Metáforas detrás del lanzamiento del James Webb

La metáfora subyacente en el lanzamiento consiste en creer que podemos averiguar cuáles fueron las raíces que dieron origen a la vida en la tierra

Por: Carlos
enero 13, 2022
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Metáforas detrás del lanzamiento del James Webb
Foto: Pixabay

La metáfora subyacente en el lanzamiento del laboratorio James Webb ocurrido este diciembre consiste en creer que podemos averiguar cuáles fueron, o siguen siendo, las raíces que dieron origen a la vida en la tierra, es decir, la búsqueda de nuestras simientes más remotas cuando todavía, podía no saberse, que eso desembocaría en el mundo de hoy.

Se deriva lo anterior de la búsqueda de señales que pudieran estar de este lado del Horizonte de Sucesos, es decir, tan temprano como 300.000 años después de sucedido el Big Bang. De allí para atrás, nanay cucas: cero pollito, cero huevito. Por qué: lo otro está más allá del Horizonte de Sucesos.

Claro, esto podría sustentarse más basados en la preconcepción de existencia de una Era Inflacionaria después del Big Bang que habría borrado las huellas del Universo Primitivo.

Se entiende que la metáfora parece ilusionarse, algo presuntuosamente humano, con que sabemos qué vamos a buscar, pero es posible que no sepamos qué nos espera aun cuando limitemos astutamente el espectro; el lanzamiento del Webb sería un esplendoroso farol, por lo tanto nuestra metáfora mora en la incertidumbre, podría ser simple literatura, simple especulación de afiebrados.

Late en el centro una pregunta: ¿existe una embriología química; es decir, una matriz de la cual surgieran poco a poco los elementos que hoy componen la materia y, si es así, su origen fue, necesariamente ondulatorio?

Embriología que habría quedado de este lado pues luego se repite con la explosión de las supernovas que es de donde realmente provendríamos.

Aunque nos parezca inabarcable y ostentoso, lo que pudiera estarse diciendo es que nuestra verdadera madre, nuestro ovario y semen originario, anticipo de naturaleza sexual, es el sinnúmero de galaxias previas.

Y aunque lo ondulatorio atañe por antonomasia a la luz, y siendo la aparición de la luz un fenómeno relativamente tardío ¿pudo haber otras ondulaciones primigenias que crearan parte de la materia que hoy conocemos? Por eso el Webb rastrea el infrarrojo. Y, ¿el infrarrojo lejano?

Algo va de una ondulación a un neutrino, pero esa diferencia puede hacer que cambiemos nuestra apreciación de si nuestro mundo es más ondulatorio que material, aunque sea muy difícil, tremendamente oscuro, diferenciar entre ondulación y materia pues están inextricablemente asociados.

Aunque es posible que antes no lo estuvieran tanto. Es claro que para nuestra endeble intuición colegir formas de vida en la información que nos llegará del Universo primitivo es dar un salto en el registro de lo que normalmente denominamos imaginación.

Pero, no nos queda de otra. El mundo que nos visitará nos traerá el esqueleto primigenio de lo que estamos siendo. Esa ondulación es nuestra tatarataratarata abuela(o) más remota(o). Es mejor que nos acostumbremos a ver nuestro verdadero rostro.

Para aproximarnos a ello deberíamos recordar aquella otra metáfora que nos regalara alguna vez nuestro genio de cabecera, George Gamow en Biografía de la Física, cuando comentó que deberíamos acostumbrarnos a ver a los electrones orbitando alrededor del átomo “como moscas en una catedral”.

Si ese es el átomo ya podemos imaginarnos qué tan gaseosos somos los seres humanos: los humanos no podríamos ser más que una constelación.

¿Será por ello que el Universo está repleto de planetas gaseosos, es decir, formas de vida que todavía no tienen quien las vea, ni mostrarse, así como nos vemos nosotros y se muestra de sólida la Tierra?

