Mi compadre, el rey del tequila

El Museo del Tequila cuenta con una colección de más de 3000 botellas, legado de Alfonso González, máximo cultor y conocedor de la bebida mexicana en el país

Por: Ricardo Rondón Chamorro
septiembre 18, 2019
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Mi compadre, el rey del tequila
Foto: Abel Cárdenas

"El tequila es una bebida que se fuma" —Gonzalo Celorio Blasco, escritor mexicano.

Ahora que releo el extraordinario ensayo sobre el tequila del narrador, ensayista, catedrático y crítico literario mexicano Gonzalo Celorio Blasco —invitado especial al V Festival de la Palabra Caro y Cuervo, De sobremesa, que tuvo lugar en Bogotá, en septiembre de 2016—, ahondo en inevitable nostalgia el vacío enorme que dejó para la cultura tequilera del mundo, el reconocido investigador, cultor y coleccionista de la emblemática bebida azteca, el ibaguereño Alfonso José González.

Cuando se habla de tiempo atrás de que Colombia es el país más mexicanista de Latinoamérica, sin reservas se puede afirmar que Alfonso González, un guerrero del Tolima, como sus recios ancestros pijaos, vivió para México en lo más profundo de su corazón.

No en vano, su sentir y querencia mexicanas le abonaron el distintivo del Rey del Tequila, primero, por su amplio conocimiento del preciado néctar que deriva de la piña de agave; segundo, por la ambiciosa colección de botellas de tequila —alrededor de 3.300—, de diferentes tamaños, denominaciones y anécdotas; y tercero, con este admirable patrimonio, como creador del Museo del Tequila, en la zona rosa de Bogotá (Vive México con nosotros, como cita el eslogan), abierto al público en septiembre de 2002, y tras su fallecimiento en agosto de 2017, regentado por su hijo mayor Julián González Aragón.       

Alfonso con su hijo Julián González Aragón, que rige las riendas del Museo del Tequila tras el fallecimiento de su padre en 2017. Foto: Abel Cárdenas

Alfonso con su hijo Julián González Aragón, que rige las riendas del Museo del Tequila tras el fallecimiento de su padre en 2017. Foto: Abel Cárdenas

Alfonsito, como lo llamábamos con cariño, era el centro de las tertulias de largo aliento que se armaban con amigos de la cofradía del toro, el fútbol (su Tolima del alma), el tango, la poesía y las interminables partidas de póker, en las que habitualmente sobresalía su compadre Fernando González Pacheco, el polifacético animador y presentador de televisión.

Sin títulos universitarios ni credenciales académicas, Alfonso González hablaba de arte en distintas facetas, en particular de pintura; debatía de músicas del mundo; chapuceaba un inglés y un francés entendibles; y cuando mentaba el tequila, engolaba la voz del manito y se chantaba el sombrerón de charro, y quien no lo conociera, digería sin problemas el cuento de haber compartido una noche de corridos, rancheras y tequilas con un enraizado y digno descendiente de Emiliano Zapata o de Pancho Villa.

Y es que su cinematográfica historia de vida, de la poderosa universidad de la vida que González cursó a lo largo de sus setenta y cuatro calendarios, con los respectivos gozosos y dolorosos; con el amor y la devoción religiosas que siempre profesó por su familia; y por su entrega total a la cultura mexicana (su historia, su gastronomía, su música, el culto y estudio a fondo que le confirió al tequila), hay una deuda que es necesario saldar con una memoria impresa que narre en detalle sus aventuras y peripecias alrededor del exótico fruto del agave, y de todos sus logros obtenidos.

Es que cuando Alfonso González era crío, en medio de las dificultades y la precariedad, soñaba con ser Pelé, o como un torero del arte y la enjundia de Manuel Rodríguez Manolete, pero también como una estrella de la canción o el cine mexicanos de las fibras y el estrellato de Jorge Negrete, Pedro Infante o José Alfredo Jiménez, sus ídolos, pero sus dioses no le oyeron sus súplicas.           

