“Me quisieron echar del bar El Campanario sólo por darle un beso a otro hombre”

Leonard Burgos bailaba con un amigo cuando los guardias de seguridad los amedrentaron en una clara muestra de homofobia

Por: Leonard Burgos
octubre 09, 2016
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“Me quisieron echar del bar El Campanario sólo por darle un beso a otro hombre”

Este viernes 7 de octubre quisieron echarme del bar Campanario de Bogotá, ubicado en la calle 83 con carrera 13, por estar bailando con otro hombre y por besarlo. Un guardia me empujó y me dijo: «usted no puede hacer eso». Respondí: «el que no puede hacer lo que está haciendo es usted, es un delito». Sin embargo, la cosa siguió, quisieron sacarme a la fuerza hasta que, después de un largo rato, el dueño del bar lo impidió, tal vez al enterarse de que expulsarnos no había sido tan fácil. Me sorprendió notar que los guardias actuaron como si tuvieran un respaldo institucional, pues era notable la seguridad que tenían sobre cómo estaban procediendo, a pesar de que mis amigos y yo alegásemos que eso que estaban haciendo no lo podían hacer. En resumidas cuentas, lo que me pasmó, más que el hecho terrible de la discriminación, fue justamente la seguridad y la legitimidad con la que los guardias parecían desenvolverse y el convencimiento con el que actuaron para expulsarnos del lugar. El intento por echarme finalmente se truncó porque otras personas en el bar empezaron también a protestar, y porque mis amigos, que son abogados, le explicaron con detalle al dueño que lo que hacían era un delito. Lo que me pasó a mí no es un caso aislado de lo que pasa en Colombia –y no solamente en estos días, sino desde la Colonia–. El bar, en nuestra historia, puede servir como metonimia de este país.

Hay quienes dicen que Ordóñez no entendió lo que dijo Humberto de la Calle sobre el enfoque de género días antes del plebiscito y, en general, que quienes lideraron la campaña por el no, poco o nada habían entendido de los acuerdos. He escuchado decir particularmente que quienes menos comprendieron fueron aquellos que estuvieron en contra de lo que llamaban la “ideología de género”. Me han dicho, e incluso he llegado a escuchar con algo de esperanza a quienes así lo defienden, que el problema fue que no supieron en qué consistía realmente este enfoque, pero que si hubieran sabido, si tan solo hubieran entendido bien de qué se trataba, si hubieran visto que así se reconocían crímenes atroces contra muchas mujeres y personas LGBTI, habrían cambiado de opinión. Con mucha ingenuidad pensé que nadie, después de comprender las cosas, podría oponerse al reconocimiento de la dignidad humana. Y resultó siendo sólo eso, pura ingenuidad. Así me convencí rápidamente de que sólo hacía falta que lo entendieran para que advirtieran lo crueles e injustos que habían sido al haber liderado y apoyado una campaña en contra del reconocimiento y la reparación del dolor de tanta gente. Pero no, sí entendieron, y en algunos sectores de la academia nos estamos equivocando al pensar, con cierto paternalismo sin duda, que lo que hace falta es explicarles ‘mejor’ las cosas. Que creamos que no han entendido es un gran desatino, y es apremiante que nos demos cuenta de nuestro error. Ordoñez sí entendió y leyó muy bien, ahora estoy seguro.

Vea también: “Esta situación es inaudita para nosotros”, repuesta a la nota de El Campanario

Pocos días antes del plebiscito, Humberto de la Calle expuso en la Habana las razones por las que él creía que era importante asumir un ‘enfoque de género’. Explicó que su inclusión en los acuerdos era urgente pues tenía el propósito de desarticular roles de discriminación y de violencia que han causado tanto dolor en tanta gente, y no sólo en la guerra, sino también fuera de ella. Afirmó, por ejemplo, que «cada vez ha sido mayor el descubrimiento de condiciones de mayor pobreza, de discriminación laboral, de subyugación de la mujer en la intimidad de su familia». Humberto de la Calle creyó que la inclusión efectiva de este enfoque en los acuerdos guiaría la construcción de un país más justo y menos violento. Para defender sus argumentos, hizo referencia a estudios académicos que desde la década de 1970 se han preocupado por el análisis del significado y de la naturaleza de las relaciones de opresión y, en extensión, por las formas de combatirlas. Ante esto, y muy pronto, Ordoñez hizo un video con el fin era alarmar sobre la inclusión de este enfoque en los acuerdos. Mostró el momento en que Humberto de la Calle citó a Joan Scott para decir que el género era una construcción social binaria (masculino/femenino) que servía para legitimar formas de opresión a partir de la naturalización de patrones de comportamiento y de valoración asignados a cada género. Pero Scott, la historiadora norteamericana citada, no se detiene en decir que el género es una categoría social impuesta sobre un cuerpo sexuado, y es importante que sepamos qué más dice, pues eso que dice Ordoñez lo sabe y lo entiende muy bien. Que no nos quede duda de eso. Scott enfatiza en que es peligroso precisar únicamente que el género es una construcción social entre los sexos, pues el género, dice ella, es una de las formas más cruciales de estructurar las relaciones de poder. En otras palabras, para Scott el género da forma a la construcción y la consolidación del poder, sea en la guerra, en la diplomacia o en la política. Ordoñez sabe muy bien, porque Scott le ha enseñado, que el género sirve para establecer y salvaguardar las posiciones de dominación de unos sobre otros. Él entiende su alcance, no creamos que él no sabe lo que está en juego: él ha leído y lo ha hecho bien.

Si no resistimos, si no denunciamos, si no empezamos a tener claridad sobre aquello en lo cual es importante no ceder, lo que se viene es la institucionalización y la defensa clara de la discriminación y la opresión, y no solo clara, sino informada, convencida y dispuesta a expulsarnos. De ahí en adelante, si no hacemos nada, se viene la legitimación pública de la segregación social, así como la validación de las prácticas discriminatorias sistemáticas que son producto de problemas estructurales. Paradójica y tristemente, un enfoque que pretendía incluir a todos, que por definición no alude exclusivamente a las personas LGBTI sino al conjunto de la población, separa hoy a Colombia. En este tipo de separaciones no podemos abrazarnos, pues el abuso y la discriminación no se negocian, ni hay que tolerarlas ni sobrellevarlas, hay que detenerlas en cuanto aparecen. Cuando lo que está en juego es la dignidad humana no hay lugar para la conciliación.

 

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