Que nos apersonemos de origen tan extraño y remoto no descarta que ya el Webb nos esté entregando metáforas más próximas, es decir, utopías útiles e implementables.

Por ejemplo, esa manta multicapa del tamaño de una cancha de tenis, no presagia los derechos de nueva generación de tener los humanos un ambiente confortable muy a pesar del Cambio Climático.

En realidad el Webb al instalarce en una órbita atinente al punto Lagrange 2 ha ido en busca de una atmósfera climática donde la radiación solar no deja de ser inclemente.

En las peores condiciones de radiación el Webb se mantendrá atemperado, tal y como deberían estar los ciudadanos de la Tierra en el inmediato futuro. ¿Anticipa el Webb que con esa protección debería estar cobijada la Tierra en el inmediato futuro?

Es más, y en esa misma línea el mismo telescopio estaría confortado por una nano capa de oro protector y altamente reflectiva. Esto quiere decir que la redundancia sobre un derecho de nueva generación en nuestra civilización, está preconcebido en el microcosmos alrededor del telescopio, en tanto y cuanto quintaescencia representativa de la superficie terrestre.

Ahora bien, no estamos muy lejos de estar simulando lo que ya había hecho la vida en la Tierra: la atmósfera terrestre no es más que ese soberbio espejo reflectivo desplegado que nos defiende de las más suspicaces y sutiles ofensas de nuestro astro rey, tanto como de otras insolencias estelares que nos invaden inmisericordes y que resultan siendo nuestras cómplices pues, por paradoja, también contribuyeron a crear nuestro gran nicho celestial.

Sin embargo, las ilusiones pudieran estrellarse con lo que resulte de nuestros hallazgos con el Webb. La Ciencia de lo que se puede y no se puede nos está restregando evidencias contrafactuales pues lo que recibamos no nos deberían entregar un Universo determinista.

Si el Universo no es continuo, algo que sucede y anticipa lo siguiente como siguiendo alguna predeterminada trayectoria, nos encontraríamos con que deberíamos pensar más cuánticamente, es decir, más en nuestra esencia ondulatoria o, si se quiere, si concluimos que somos de la misma naturaleza de la luz, en nuestra doble naturaleza bariónica y ondulatoria.

Y eso si que parece estar bastante lejos, aunque, aterrizando un poco, sea lo que vemos diariamente cuando especulamos alrededor de la política. Nunca lo analizamos así. Haciendo una alusión más directa: ¿viene nuestra política, proviene ella, de la esencia del infrarrojo?

Para hacer esto comprensible, es decir, bajar un tanto el balón y permitir que la audiencia meta sus goles, deberíamos decir que existen fenómenos ondulatorios en la política, tanto como comportamientos materiales derivados del capricho fotónico.

Precisamente esta aclimatación es lo que hace que aquella presunción de un derecho de nueva generación del confort climático de la tierra que vivimos, anticipado por el Webb como decíamos, se pueda materializar pronto como política pública universal, visceralmente bioética.

Un laboratorio Webb que lancemos al punto Lagrange 2 de la política no debería sernos extraño. Deberíamos estar en capacidad de explorar el infrarrojo cercano. Obtener información de cual podría ser nuestro origen más remoto, cuando las sociedades humanas estaban más ligadas el devenir intrínseco de la naturaleza.

Aquellas energías, fósiles también pero menos dañinas, encapsuladas ondulatoriamente, quizás en Universos de más de tres dimensiones y que hieren de lejos como decía Homero, fueron las que dieron origen a este mundo y, debe creerse, pudieran dar origen, son simiente de los que siguen. Esto es inevitable y está más allá de nuestra posibilidad evitarlo.

Por lo pronto ya insinúan los derechos de nueva generación y cómo deben ser preservados. Por lo tanto, la metáfora del Webb está anunciando el despertar de una nueva era. Que le vaya bien al Webb quiere decir que debemos aterrizar ya sus más agradables metáforas.

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