Igual, Alfonso, aferrado en su terquedad, insistió en ser torero. No vistió el traje de luces que lo desvelaba, pero como torero y todero de la vida trascendió, cortó a pundonor las orejas, y le dio varias vueltas al ruedo, sin descontar los puntazos y las cornadas que le sorteó el destino.

En su humilde vivienda del barrio Belén, de Ibagué, el pequeño rumiaba esa nostalgia del querer ser y no poder, pero se nutría en su ilusión del temple y las ganas de triunfo, de saciarse de mundo a dentelladas.

Hambre de vivir, de explorar, de descubrir, de conquistar, de tomar la vida por los cuernos. Así fue el ímpetu de este corajudo tolimense que forjó una novela con su admirable existencia, con galardones de satisfacción y orgullo, como la de  ostentar la tercera colección más importante de tequila del planeta.

No he conocido un colombiano más mexicano que Alfonsito: transpiraba agave. Tenía a flor de labios el ardor de un jalapeño. Todos los dieciséis de septiembre celebraba en su museo el grito de independencia mexicana con himno, bandera y palma en el pecho. Sabía de los dichos, pasiones y afugias de sus cuates, los manitos. Y en su memoria de elefante llevaba grabados cualquier cantidad de corridos, desde los añejos y olorosos a pólvora de la Revolución, pasando por las citas alusivas, con lugares, fechas, compositores e intérpretes de rancheras, boleros, jarabes y huapangos del vasto patrimonio musical mexicano.

Alfonso González con la actriz y cantante Yolanda Rayo. Foto: Museo del Tequila

Alfonso González con la actriz y cantante Yolanda Rayo. Foto: Museo del Tequila

La pregunta que nos formulábamos era de dónde un tolimense de arraigo acuñaba una enorme influencia de la tradición, cultura y folclore azteca. Hay argumentos contundentes, como citamos al principio: uno, que Colombia es un país mexicanista por excelencia: posamos de machos envalentonados, nos hemos aferrado muchas veces a los faldones de una serenata para implorar cariño o perdón a la mujer amada; en la soledad de nuestros despechos, en el rincón de una cantina, a lo mero José Alfredo Jiménez, pasamos los tragos amargos de una traición. Y, no nos digamos mentiras, la historia lo ha demostrado, vibramos más con las rancheras que con bambucos, pasillos y guabinas, y pare de contar si hay unos niquelados de por medio.

Pero en el caso del Rey del tequila existe una razón definitiva: cuando Alfonso era un impúber y lo acorralaban querellas y nostalgias, se quedaba lelo, en solitario, oyendo las letras altisonantes y profanas que salían de los altavoces del antiguo panóptico municipal de Ibagué, vecino a su casa, que narraban las cuitas y las hazañas de ese México lindo y querido que se fue incrustando en su alma como una obsesión.

Si México es como lo pintan esas canciones, pues yo quiero ir a México, se decía en sus conclusiones de infante soñador. Y se lo propuso. ¿Saben cómo lo logró? Uno no entiende por qué Alfonso González no aparece en el libro de Replay : lo hizo en bicicleta, partiendo de su terruño natal, siguiendo la ruta de Panamá y Centroamérica, hasta llegar al Imperio de Moctezuma, durante diecinueve meses, a puro pedal y con el vigor y el espíritu de un adolescente aventurero, a contracorriente de las leyes del mundo.

Una joya artesanal esta botella que Alfonso González encomendó a la Casa Corralejo, de México, en nombre del expresidente Enrique Peña Nieto. Foto: Museo del Tequila

Una joya artesanal esta botella que Alfonso González encomendó a la Casa Corralejo, de México, en nombre del expresidente Enrique Peña Nieto. Foto: Museo del Tequila

Contaba González de las faenas en el D.F. mexicano: solo, extranjero, indocumentado, sin más arrestos que dos mudas de ropa y unos trozos de panela en la mochila para recargar energías.

Lo primero que conoció fue la Monumental Plaza de Toros —pero desde afuera— y quedó deslumbrado. Sentía que el tripaje le reclamaba los días sin pasar bocado, pero sin rendirse se empleó como lavaplatos en un restaurante, y en la noche como vigilante de estacionamientos, y luego poniéndole el hombro a los cubos de basura y desechos que sacaba de los sótanos de los hoteles.

