuestra madre estaba hablando de ti. De Douglas.

Cerré la llamada de inmediato. Sentí aquel dolor intenso que emana del alma. Es un dolor que no duele como tal, no es físico pero que anuda tu garganta, agua los ojos, y provoca opresión en pecho y espíritu.

Es que enterarte que alguno de los tuyos está próximo a partir, te golpea. Pero peor aún, saber que partirá ella primero (mi madre), dejando aquí tras de sí el maldito cascarón vacío e inerte de ella misma ya no presente...

A los diagnosticados con Alzheimer, en sus rostros se van perdiendo los rasgos emocionales. Sus miradas se tornan fijas, dedicadas a objetivos únicos, pero miradas totalmente vacías.

Así me sentí aquel día. Hoy no, hoy lloro al escribir estas palabras, pero bueno, es inevitable no hacerlo al escribir con tanto sentimiento. ¡Es mi madre! Pero en mi yo interior, me siento tranquilo.

Un día hablando con ella, a comienzos de la enfermedad, me comentó con sus ojos cansados y agüados lo siguiente:

—Hijo, todo se me olvida, estoy preocupada. Creo que me estoy volviendo loca.

Sin titubear un instante y de manera instintiva, la tomé por su rostro, la miré fijamente y le pregunté:

—¿Madre, tú crees en mí?

Me dijo que sí.

— Pero, ¿de verdad crees en mí? Volví a preguntar, con la intención de tener toda su atención.

Esta vez, mirándome con su cara impregnada en tristeza y angustia, respondió:

— Hijo, sabes que sí creo en ti.

Entonces le prometí que no la dejaría perderse del todo. Que comenzaría a leer e investigar acerca del tema. Que confiara en mí.

Y algo he logrado. Con el aceite de coco vía oral, y una terapia que me he ideado, se ha retrasado la carencia total de conocimiento. Según el primer dictamen médico, a estas alturas ella no reconocería a nadie.

Mi terapia consiste en hablarle con especial dedicación del pasado inmediato. Del ayer, del hoy. Preguntarle e insistir (hasta hacerla recordar) qué desayunó, qué almorzó. De esta manera, la obligo a recordar (con mi conversación persuasiva y pistas), situaciones y personas recientes.

Es lo que los enfermos de Alzheimer pierden primero, la memoria inmediata. Esto nos informó el médico y lo ratifiqué leyendo.

Sabiendo esto, mi empírica sicología insiste en hacerla recordar lo reciente. Estoy haciéndola ejercitar el órgano que le está fallando, y directamente en la parte afectada.

Cada vez es más difícil, pero ahí vamos, es un reto. Y para este humilde mortal, los retos son la vida.

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