Opinión

Más petrismo que Petro

Por:
enero 17, 2014
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¿Cómo un suceso tan local y circunscrito a un territorio se convierte en un asunto de conmoción mediática nacional e internacional? ¿Qué tanto tiene de largo y ancho una decisión administrativa de un procurador sobre un alcalde popular?

No es el alcalde de Colombia pero es el alcalde más importante del país. No se trata de un alcalde del establecimiento sino de alguien que viene con una condición reivindicatoria de la lucha política para darle respiro a esta maltratada “democracia reprepartitiva”.

Es la lucha de contrarios propia de una democracia que se sostiene sobre el terror de los organismos de control y disciplinarios como una manera de asegurar que sus administradores y ciudadanos no desborden al statu quo y que terminen cooptando de manera patrimonial al erario público.

La Procuraduría en manos del actual procurador es el óptimo contrapeso que busca el balance intencional de la Sociedad del Poder Real (SPR) en cualquier país e incluso en el mundo entero: abramos la democracia a los de a pie, pero también resucitemos el medievalismo que le recuerda al Renacimiento que su engendro prodigioso viene de la sangre y el fuego en nombre de la fe. Sociedades Secretas expuestas por lo mediático a impartir justicia en nombre de la razón y la pasión que implica el poder oculto detrás de la realpolitik. Los “cruzados criollos” contra los herejes desbocados por el poder democrático alimentado con el fuego de lo popular.

Lo cierto es que el fenómeno que vivimos en el país por cuenta del “affaire Petro” ya trascendió a lo simplemente administrativo y se convirtió en un salto político de tamaño mayor que inquieta a todos los estamentos del poder político y del país real.

Desde la derecha se mira con preocupación como un simple fallo del procurador terminó catapultando a una aparente extinta forma de reconocer en la política un diálogo permanente de contrarios desde el discurso y el poder de la persuasión: los argumentos desde un balcón simbolizan el rescate de la palabra, el argumento coherente y el fervor convincente o no de la política como instrumento de cohesión y división de la sociedad según ella lo reconozca.

Desde el centro hay una neutralidad ciega —propia de esta posición política— y una desorientación respecto a qué camino tomar, para no parecer ni ser, el comodín recurrido en el eterno debate de las manos del animal político en el que nos hemos convertido.

Desde la Izquierda se siente un aire de confusión para incitar a la lucha continúa o mantenerse alejada de la confrontación, en especial, la izquierda tradicional que no le perdona al hijo rebelde y transgresor su papel de “infante terrible”.

Por su parte, el país de los acomodos y de los indiferentes comprometidos, se mueve más hacia la conmiseración con la víctima política: las redes sociales y los medios masivos (con su indiferencia o con su apoyo) se convierten en los vasos comunicantes de una sociedad que a todo momento quiere experimentar nuevas formas de no parecerse a sí misma.

En este cuarto de hora de la política como arma de defensa desde la civilización democrática occidental, de los movimientos sociales aferrados a estaciones climáticas primaverales y de indignaciones de todo pelambre; no se reconoce a la lucha política desde los postulados doctrinales sino desde el pragmatismo de los tiempos que derrotaron al discurso, pero vaya que paradoja, el discurso de la política termina siendo la mejor herramienta para alimentar al pragmatismo ciudadano que se siente asaltado en su confianza política por parte del mismo sistema.

Del país rural de los años de Gaitán al país urbano de estos tiempos de Petro, mucha es la diferencia que permite poner distancias entre el gaitanismo del siglo pasado y el petrismo de hoy. Del país aterrorizado con el narcotráfico en los años ochenta al de los movimientos sociales y al de los indignados de ahora, se vive un poder ciudadano más efectivo de la mano de la información y el conocimiento. Del país entregado al paramilitarismo reciente al país que se prepara para el posconflicto, hay un relativo discernimiento respecto a que la guerra ya no es la opción válida para seguir en la política.

El establecimiento hoy día no tiene carteles mafiosos para achacar todos los males de la sociedad y ajusticiar de manera soterrada a los contrarios. Se recurre a maneras más sutiles y sofisticadas como los entramados constitucionales de ahora y los choques de trenes entre los mismos y las mismas, para abortar iniciativas refundacionales que oxigenen el ambiente y siembren nuevas esperanzas en una sociedad excluida del poder.

Lo bueno y lo malo del fenómeno Petro alcalde (o ex) es el petrismo que incuban sus seguidores, quienes si no logran mantener al alcalde en el cargo, seguramente se sentirán abandonados en una isla desierta de náufragos después de una tormenta política y a los cuales, se les aparecerá al rescate un barco de piratas que se asoma en el horizonte. El dilema para los petristas se planteará entonces de la siguiente manera: 1) ser rescatados por los piratas y sumarse al grupo de bandidos y seguir el pillaje por los mares del mundo, 2) otra opción sería permanecer en la isla y negarse a ser rescatados por los piratas y fundar una nueva sociedad de hombres nuevos entre ellos mismos; 3) una tercera alternativa consistiría en dejar que los piratas los rescaten y luego tomarse al barco y expulsar a los piratas del mismo y abandonar la isla desierta; y 4) optar por el suicidio político colectivo y pasar a la historia como los mártires de una sociedad de pillos indolentes.

Coda: Como Caribe sentipensante conmueve un poco y sensibiliza en lo político el rescate del discurso que ya se había perdido en esta degradación de la política en Colombia, ahora gracias trágicamente, al ejercicio fundamentalista de un Estado serpiente que se muerde a sí mismo la cola de la democracia.

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