Como vio esfumarse su anhelo de torero, Alfonso José González fue todero con la cabeza bien puesta, porque nunca le quedó nada grande. Aprendió a trabajar en oficios inimaginables, a ponerle el pecho a la adversidad, a moler el dolor y la indiferencia como si se tratara de una bola de mambe, y a pasarlo con el trago de ajenjo que maceran los corridos revolucionarios.

México fue su república sentimental. Por México y por esa fiebre de cuarenta grados de los coleccionistas, le dio varias vueltas al mundo para adquirir una botella de tequila, una entre las más de tres mil que hoy hacen parte de la extraordinaria colección de su museo, premiada y certificada por el Consejo Regulador del Tequila del gobierno mexicano, motivo de curiosidad y admiración de embajadores y presidentes, de personalidades del arte y la cultura, y de figuras rutilantes del cancionero mexicano como Vicente Fernández, con quien Alfonso y su familia trabaron una estrecha amistad y compartieron cata en el templo entronizado a la legendaria bebida.

La Guadalupana, Santa Patrona de México, en un nicho especial del Museo del Tequila.

La Guadalupana, Santa Patrona de México, en un nicho especial del Museo del Tequila.

La botella de tequila en forma de rifle más grande del mundo, Hijos de Villa, es la matrona del museo. Está registrada en el libro de los Guinness Récords: el envase es de manufactura italiana, con una capacidad para tres mil mililitros. Mide un metro y diecisiete centímetros de altura y contiene tequila reposado, macerado en barricas de roble. Se dice que de esta marca sólo se fabricaron nueve botellas. González logró una de ellas gracias a un amigo del toro que se la trajo del municipio de Tequila, en el estado de Jalisco.

La más pequeña también hace parte de la colección: Cava antigua es su marca y simula una jarra en miniatura. Su tapa es una bolita de madera y el sello fue elaborado en piel repujada. Al lado de la pequeñita sobresalió hasta hace unos años una botella de mezcal con veinte gusanos dentro, y un añejamiento de setenta calendarios. Uno de los meseros que limpiaba las estanterías la dejó caer en un descuido. González duró enfermo tres días y al empleado le costó el puesto. 

En su imperio tequilero, entre amigos y clientes, impartía cátedra sobre el cultivo del agave —la piña de agave—, su proceso de crianza, destilado, depuración y clasificación; de sus propiedades terapéuticas en sus justas proporciones para los vigores del cuerpo y del espíritu, y de las viandas, manjares y postres que se preparan con tequila.   

De hecho, el Margarita que encabeza la carta de cócteles del Museo del Tequila, fue referenciado como el mejor por decanos gastrónomos, bármanes y sumillers del prestigio y la credibilidad del fallecido Kendon MacDonald. Igual referencia, del afamado maestro de las artes plásticas, el vallecaucano Omar Rayo (q.e.p.d.), y de Satoko Tamura, traductora al japonés de la obra de Gabriel García Márquez, que llevó en su paladar la experiencia del cóctel más exquisito y auténtico que se conozca de este licor mexicano.

Las anécdotas, que como legado dejó Alfonso González alrededor del tequila, podrían llenar en promedio 300 páginas de un libro de gran formato: La de la botella en forma de rifle hizo eco cuando llegó a la sección de aduanas, del Aeropuerto El Dorado, de Bogotá. Venía en un guacal, y cuando el gendarme de turno preguntó sobre su contenido, el responsable de su tenencia, queriendo jugar una broma, respondió que se trataba de una sofisticada arma de fuego de largo alcance. Por supuesto que el revuelo de seguridad tuvo tintes cinematográficos.

Cientos de historias que van y vienen de su entrañable colección, como la botella en forma de pistola Colt 45, marca Hijos de Villa, que se elaboró como homenaje a la famosa e inseparable pistola del general Doroteo Arango, más conocido como Pancho Villa, y que el celebérrimo general legó a su descendencia. Como dato curioso, en la cacha aparecen nueve ranuras que simboliza el número de personas que cayeron por sus balas.

