Medellín sin miedo

Yo seguiré observando una ciudad a través de los ojos de mis hijos, esos que me permiten entender el tipo de niños que le estamos entregando al mundo

Por: Gabriel H. Benavides B.
abril 21, 2022
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Medellín sin miedo
Foto: Pixabay

Llegar a vivir a una ciudad como Medellín para salir del caos en que está convertida Bogotá, considere que era la mejor opción; el clima, la tranquilidad de sus calles, sus amables vías y en su mayoría una sociedad afable con todo el mundo; nadie puede negar que era el mejor destino.

Al momento de buscar un colegio para dos niños, que durante seis años, estuvieron protegidos de las imposiciones religiosas y alejados de los matoneos, las estigmatizaciones, de la homofobia y del machismo, no ha sido fácil, Medellín guarda en su ADN la vocación religiosa, la imposición de una doctrina, que supongo, está arraigada en su más profundas convicciones y regionalismo.

Es importante resaltar en este momento que respeto profundamente cada creencia, cada postura, cada religión, aunque no las comparta, he estado rodeado de personas creyentes y con la mayoría de ellas hemos logrado convivir en los más altos estándares de respeto.

Es por ello que aunque prefiero una institución laica, para que no imponga, incluso por reflejo, una u otra práctica religiosa, considero que el real problema que se vive hoy en día en los colegios de Medellín, además de ser resultado de una fe, también se puede ver el reflejo del tipo de sociedad que se construye desde cada familia.

Cuando somos padres es imposible pensarnos una ciudadanía sin involucrarnos en que tipo de sociedad queremos para nuestros hijos, en mi caso sueño con una libre, autónoma, autogestionaria; pero considero fundamental que primero nos cuestionemos que tipo de niños/as le estamos entregando al mundo; entiendo que esto es un profundo tema de discusión que nos obliga a liberarnos de nuestro arraigado sentimiento de propiedad privada, que nos lleva a la obligada costumbre de mantener en una burbuja social y económica a nuestros hijos. Tema nada fácil de superar.

Imitando a Piaget, mi reflexión se ha producido gracias a la intervención que han hecho mis hijos en el mundo escolar en Medellín, la observación sobre este acontecer y un acercamiento a cada momento que ellos comparten conmigo, de sus experiencias y sensaciones. No puede llamarse esto un estudio, ni mucho menos, pero si son unas reflexiones que bien vale la pena hacerse al interior de cada familia, para comprender y visualizar el tipo de sociedad que estamos construyendo.

Cuando llegamos a la ciudad, mis hijos tenían su cabello largo y lo disfrutaban, lo llevaban con orgullo; en las calles empezaron a molestarse, pues cada vez era más frecuente que los adultos los llamaran niñas, en un principio, no ponían cuidado, luego les aclaraban a estos adultos que eran niños, hasta que llegó el punto que se enojaban constantemente.

En el Colegio, un grupo de niños mayores, esperaban que uno de ellos estuviera solo, para gritarle “niña” como ofensa, a lo que mi hijo no prestaba atención, pero cuando paso a ser más frecuente y lo buscaban en los momentos y lugares donde estaba solo, empezó a intimidarse, las prolongadas conversaciones y explicaciones que sostuve con él no valieron, lo llevaron a mantenerse de mal humor y despertar una agresividad en él que nos preocupó como familia.

Mi segundo hijo, mellizo, siempre ha mantenido unas posturas mucho más fuertes y no se deja intimidar fácilmente, en nuestras conversaciones, me contaba que se alejaba de sus compañeros de salón en los descansos, pues le gustaba estar solo, esto lo entendí y aunque siempre me produjo extrañeza no quise cuestionarlo al respecto.

Durante la semana de receso, gracias a una conversación que sostuvo con su hermano, nos enteramos de que era víctima de matoneo de un grupo de niñas de su propio salón, que se mofaban de él por su cabello largo y por el gusto que siempre ha tenido por unos colores en particular, como son el rosa y el violeta, colores que de por sí a mí me gustan. Estos eran motivos para señalar de “niña” a mi hijo, unas niñas que pretenden ofenderlo llamándolo “niña”.

Hace pocos días tuvimos que acceder a la petición de ambos, querían cortarse el cabello, pero ¿qué pudo cambiar de esos niños que llegaron a Medellín orgullosos de su cabello largo?, ¿qué afectó tanto su autoestima?

Es claro que la mayoría de los niños están influenciados por la tv, pero yo, que intento ver la mayoría de programas que ven mis hijos, no he encontrado prototipos machistas ni homofóbicos como si se encontraban en los programas de nuestra generación. Entonces, ¿estos sesgos irracionales que reflejan algunos niños y niñas en Medellín son el resultado de una convivencia familiar, machista y homofóbica?

Más allá de las violencias que hace treinta años vivieron en la ciudad, más allá de las violencias que durante algunas administraciones intentaron tapar entregando altos cargos a personas ligadas con grupos delincuenciales, hoy el reto que vive esta ciudad es destapar este tipo de violencias que se está gestando en los colegios. Nada bueno saldrá de una generación incapaz de tener una convivencia de respeto con aquellos diferentes.

El matoneo ha existido siempre, el machismo es un problema cultural, la homofobia es una enfermedad histórica, pero no por estar tan calados en la cultura y en el regionalismo debemos dejar de cuestionar y mucho menos debemos evitar su tratamiento.

Cuando en las urnas, en las elecciones para Alcaldía, leía el trino de Quintero, que “la esperanza derrotó al miedo”, me imaginaba una Medellín renovada, hoy estoy seguro de que para que alcancemos una Medellín Sin Miedo, debemos erradicar esa cultura machista, que, como ya se ha demostrado, es la responsable de la mayoría de los problemas de nuestra sociedad contemporánea.

Yo seguiré observando una ciudad a través de los ojos de mis hijos, esos que me permiten entender el tipo de niños que le estamos entregando al mundo.

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