Más que una persona que reproduce música

La historia de un joven que se convirtió en deejay

Por: Fabián Alexis Parrado Herrera
mayo 07, 2015
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Más que una persona que reproduce música
Foto: tomada de djmag.ca

Hace aproximadamente ocho años conocí a Tatán, un sujeto espontáneo y extrovertido. Parecía como si todo el tiempo tuviese una canción en su cabeza. Para mi fortuna, no sabía decir "no". Él fue quien expuso sus conocimientos sobre mí y me dio a conocer lo que sería ahora un instrumento de vida que hasta ahora me ha hecho surgir.

Con la euforia y el aire joven que posee cualquier chico que está por terminar su último grado escolar, empezamos con fiestas improvisadas en el garaje de su casa; no teníamos lujos. Contábamos con sólo dos parlantes Kenwood, una luz stroveer, música descargada de internet y con la superioridad de un computador portátil que para entonces era novedad. Si bien es obvio antes de los 18, cualquier fiesta es alucinante.

Para empezar, esto fue mi introducción a la música, allí mi vida se dividió en dos, empieza mi carrera musical. Así empecé a entrenar mis sentidos y mi oído. A medida del tiempo,se desarrollaba mi forma de escuchar e interpretar cada parte e instrumento de una canción.

Después de varios meses me interesé cada vez más por las clases de música que presentaban en el colegio, básicas. Una flauta dulce, el único instrumento para conocer las notas musicales de una canción o saber los tiempos que se maneja en la música.

El tiempo pasó y ya con un poco más de conocimiento adquirido en el colegio, pero no satisfecho aún, empecé a aprender autónoma y empíricamente; observaba videos y tutoriales sobre cómo hacer música y editarla en un programa de audio para computador.

En algunas ocasiones me limité y sostenía que no podía seguir en el constante avance por los afanes y la inestabilidad que llevaba mi vida. En esa época no tenía el apoyo de mi padre. Permanecía encerrado en mi habitación, donde pasaban las horas mientras analizaba uno de los programa de edición para música, donde intenté mejorar.
Una tarde, recibí la llamada de un primo para un evento con una emisora radial de la ciudad, desde ese momento empecé a tener mis primeros contactos en el mundo de la música. Se trataba de un concierto en un colegio militar, allí conocí a Hugo, un comunicador social y periodista, bastante noble, emprendedor y un experto bailarín de salsa.

La primera vez produce mucho miedo. Pero ese miedo es distinto, es miedo de fallar, de que las cosas no salgan bien, finalmente pude controlar la ansiedad. Llegué venturoso a casa, sentía que todo lo que había aprendido empíricamente estaba por fin dando sus frutos. Después de aquel evento, estuve en muchos más, ya era parte del staff de esa emisora como deejay oficial.

Pasó el tiempo, ya no estaba en la escuela, ni tenía la dichosa oportunidad de no preocuparme por cómo vivir. Necesitaba un trabajo, no había ingresado a la universidad y sentía la presión de mi papá con su molesta lista de sermones todos los días por tener una vida llena de ocio y vaga.

Poco tiempo después, volví a recibir una llamada de mi primo, quién me presentó una propuesta de trabajo en un bar de la zona rosa de Villavicencio. El pago no era el mejor, pero para mí, un desempleado joven más de la ciudad, era perfecto porque no tenía un peso en el bolsillo.

El bar era un sitio muy elegante, llamativo, aunque un poco pequeño. El dueño no era un modelo paradigmático de la sociedad, al igual que sus clientes, así que empecé a dudar sobre mi continuidad, cierto día se me acercó un sujeto peculiarmente coqueto a pedirme una canción, fue en ese momento que saqué mis propias conclusiones. Estaba en un bar gay, con la fachada de ser como los otros bares.

Trabajé unos meses más, luego el bar cerró y no volví a saber del dueño. De nuevo sin empleo. Entré en desespero, tenía fines de semanas sin trabajar, así que mandé hojas de vida a muchas empresas de fiestas y eventos, la que fuera. En uno de esos tantos intentos desesperados recibí una llamada de un señor que le había interesado mi hoja de vida, así que me citó en una fiesta infantil, llegué muy puntual y nos conocimos.