O la botella La Cucaracha, inspirada en la ranchera que cantaban los soldados de la Revolución en el tren de la División del Norte. El envase tiene la letra de la canción impresa y data de 1935. Alfonso la descubrió en la vitrina de un anticuario, en San Pedro de Tlaquepaque, vecino a Guadalajara. El frasco de por si es una obra de arte: vidrio artesanal color ámbar y hecha a mano.

Solo Alfonso supo de las bregas y los sufrimientos que pasó para hacerse a esta botella. El propietario insistía en su negativa para vendérsela, pero González, con su labia de culebrero, terminó por convencerlo.

Qué decir del tequila Matrimonio, que apareció con motivo de una edición especial y por encargo de una familia de Ginebra (Suiza). Dentro de la botella vienen dos copas con cactus diminutos en su interior, a manera de ritual afectivo de los recién casados. Su tequila es añejo, es decir de la mejor calidad, y se remite al año de 1950. Un amigo colombiano que viajaba por esas tierras, la compró y se la regaló.

El mosaico de los meros machos de la cultura mexicana, con el Rey del Tequila, por supuesto, al lado de Cantinflas y José Alfredo Jiménez.

El mosaico de los meros machos de la cultura mexicana, con el Rey del Tequila, por supuesto, al lado de Cantinflas y José Alfredo Jiménez.

Botellas de tequila a granel, celosamente cuidadas en las vidrieras de su museo: el tequila Gallo Giro, el de Los Tres Magüeyes, El Alcatraz, el Sol de Pénjamo, la botella de tequila hecha en cuero de pata de toro de lidia; el tequila que los herederos de Don Pedro Infante hicieron en homenaje al ídolo mexicano, y que lleva su nombre: la primera de esta serie fue dedicada a Alfonso José González y reposa en el Rincón de Pedro Infante, como él bautizó ese nicho de exposición en honor al recordado compositor e intérprete, donde también perdura su foto en blanco y negro, y la de su esposa, Lupita Torrentera, el collar de chaquiras del artista, y hasta un puñado de tierra de su sepultura, rescatado en un panteón del Distrito Federal.  

Cierta vez le pregunté cuál era la más amada de sus botellas. El Rey del Tequila quedó mustio, con la mirada fija en su embriagante arsenal:

—¡Todas!— respondió en seco, porque todas y cada una de ellas tiene vida propia y una historia que contar.

Pero quizás, la más preciada en su haber de la tercera colección de tequila más importante del mundo (después de la del gobierno mexicano y la de la Casa de la Cultura del pueblo de Tequila, donde están concentradas la mayoría de empresas tequileras de México) es una botella que se llama Los Arango, porque fue la primera que obtuvo cuando viajó por primera vez a México. La consiguió en la ciudad de Tapachula, en el estado de Chiapas. Esta, mi botellita consentida, como él la llamaba, fue el punto de partida de su colección.

Entre tequilas y chascarrillos, Alfonso González rememoraba sus ilusiones de muchacho tenaz y aventurero, cuando le ilusionaba ser y hacer de todo al tiempo: reconocida figura del ciclismo, futbolista, locutor, torero. Un curtido sabio mexicano, haciendo gala de la experiencia que deja el trajinar de la vida, lo bajó de esa nube cuando lo llamó al orden y lo puso en guardia: “usted le tira a todo pero no le atina a nada”, aseveró. Esa frase fue su lección maestra. La puso en práctica y le quedó sonando por el resto de sus días.

Muchos años después, recordando esa máxima, González la celebró en su museo con un sorbo de su copa de tequila preferido, el Campo Azul. Al fondo de la estancia se oía el dejo melancólico de Pénjamo, una de sus rancheras entrañables, y me confió el secreto de aquel día en que consumió peyote en Chiapas.

El buen gusto y la elegancia de servir un tequila, acompañado de sangrita, jícama, sal y limón.

El buen gusto y la elegancia de servir un tequila, acompañado de sangrita, jícama, sal y limón.

—El peyote te parte la vida en dos, antes y después. Le hace descubrir a uno sus propios demonios: el peyote te ayuda a hacer lo que tienes que hacer y no lo que quieres hacer— atinó mirándome fijo a los ojos como un chamán de las leyendas mayas.

