Mauricio Gómez en la JEP: nuevas revelaciones del asesinato de su padre

Leyó este documento en el que inculpa al régimen y recuerda que Gómez pidió la renuncia del Presidente Samper por el financiamiento de su campaña con dineros del narcotráfico

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abril 07, 2021
Mauricio Gómez en la JEP: nuevas revelaciones del asesinato de su padre
Archivo personal

El periodista Mauricio Gómez, hijo y vocero de la familia de Álvaro Gómez, leyó este duro texto en la Audiencia de la JEP. Sus 35 años buscando la verdad sobre el asesinato de su padre se resumen en el texto que descarta la tesis de las Farc como autoras del crimen y reafirma la responsabilidad del régimen, en ese momento en cabeza de Ernesto Samper como Presidente.

El excomandante guerrillero Carlos Antonio Losada, quien en un anterior testimonio había responsabilizado a las Farc del asesinato, estaba al frente, escuchándolo. Julián Gallo, como es su verdadero nombre, no aportó nuevas pruebas.

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Este es el texto completo leído por Mauricio Gómez en la Audiencia en la Jurisdicción Especial para la paz el martes 6 de Abril del 2021:

Me gustaría empezar diciendo, a nombre de mi familia, un par de cosas fundamentales. La primera es que llevamos casi 30 años buscando que se sepa la verdad y que se haga justicia en el caso de mi padre, Álvaro Gómez Hurtado. Ha sido ese nuestro principal objetivo, el único que hemos albergado desde el momento mismo del magnicidio que le costó la vida el 2 de noviembre de 1995.

Sugerir que lo que nos impulsa es el afán de lucro o la perspectiva de alguna compensación económica ha sido una infamia y calumnia y desconoce los esfuerzos que hemos hecho, desde hace ya tres décadas, por encontrar a los verdaderos culpables de la muerte de mi padre.

Por eso también me parece muy importante decir aquí que nuestra familia lo único que quiere es la verdad y nada más que la verdad; cualquiera que ella sea. No tenemos sesgos vengativos ni la intención deliberada de culpar a nadie en particular, sino sólo a quienes fueron los determinadores del atentado que le costó la vida a mi padre el 2 de noviembre de 1995.

Lo nuestro no es un capricho ni una obsesión por que se satisfagan solo algunas hipótesis, claro que no. Pero las hipótesis que hemos ventilado de manera pública y sistemática desde hace mucho tiempo son el resultado de una investigación rigurosa y minuciosa que ha adelantado la Fiscalía.

Las hipótesis vigentes se sustentan en evidencias, testimonios, datos objetivos, elementos de tiempo, modo y lugar que son fundamentales para llegar al corazón no solo del crimen contra mi padre, sino también al de las razones que llevaron a quienes lo mataron a hacerlo en un momento de su vida en el que estaba dedicado a la cátedra, el periodismo (su oficio de toda la vida) y su vieja actividad política de enarbolar sus principios y sus ideas.

En particular, en 1995, la idea de que había que tumbar al Régimen, como él lo llamaba, y pedirle la renuncia a Ernesto Samper, cuya campaña fue financiada por los dineros del narcotráfico, hecho probado ya hasta la saciedad.

Lo que hemos visto a lo largo de estos años es un propósito constante y doloso, de parte del Estado y su aparato de justicia, por desviar la investigación del magnicidio de mi padre. También hemos pedido que se investiguen los intereses detrás de dicha desviación, desviación que ha sido la causa principal de la impunidad que rodea este caso desde el primer día.

Mi familia exige justicia y clama por una investigación transparente en la que puedan ser consideradas, a la luz de las pruebas, lo cual es fundamental, todas las hipótesis posibles, al menos todas las que resulten verosímiles en el contexto político y social en el que mi padre fue asesinado.

No es un secreto para nadie que ante esta hipótesis de la autoría de la guerrilla de las Farc mi familia ha sido muy escéptica y así lo ha dicho públicamente. Pero quiero hacer otra precisión, que también me parece procedente aquí y ahora: nuestro escepticismo no es un acto político contra el proceso de paz, ni contra la justicia transicional y este Tribunal de la Justicia Especial para la Paz.

Esa perspectiva teñida de sectarismo y fanatismo es perversa, porque se impone entonces la idea maniquea y falsa, y muy violenta, de que quien objeta ciertos principios y procedimientos de la JEP, y ciertas realidades políticas que en ella se construyen, es por naturaleza un ‘enemigo de la paz’.

Se traza así una línea divisoria entre buenos y malos que es peligrosísima, porque entonces señalar la posibilidad de que aquí se puede mentir y distorsionar y deshonrar la verdad –pilar esencial de la paz– de manera impune es no una crítica válida, sino una especie de herejía y un acto de insolidaridad con la JEP.

Yo creo lo contrario, y es que nada resulta más necesario para la JEP (y sobre todo para la paz) que la verdad verdadera y un espíritu crítico ante muchos peligros que la minan. Si la justicia transicional no pasa la prueba ácida de unas observaciones muy rigurosas y ciertas, es porque nunca va a funcionar ni va a cumplir con el propósito para el que fue creada.

Por eso el caso del magnicidio de mi padre es tan importante, por todos los elementos que hay en él con respecto al problema de la verdad en Colombia y la ausencia total de justicia en nuestro país. ¡Qué paradoja! Su gran obsesión en la vida era que aquí hubiera justicia, esa fue su principal bandera y, tantos años después, el Estado no ha podido decir quién lo mató.

Con respecto a la línea de investigación sobre la autoría de las Farc es importante decir también varias cosas. Una es que el país espera de ellas la verdad y no la mentira. Pero una verdad cierta y probada, contundente, categórica, no cortinas de humo y vaguedades, leyendas, contradicciones, información de oídas y de tercera mano, fantasmas, acusaciones gratuitas a muertos que ya no se pueden defender ni pueden hablar.

