Máximo, siempre máximo

La música de Jiménez Hernández está dentro de un género llamado vallenato protesta. Utilizó el acordeón y sus composiciones para cantar a un pueblo oprimido

Por: Eduardo López Vergara
diciembre 09, 2021
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Máximo, siempre máximo

Hace poco menos de un mes sustenté ante un tribunal académico el trabajo de grado: 'La ética como resistencia: la alteridad levinasiana en Máximo Jiménez Hernández', para obtener el título de magíster en Filosofía otorgado por la Universidad del Atlántico. Un trabajo que me demandó dos años de investigación y un poco más de ocho meses de redacción, pero el resultado fue extremadamente satisfactorio, teniendo en cuenta que Máximo fue de esos cantautores casi condenado al ostracismo por la línea interpretativa de sus canciones.

La música de Jiménez Hernández se cataloga dentro de lo que está establecido como “vallenato de protesta”; siendo testigo del maltrato, exterminio y abandono del campesino e indígena colombiano, se comprometió con las luchas sociales de todo tipo, siempre en la búsqueda de un mundo mejor para todos. Y este tipo de canciones quieren o pretenden una reivindicación de los oprimidos en medio de negaciones por todo tipo.

Estas canciones, al igual que cualquier manifestación artística, se convirtieron en eje fundamental de expresión de las sociedades rechazadas. Estas composiciones exteriorizan las inconformidades de un pueblo oprimido, explotado, marginado, rechazado, silenciado, negado hasta su máxima expresión; y, Romualdo Brito, Andrés Beleño, Armando Zabaleta, Daniel Celedón, Chico Bolaños, entre otros, hicieron un gran aporte en la búsqueda de ese reconocimiento. Pero fue Máximo Jiménez Hernández, al lado de Guillermo Torres, uno de los más grandes exponentes de estas denuncias por medio de sus canciones e interpretaciones que buscaban la visibilización de hechos que habían sido ocultados por el poder avasallador de gobiernos manipulados por élites de terratenientes bajo el auspicio de grupos armados legales e ilegales.

El vallenato de carácter social tiene en su haber una infinidad de compositores que se han dedicado a la denuncia de los hechos vividos en Colombia, como los mencionados anteriormente que invitaban a la reflexión o que denunciaban las injusticias sociales y el drama de los campesinos y al mismo tiempo, se erigían como voces contra la opresión y que demandaban la equidad y la igualdad; en otras palabras, tiene como pretensión la búsqueda del reconocimiento total.

Entre lo que podemos llamar vallenato con contenido social encontramos tres categorías: un vallenato social romántico, el vallenato social crítico y el vallenato revolucionario. Estas tres categorías tienen sus representantes muy bien identificados y en los dos primeros hay una acusación que no trasciende más allá de la denuncia, en el tercero hay un compromiso mucho más real con la situación social.

En esta última categoría hay un compromiso directo con la transformación de la realidad. Los artistas son sujetos sociales activos que viven o sienten que están inmersos en un entorno y sienten la obligación de transformar la realidad no solo desde la crítica. Hay una verdadera intención en desenmascarar la realidad social, utilizando para ello, en sus canciones, una especie de mayéutica socrática con un público en su mayoría analfabeta. Y Máximo Jiménez es el principal representante de esta línea interpretativa.

Se inicia en el ámbito revolucionario de la mano de algunos intelectuales como Orlando Fals Borda, Víctor Negrete, David Sánchez Juliao, Iván Ulianov Chalarca, entre otros; esa vida revolucionaria lo lleva a convertirse en un pilar fundamental de las luchas campesinas de los años 70 y 80; que utilizó el acordeón y sus composiciones como vehículo de reivindicación social, de reconocimiento, y en ellas se puede evidenciar una propuesta ética y de decolonialismo. Irrumpe con la consolidación de las luchas campesinas que se dieron en el país por la reclamación de la tierra.

En esa reclamación de tierras se vincula a la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (Anuc) que fue creada por el gobierno de Lleras y, paradójicamente, la toma de la tierra fue una de las consecuencias de las mismas capacitaciones que el gobierno promovía a través de la Anuc para todo el sector campesino, porque en ellas los mismos descubrían que existía una alta concentración en manos de terratenientes; además, el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria que tenía la función de socializar la tierra al campesinado no estaba cumpliendo su función a cabalidad.

La presencia permanente de Máximo en las luchas sociales y su vínculo con la música llevaron a que el grupo de intelectuales que conformaban la Fundación La Rosca de Investigación y Acción Social y la Fundación del Caribe se pusieran en contacto con él para hacerlo parte del grupo que iniciaría el cambio de mentalidad del campesinado del departamento de Córdoba, que se aglutinaban en el proyecto de investigación del profesor Fals Borda, denominado investigación acción participación, cuya metodología tenía como fundamento que la investigación pasara a la acción y permitiera que las comunidades se transformaran con esa acción.

En medio de este proceso desarrollaron una serie de documentos con el propósito de que fueran un reflejo fiel de la realidad campesina, las cartillas de Víctor Negrete ilustradas por Chalarca y los trabajos discográficos de Máximo llevaron a los pobladores a ser conscientes de su realidad y exigirle al Estado las garantías mínimas de una vida digna.

Máximo Jiménez logró mantener vivo el recuerdo de algunos acontecimientos históricos y sociales para la posteridad. La importancia de esas canciones radica en el hecho que la sociedad colombiana no ha mantenido una memoria escrita, como sí ha sucedido en otras latitudes: la tradición oral ha sido un factor importante de preservación de la memoria por el alto nivel de analfabetismo que hasta casi finales del siglo XX era muy elevado. Como ejemplo de ello tenemos la canción Pobres campesinos, que es una narración de la toma de tierra por parte de la clase pudiente que no escatima esfuerzos para ampliar sus feudos desplazando en el proceso a centenares de familias desvalidas. “El indio sinuano”, cuenta la historia de la comunidad Zenú, que fue marginada y casi desaparecida en la Conquista española.
Una de las características de su obra interpretada es la gran carga filosófica que tienen las letras.

Usando todo tipo de metáforas y expresiones directas revelan los problemas morales de una sociedad enferma de poder y dinero, que en su afán de construcción capitalista llega a un grado inconmensurable de desconocimiento del otro sin precedente.

Se evidencia una relación de poder en la que una persona o un grupo social invoca superioridad racial o social ante el dominado; y gracias a ese discurso de superioridad se han naturalizado los actos más perversos de la humanidad. Podríamos pensar que un mundo moderno y globalizado como el actual ha debido desechar las diferentes prácticas discriminatorias que excluyen y rechazan a grupos sociales por su “inferior” condición económica o racial, pero esa práctica aún persiste a pesar de los avances sociopolíticos que hemos tenido en las últimas décadas.

Al despuntar el alba del 27 de noviembre se recibe la infausta noticia de su muerte, lo cual deja un enorme vacío en las organizaciones que de alguna manera fueron impulsadas por su obra musical, en especial deja huérfanos a los que crecimos con su música y ejemplo.

Paz en la tumba del gran luchador.

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