—Alfonsito, para escapar de sus ráfagas hipnóticas: ¿cuál es el mejor pasante para disfrutar de un tequila?

—Pos otro tequila— respondió sonriendo mi compadre (padrino de mi hijo David Ricardo), el coleccionista, el Rey del Tequila, encunado en la poltrona de madera de Oaxaca, desde donde circunspecto vigilaba su reino.

Memoria gráfica de hace 20 años: Fernando González Pacheco, Alfonso González y su ahijado David Ricardo Rondón Arévalo

Memoria gráfica de hace 20 años: Fernando González Pacheco, Alfonso González y su ahijado David Ricardo Rondón Arévalo

***

El rey del tequila (ranchera)

(Para el compadre Alfonso González, un cuate a todo dar)

 

Si por trono tengo silla de agave

Y por corona piña de maguey mezcalero

Afinen cuerdas, trompetas, guargüeros

Yo soy el que buscan como a potro cerrero

 

Coro:

Alfonso González, el Rey Tequila

Cultor del imperio de Zapata y de Villa

Desde Guanajuato hasta Tamaulipas

Señor del Museo, Patrón de la Jima

 

Salí bien chamaco a probar nuevas suertes

Con escasos reales y ligero equipaje

Solo contra el mundo en aras del sueño

México a la vista, ese fue mi empeño.

 

Al sol de Moctezuma le ofrendé mi vida

Y aunque varias veces me dieron por muerto

Regresé a mi patria con las alforjas llenas

Silbando el corrido de Don Doroteo.  

 

Coro:

Alfonso González, el Rey Tequila

Cultor del imperio de Zapata y de Villa

Desde Guanajuato hasta Tamaulipas

Señor del Museo, Patrón de la Jima.

 

Llevo por medalla a la Santa Lupita

Y por agüero una bala perdida

Un puñado de tierra de Don Pedro Infante

Una copa de Chavela Vargas, un collar de Frida.

 

Tres mil botellas de rancio tequila

Las coplas de Don José Alfredo 

Las partituras de Don Chucho Monge   

Los boleros de Don Agustín Lara

 

Tengo por tesoro la mejor familia

Tres hijos de ensueño, dos amados nietos

Y una mujer maravilla, vigía de mis desvelos

Con unos ojitos de santo remedio.

 

Coro:

Alfonso González, el Rey Tequila

Cultor del imperio de Zapata y de Villa

Desde Guanajuato hasta Tamaulipas

Señor del Museo, Patrón de la Jima.

 

¿Pedirle más a la vida?

Si estoy embargado con ella

Con todo lo que me ha dado

Con mi buena estrella.

 

Cuando me llegue la hora

Que suenen clarines, trompetas

Que vibren guitarras, vihuelas

Y en ardorosas voces

El amado himno de mis quimeras:

 

Voz de la guitarra mía, al despertar la mañana

Quiere cantar su alegría a mi tierra mexicana

Yo le canto a tus volcanes, a tus praderas y flores

Que son como talismanes del amor de mis amores…

 

México lindo y querido, si muero lejos de ti

Que digan que estoy dormido

Y que me traigan aquí…

Que digan que estoy dormido

Y que me traigan aquí…

México lindo y querido

Si muero lejos de ti…

 

Coro:

Alfonso González, el Rey Tequila

Cultor del imperio de Zapata y de Villa

Desde Guanajuato hasta Tamaulipas

Señor del Museo, Patrón de la Jima.

***

El tequila es una bebida que se fuma (Gonzalo Celorio Blasco)

El tequila debe su nombre a una población de origen prehispánico, ubicada a poco más de 1200 metros sobre el nivel del mar y a poco menos de 60 kilómetros al noroeste de Guadalajara, capital del Estado de Jalisco. Es cabecera de un municipio que lleva el mismo nombre y en el que se asientan más de 170 poblados pequeños. En esta región crece, desde tiempos precolombinos, un maguey mezcalero de color menos verde que azul, que ha sido bautizado científicamente con el nombre de agave azul tequilana Weber del cual procede el tequila.