En ese sentido, la carga de la prueba está toda en las manos de las Farc, pero no para acreditar su inocencia sino su culpabilidad, que de ser cierta tiene que demostrarse, documentarse, rastrearse en un universo de pruebas e indicios que deben ser irrebatibles, que no pueden dejar espacio a la duda o la especulación.
Muchos quieren creer en esta confesión de las Farc, pero la verdad y la justicia no son un acto de fe sino el resultado de la buena fe: la demostración de que lo que se dice es así, es cierto y verdadero.

No sobra recordar que en todos estos meses la información entregada por las Farc y sus amigos ha sido casi risible, de una precariedad y una debilidad inaceptables. Así no es la verdad que va a llevar a la paz.

También hay que señalar que a lo largo de la investigación sobre el crimen contra mi padre, la hipótesis de la guerrilla nunca tuvo ningún asidero. En ningún momento del proceso, con todas sus desviaciones, negligencias y dilaciones, se pensó que esa fuera una línea hipotética válida y ni siquiera plausible. Que de haberlo sido, habría resultado también lo más cómodo para muchos actores estatales involucrados en la investigación. Imagínense ustedes lo fácil que habría sido para ellos, con el menor indicio, culpar a las Farc. Eso no pasó nunca porque, repito, ninguna prueba permitía abrigar una idea así.

Dicen las Farc que mi padre era uno de sus enemigos históricos, uno de los símbolos del establecimiento contra el que ellas combatían. Dicen también que al matarlo le estaban cobrando una deuda con treinta años de intereses, pues fue mi padre, alegan, quién instigó el bombardeo a Marquetalia al hablar de las ‘repúblicas independientes’.

Primero, una precisión: mi padre habló de las ‘repúblicas independientes’ en 1961 y el bombardeo a Marquetalia fue en 1964. Pero digamos, en gracia de discusión, que él encarnaba todo lo que ellas odiaban en sus orígenes. Lo extraño es que entre las Farc y mi padre, desde entonces, lo que hubo fue una larga historia, más de encuentros que de desencuentros, y eso incluye la carta que el 5 de abril de 1985 le envió el secretariado en pleno para invitarlo a dialogar en Casa Verde.

Mi padre tuvo un par de conversaciones telefónicas con Jacobo Arenas, y cuando el M-19 lo secuestró, ‘Manuel Marulanda Vélez’ le dijo personalmente a mi hermana, en una conversación telefónica, que las Farc no lo tenían y que nunca le harían daño a su persona porque lo respetaban como adversario y contradictor.

Cuando la Constituyente, mi padre criticó el bombardeo a Casa Verde y en 1995, año de su asesinato, era el único líder nacional que estaba apoyando la iniciativa de hacer un diálogo con las Farc. Incluso dijo mi padre en ese momento que los diálogos se podían hacer en el hotel Tequendama de Bogotá.

Él estaba en eso. Las Farc, en cambio, estaban en ese momento en otra cosa, aprovechando el caos del proceso 8.000. Es bien sabido que habían cambiado su doctrina militar hacia la toma de posiciones, buscando más el control territorial que acciones de otro tipo. ¿Matar a mi padre las Farc en 1995 por una sentencia de muerte que dizque se había firmado en 1964? Difícil creerlo; lo tienen que demostrar.
Y otra cosa: por el valor simbólico e histórico de mi padre en la historia y la mitología de las Farc, como ellos tanto lo dicen, uno diría que su crimen tendría que ser uno de los más documentados y discutidos en la vida de esa guerrilla.

No es creíble que una acción así fuera dejada al azar y a una serie de mandos medios que nunca supieron ni dijeron nada, y que perpetraron una acción que jamás trascendió en los distintos ámbitos del mando guerrillero. Ahora resulta que para los voceros de las Farc que hablan aquí, el asesinato de mi padre también ocurrió a sus espaldas.

Sería la única acción revolucionaria de la historia hecha para no ser reivindicada, para que nadie la conociera, ni siquiera al interior de las propias Farc. Ejecutada además contra alguien que estaba ventilando la idea subversiva de que hay que tumbar al Régimen, lo mismo que las Farc llevaban décadas diciendo. Sería increíble que ahora las Farc se presten para encubrir al Régimen.

Perdónenme, pero si nos quieren convencer de que ustedes en las Farc mataron a mi padre, van a necesitar muchas más pruebas que este relato incongruente y como del teatro del absurdo en el que nada está claro y no hay un solo testimonio fehaciente y un solo nombre en firme.Máxime cuando uno lo compara con las pruebas que sí hay, y son copiosas y detalladas, frente a otros actores de la vida nacional y del crimen.

Mi familia sigue a la espera de la verdad y la justicia y no va a renunciar, por ningún motivo, al empeño de que ambas cosas por fin se den en el caso de mi padre y José del Cristo Huertas Hastamorir, su más abnegado y leal servidor (no era escolta en ese momento), ultimado a su lado ese 2 de noviembre. La omisión del nombre de José del Cristo en la confesión de las Farc permite concluir que ellas no tenían la menor idea de los pormenores del crimen que ahora se adjudican.

No más dilaciones, no más desviaciones, no más mentiras y encubrimientos. Y al decirlo así creo que estoy honrando la memoria y el legado de mi padre, uno de los artífices de la Constitución de 1991, que este año cumple 30 años. Allí están los ideales más altos de una sociedad en paz: la equidad, el pluralismo y, sobre todo, la justicia. Su gran causa de toda la vida, aun después de su muerte.

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