Por más creyente que se declare nuestro ferviente seguidor de Cristo Rey, resulta evidente que echó al olvido el octavo mandamiento de la ley de Dios

 - Más rápido cae un mentiroso que un cojo
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Los criminales que encabezaron el paramilitarismo en Colombia pasaron por diversos estadios en materia de prestigio, en consonancia con los intereses de los sectores dominantes en el país. Carlos Castaño, en el más sangriento momento de la historia nacional, en los albores de este siglo, con el país estremecido por espantosas masacres, se convirtió en la estrella de las entrevistas más promocionadas por los grandes medios colombianos.

Se conocen imágenes previas a esas entrevistas, en donde era asesorado por gente de los medios en torno a la apariencia a lucir y al tono a emplear. La familiaridad del trato era evidente. Como el afán de promocionar la justificación de sus hechos, expresado en la más amplia difusión. Nadie puede olvidar en este país cuando en 2004 el Congreso de la República en pleno recibió entre aplausos a Mancuso, Báez e Isaza.

Paradigmas de la justicia y la razón que debíamos tragarnos a regañadientes los colombianos. Hoy gozan de una aceptación silenciosa entre los círculos del poder, como si se dijera que hay cosas que es mejor mantener calladas, para no alborotar innecesariamente. Mancuso sigue flotando en un limbo, como si hubiera un pacto de no provocarlo, no vaya a ser que le dé por hablar ante la JEP sobre Álvaro Uribe Vélez y otros.

Quien sí no oculta su devota admiración por él, en un curioso afán de adulación, es Abelardo, al que vimos en las redes muchas veces durante su campaña, al tiempo que repetía con énfasis, como si supiera que hay quien lo duda, que él es un hombre al que le sobran los cojones, que, si hubiera sufrido en carne propia lo que otros, hubiera sido, sin titubear, tan paramilitar como Mancuso, haciéndolo incluso mejor lo que él.

Semejante sinceridad desnuda la calidad moral de quien ocupa hoy la presidencia de la república, por obra de altos designios extranjeros que aquí no quieren verse, prefiriendo asumir que fue por los 240.000 votos de más obtenidos sobre su contrincante en segunda vuelta. Sólo un despistado puede negar la injerencia del gobierno de Trump y de la multimillonaria red manipuladora de Maga y el sionismo en las urnas.

El escándalo de Cerimedo en Bolivia, tan pobremente informado aquí, puso al descubierto la realidad del plan de expansión de la ultraderecha más extrema en todo el continente. Milei, Katz, Noboa, Abelardo, Fujimori, Delcy, entre otros, son piezas de ajedrez ubicadas a discreción, con base en maniobras rigurosamente planeadas, a fin de asegurar el control de Washington sobre los recursos de Centro y Suramérica.

Es tan cierto que, en su arrogancia, el propio Trump hace aspavientos con ello. Él puede hacerlo, pertenece a las ligas mayores, lo que le permite afirmar categóricamente un día que Irán o Anzaralá están derrotados y en ruinas por obra de sus operaciones, y al siguiente asegurar que son tipos muy interesantes con los que se está a punto de sellar un acuerdo. La noción de mentira desapareció de su mente, se convirtió en recurso indispensable.

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Igual pasa con sus marionetas en el continente. Por más cristiano y creyente que se declare nuestro ferviente seguidor de Cristo Rey, resulta evidente que echó al baúl del olvido el octavo mandamiento de la ley de Dios, no levantar falsos testimonios ni mentir. Tanto en campaña como en el mismo acto de su posesión el 7 de agosto, lo escuchamos afirmar con severidad que su gobierno acabaría con la Jurisdicción Especial para la Paz.

Respaldándolo con argumentos falseados y groseros. Ahí están los videos en las redes. Y las noticias en la prensa escrita.  Aunque, hay que decirlo también, muchas de ellas comienzan a desaparecer misteriosamente. Abelardo no disimula hoy sus odios contra el antiguo Secretariado de las FARC, que firmó la paz, dejó las armas, se sometió y compareció a la JEP, siempre en concordancia con el Acuerdo de 2016. En un pasado defendía su derecho a hacer política.

Ahora, cuando el presidente de la JEP le escribe, explicándole las consecuencias de reducir el presupuesto de la jurisdicción, su respuesta es airada, muy trumpiana, negando que se trate de una persecución o venganza, repitiendo el veneno de los que temen ser llamados a responder ante ella, los admiradores de Mancuso. Asegurando que su gobierno no incumple ningún compromiso internacional. Que se trata de un simple ajuste de la correa ante la situación financiera. 

¿No es que ya anunció el retiro de Colombia del Acuerdo sobre la Corte Penal Internacional? ¿Y no es que amplió escandalosamente la propuesta de presupuesto nacional en 59 billones de pesos, en favor de ciertos intereses? En definitiva, más rápido cae un mentiroso que un cojo. 

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Por Gabriel Ángel

Bogotano, bachiller de San Bartolomé y abogado de la Universidad Nacional. Militante de la Unión Patriótica, tras graves amenazas de muerte, decidió unirse a las Farc en 1987. Miembro de la Comisión Temática adjunta a la Mesa de Diálogos en el Caguán, asesor político del Bloque Oriental, participó al lado de Timoleón Jiménez en las negociaciones de paz que culminaron con la firma del Acuerdo Definitivo en noviembre de 2016. Autor de la novela “A quemarropa” (2014) y el libro de cuentos “La luna del forense”. Columnista de opinión en el portal de las Farc, en su espacio llamado “La pluma de Gabriel Ángel”.