Esta planta se da en suelos arcillosos y en un clima semiseco, pues el exceso de agua le es dañino y acaba por pudrirla. De ahí que se siembre en las laderas de los cerros por donde el agua resbala sin que pueda estancarse y de que la orografía de la región parezca peinada de magueyes.

La planta tarda en madurar alrededor de diez años y no es sino hasta entonces cuando se practica la jima, que es la acción de deshojarla, sacrificándola, para obtener la piña o corazón de la planta del cual nacen las hojas y cuyo peso aproximado es de 30 kilos. Las piñas son tatemadas en horno y de ellas se extrae un mosto que es depositado en tinajas para su fermentación. 

Una vez fermentado pasa a los alambiques, donde se destila. Así se produce el tequila blanco, que es el de más alta graduación alcohólica. Pero hay otras variantes, que alargan el proceso: el tequila joven abocado, que es más suave; el reposado, que permanece un par de meses en grandes pipones, y el añejo, que se conserva en barricas de encino entre uno y tres años.

Los buenos tequilas ostentan en su etiqueta la leyenda 100% agave para diferenciarse de aquellos que utilizan en su producción otros azúcares hasta en un 49%, que es lo permitido por la ley. Recientemente, el tequila cuenta con denominación de origen, circunscrita a diversos municipios de cinco estados de la República, a saber: Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Nayarit y Tamaulipas.

Como el tabaco, el tequila se disfruta más de regreso que de ida. No se paladea debajo de la lengua, no se entretiene en la boca, sino que se ingiere de un solo golpe, hasta adentro, y es después, al exhalarse, cuando su espíritu se manifiesta. El tequila es una bebida que se fuma.

La botella de tequila registrada como la más grande del mundo por el libro de los Guinness Récords. Foto: La Pluma & La Herida

La botella de tequila registrada como la más grande del mundo por el libro de los Guinness Récords. Foto: La Pluma & La Herida

Suele acompañarse de tres diminutivos y sus correspondientes posesivos: su sangrita, su limoncito y su salecita. No voy a hablar de la sangrita, que es secundaria y, cuando tiene marca, puede ser tan calamitosa como las viudas que le prestan el nombre de sus difuntos maridos. Se dice que el limón y la sal, según consta en un poema de Efraín Huerta, han de colocarse en la hondonada que se forma, por la parte del dorso de la mano, entre el índice y el pulgar.

Semejante ritual, bastante pegostioso por cierto, hoy día sólo lo practican quienes no toman tequila habitualmente pero giran instrucciones a los extranjeros que, para sentirse mexicanos en una noche de Garibaldi, optan por cambiar el margarita por un tequila de veras. 

Hay quienes dicen que el limón debe chuparse antes del trago, para preparar la garganta. Pienso lo contrario. El limón, ya espolvoreado de sal, viene a matizar esa exhalación, ese eructo suave y silencioso, apenas susurrado, que sucede a la ingestión decidida. Para mí, la mejor compañera del tequila, empero, es la cerveza. 

No hablo de mezclas, Dios me libre, sino de alternancias. La cerveza, con sus levaduras, su efervescencia, sus blanquísimas espumas, teje una red sutil en la que cae el tequila, que siempre da saltos mortales. Además, la cerveza quita la sed. Y la sed es cosa seria.

Ay de aquel que sacie con tequila su sed. Recientemente se ha instaurado la práctica lamentable de combinar el tequila con refresco de toronja o de cola. Las mezclas de tequila me parecen abominables pero no se puede desconocer el prestigio del coctel llamado margarita, elaborado con tequila, jugo de limón y unas gotas de cointreau sobre hielo frappé y servido en una copa champañera escarchada de sal.

El tequila es un aperitivo y como tal se toma a mediodía, antes de comer, a menos de que la tarde, como dicen, esté tequilera. Es una bebida que debe contarse con rigor notarial. Nunca hay que tomarse más de tres tequilas (se entiende que dobles, en caballito grande) porque sus efectos son muy rápidos e intensos. 

El primero serena y tranquiliza; el segundo exalta; el tercero conduce a la frontera de la nostalgia. El cuarto rebasa esa frontera y puede provocar la depresión o recuperar los atributos del segundo, el de la exaltación, y provocar la disputa peleona.

