Opinión

Mermelada amarga

En los territorios los proyectos llegan amarrados, el parlamentario se los “baja” a un alcalde o gobernador pero tiene amarrado al contratista

Por:
septiembre 04, 2015
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Desde que un exministro de Hacienda Juan Carlos Echeverry intervino en el trámite de la ley de reforma a las regalías para explicar con una metáfora que lo que se buscaba con ese proyecto era irrigar estos ingresos a todo el territorio nacional o sea “repartir mejor la mermelada  sobre la tostada”, quedó establecido un nuevo significado para la palabra mermelada.

Hoy, aunque eso no fue lo que quiso decir el ministro, mermelada es sinónimo de untarle la mano a alguien, repartir coimas, comprar voto, conciencias o simplemente significa corrupción. El vocabulario colombiano ha sido muy creativo al respecto; a lo largo de los años hemos usado varios términos eufemísticos para no aludir directamente al robo descarado del erario público.

Tal vez de los más famosos fueron las palabras “serrucho y tajada”; de ahí se ha pasado por otros más suaves o técnicos como comisión, porcentaje, sobre precio, etc. Pero lo de menos es el nombre que se le dé, porque lo de fondo es que nuestra inversión pública termina costando mucho más de lo que realmente vale y eso cuándo finalmente se ejecutan las obras, pues algunas se pagan dos y tres veces y nunca se terminan.

Ahora, lo malo de la mermelada, o cómo quieran llamarla, no es que lleguen recursos del gobierno nacional a los territorios. Eso es justo y necesario. Lo malo es que se adjudiquen los recursos del estado con criterios politiqueros y no técnicos. La plata de los impuestos es precisamente para invertirla a lo largo y ancho del país, en burocracia, en obras, en programas sociales o en deuda pública, pero no para que se quede en bolsillos de políticos inescrupulosos.

Esta semana uno de esos señorones de la política regional prometió “enmermelar” su departamento y de paso convirtió un sustantivo en verbo: Yo enmermelo, tu enmermelas, el enmermela, nosotros enmermelamos, vosotros enmermelaís…. Una figura retórica que se podría traducir en: yo robo, tu robas, el roba… o, como se trató de una promesa de campaña, sería más justo conjugarlo en futuro: yo robaré, tu robarás, el robará…y el departamento se enmermelará.

Para que mermelada no fuera sinónimo de corrupción habría que aplicar criterios meramente técnicos en la distribución del presupuesto, como manda la ley. Se debe partir, por ejemplo, del índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI), que sirve como indicador de pobreza aunque no es el único criterio. También está el número de habitantes en los municipios, su situación estratégica, sus condiciones ambientales y muchas otras consideraciones que no tienen nada que ver con su clase política.

Pero todos los que hemos pasado por el Congreso sabemos que así no es la cosa. Allá el indicador mayor se llama: “El que no llora no mama”. Es decir, los parlamentarios tienen que hacer valer su voto en cada comisión o plenaria para que el gobierno los tenga en cuenta. No importa si son de la Amazonía o de Bogotá, un voto es un voto y eso se paga con cupos indicativos, partidas regionales o simplemente “mermelada”.

Claro esto lo disfrazan con proyectos que deben tramitarse ante Planeación Nacional, los ministerios o los institutos. Allí podría aparecer un segundo filtro técnico, aunque lamentablemente eso pasa en muy pocos casos.

Y finalmente donde de verdad se amarga la mermelada es en los territorios. Allá los proyectos llegan amarrados, el parlamentario se los “baja” a un alcalde o gobernador pero tiene amarrado al contratista que los va a ejecutar y que sabrá repartir la mermelada. En algunos casos el alcalde o gobernador “exige” que algunas de estas partidas no vengan amarradas porque necesita ser él o ella quien las amarre según sus propios intereses y compromisos económicos o politiqueros.

Y finalmente en las regiones tampoco se priorizan los proyectos a ejecutar con criterios técnicos. Simplemente repiten el criterio nacional y le agregan su propios disparates o alcaldadas para gastarse la plata en cosas suntuarias, innecesarias o  francamente estúpidas. Para citar un ejemplo que he constatado en múltiples lugares, casi todos los municipios de Colombia han decidido remodelar su parque central, construir coliseos o hacer un monumento. ¿La mermelada llegó? Claro que sí, pero untó más de una tostada. Para constatar basta con mirarle a algunos políticos regionales y ver como tienen la boca toda enmermelada.

 

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