Quedé sorprendido cuando me pidió ponerme un uniforme con olor nefasto, una gorra horrible y desagradable. Me sentía desorientado. Yo había especificado que prestaba el servicio de deejay y música para todo tipo de eventos. ¿Por qué este sujeto me manda a pintar las caritas de los niños y pedirles que jueguen? Estaba en el lugar equivocado. No sabía qué hacía allá, y como si fuera poco, se suponía que era un turno, que no me iban a pagar porque estaba en periodo de “aprendizaje”. En ese momento pensé “¡Tampoco estoy tan pelado!” y por las mismas me fui, supongo que habrá entendido que no me gustó el trabajo.

Decepcionado llegué a mi casa, no sabía qué hacer. Nada coordinaba en lo que quería hacer y al mismo tiempo me sentía solo y sin ayuda.

En la emisora, ocasionalmente, me asignaban algunas fiestas. Por esto, pensé en posponer lo que me apasionaba, y buscar alternativas que quizás funcionarían, así que decidí esforzarme para entrar a la universidad, elegí estudiar comunicación social y periodismo, estaba asociado con lo que me gustaba. Aunque jubiloso, pasaba por una situación difícil, no recibía ayuda económica de mi papá, o si lo hacía, era muy poca. Con ayuda de un crédito subsidiado por la gobernación del departamento del Meta pude estudiar, pero los gastos de transportes o de suministros universitarios eran altos para alguien como yo. Mientras estudiaba, mis ganas de hacer música seguían.

En uno de los pocos ratos libres que tenía por la transición constante en la que estaba de presentar parciales, me senté en una cafetería cerca de la universidad, pedí una botella con agua a causa del calor que esa tarde producía y tomé un periódico, en él observé los clasificados y había un anuncio donde solicitaban un deejay en un bar con karaoke, un bar donde por ley, el que no consumía tanto, solo podía pedir una canción muy de vez en cuando. Esto fue otro reto a superar en mi camino. No tenía ni idea sobre cómo manejar un karaoke, no conocía el ambiente, ni los programas que se manejaban. Pero necesitaba el trabajo, así que, usé todas las estrategias posibles.

Aprendí a instalar micrófonos y pantallas, hasta cómo lidiar con borrachos.
Estuve durante tres meses, programando canciones a sujetos borrachos para que cantaran y finalmente, por culpa de la monotonía, los extensos horarios y el insuficiente dinero que pagaban, decidí retirarme; el pago no compensaba el trabajo y el esfuerzo que hacía. Así que decidí renunciar y seguir con los eventos que me asignaban en la emisora, que para entonces ya habían aumentado.

A través de esto, conocí a varias personas influyentes en el medio, como a Alexis Gutiérrez, un manager y promotor musical, quién ya conocía mi trabajo.
En una temporada, el bar La Manga en Villavicencio necesitaban un deejay urgente para mejorar la calidad del lugar, de este modo, Gutiérrez habló con el dueño del bar Fabián Rodríguez y le recomendó mi trabajo, ese mismo día me llamó y me ofreció empleo, debía antes que nada, ir al lugar a hablar con él.

Al siguiente día después de salir de la universidad, me presenté al lugar, nos conocimos y hablamos sobre los acuerdos que debíamos establecer como: los horarios, los pagos por turnos y la música que se debía poner. Llegamos a un acuerdo después de varios minutos de plática y al compromiso de asistir el viernes de esa misma semana a las nueve de la noche para empezar a trabajar.

Desde entonces, he trabajado en este lugar por seis meses y la experiencia ha sido amena, he tenido la fortuna de recibir llamadas de otros lugares para hacer patente mi música que por ahora ha evolucionado.

Esto claramente para mí no es un trabajo si no una disciplina bastante gratificante, estar delante de un público, saber que soy cómplice o culpable de su corto momento de felicidad o euforia en una fiesta, me hace sentir que todo esto vale la pena.

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