La cruda del tequila es espantosa, como todas las crudas, pero ésta en particular genera una aversión a la bebida misma. Para que la cuña apriete ha de ser del mismo palo, dice el refrán. Ni manera: si se rebasó la dosis, no hay más que volver al tequila, con la alcahuetería maravillosa de una cerveza: un clavo saca a otro clavo.

Últimamente, sobre todo en Guadalajara, suele servirse el tequila en copa coñaquera. Tal actitud seguramente responde al deseo de proporcionarle el prestigio del coñac. No está mal porque el tequila lo merece, pero a mí me gusta servido en caballito. Para que galope.

De un tiempo a esta parte, han proliferado las marcas de tequila y sus coleccionistas. Algunas marcas son muy afortunadas y acaso tengan más valor literario que etílico, como el Suave patria, que ostenta en su etiqueta tricolor, realzada en oros heráldicos, un águila porfiriana. Lástima de la omisión del artículo, aunque, aún sin él, puede beberse con una épica sordina. El Caballito cerrero, que, por ser del cerro, no usa Herradura —fábrica de la que procedió y de la cual acabó por independizarse—. El Centinela imperial, que cuida el sueño del emperador. Pero yo sólo bebo Herradura blanco de 46°.

Conozco el proceso de su elaboración, desde la siembra del hijuelo hasta el alambique. He tenido el privilegio, gracias a la generosidad de mis amigos Marieta y Javier Portilla, de jimar el agave en el rancho de San José del Refugio en Amatitán, de presenciar la horneada de las piñas, de ver su desgarramiento, de oler el mosto, que huele a cruda, y advertir su fermentación natural y de perderme en los serpentines de sus alambiques hasta que el tequila se rompe —qué verbo maravilloso— a los 46°.

Las propiedades del tequila son muchas y magníficas. El historiador José María Muriá, que ha dedicado buena parte de sus trabajos de investigación precisamente al tequila, cita en un pequeño y muy recomendable libro de divulgación a don Lázaro Pérez, quien destaca en su Estudio sobre el maguey llamado mezcal en el estado de Jalisco, publicado en 1887, las “virtudes de esta bebida que la experiencia tiene confirmadas”:

Despertar el natural apetito de los alimentos, en las personas que por alguna causa lo han perdido; favorecer las digestiones difíciles; tonificar las funciones gástricas; tener una acción real en aquellas enfermedades en que la atonía hace el principal papel y en las dispepsias que, a menudo son rebeldes a todos los agentes conocidos de la Terapéutica; [...] vigorizar las funciones de la economía debilitadas por la edad; calmar la sed ocasionada por la insolación, propiedad que aprovechan con el mejor éxito muchos caminantes, evitándose así, las enfermedades, a veces de terminación fatal, que sobrevienen cuando para satisfacer aquella imperiosa necesidad, usan del agua natural; atenuar notablemente los efectos que sobre la economía produce en ciertas ocasiones, una extraordinaria baja de temperatura del ambiente; calmar la ingrata sensación del hambre, por espacio de muchas horas, por ser un alimento de los llamados respiratorios; levantar las fuerzas agotadas por un trabajo excesivo; avivar la inteligencia, ahuyentar el fastidio y procurar ilusiones agradables.

El tequila ha sido más filmado que escrito. O por lo menos es más conocido por la época de oro del cine nacional que por sus alusiones literarias. Todo mundo tiene presentes las imágenes de Pedro Infante, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz, apurando el caballito hasta el final o si no, bebiéndolo a pico de botella para animar la confidencia, para amarrar el llanto ocasionado por la mujer perdida, para envalentonar el duelo.

—¿Qué quieres tomar?— le pregunté a un amigo que llegó a casa un sábado al mediodía. Me respondió con un plural espléndido y peligroso, que anunciaba lluvias y tormentas:

—Tequilas— me dijo.

(Este texto hace parte del libro Guía del buen bebedor, Gatuperio Editores 2000, coordinado por el escritor, editor y catedrático mexicano Hernán Lara Zavala).

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