Opinión

Mario Vargas Llosa y Jorge Luis Borges

“Muchas pocas cosas he leído y pocas cosas he vivido” fue la frase de Borges que más le interesó a Vargas Llosa en su medio siglo con él

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octubre 25, 2020
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Mario Vargas Llosa y Jorge Luis Borges
´Medio siglo con Borges´ de Mario Vargas Llosa: pocas cosas más placenteras que leer textos bien escritos por personas inteligentes, sobre personas inteligentes.

Sospechaba que podía ser una “trampa” de la editorial, que el libro era solo una colección de textos viejos sin nada nuevo, pero caí porque estaba contento de volver a una librería que me encontré en un camino sin haberlo planeado. Cambian los tiempos, pero no la emoción de ver libros en estanterías, aunque en la “nueva normalidad” no se puedan abrir y revisar antes de comprar. Medio siglo con Borges de Mario Vargas Llosa es un título muy atractivo para mí porque leí casi todos los cuentos del argentino, siempre muy contento porque me parecía -al menos con los ojos de lector novato y desprevenido- que nadie escribía como Borges. Y Vargas Llosa que leo siempre como columnista de El País y ensayista y también algunas de sus novelas, ando hace ya mucho tiempo algo estancado con “Conversación en la Catedral” que me ha parecido difícil. El pez en el agua su relato del paso breve que tuvo en la política es uno de los libros que más me ha gustado. Me lo regaló mi abuelo. Decía que leo siempre a Vargas Llosa por una razón, porque escribe muy bien. Sus posiciones libertarias, más que liberales, no me interesan mucho porque es un tipo de conservadurismo que no trata de los asuntos que a mí me parecen prioritarios, la desigualdad y la corrupción. Coincido en la defensa de la libertad y de la democracia, pero desde que Vargas Llosa apoyó a Juan Manuel Santos en el 2010, el estandarte del uribismo en ese entonces, que era evidentemente un proyecto sin brújula ética, no me interesa el contenido de su posición política. Sí me interesa cómo la presenta.

Aunque caí en la trampa -comprar el libro-, valió la pena porque los textos viejos están organizados de una manera coherente, bien escritos como ya decía y porque, aunque había leído los cuentos de Borges -no los poemas-, no había pasado mucho tiempo leyendo sus entrevistas o reflexiones sobre él. Por una preocupación, creo, que por ahí había oído que Borges despreciaba el fútbol y porque Borges era un conservador, bastante indiferente -por lo menos- con las dictaduras argentinas, ideas sin confirmar que tenía en la mente pero que me parecían suficientes para dejar la relación con el escritor a través de sus cuentos, que no tratan hasta donde recuerdo, nunca, ni de fútbol ni de política. El libro de la trampa es interesante porque de entrada el editor lo enmarcó en la contradicción entre Vargas Llosa y Borges, explicada así por el peruano: “Pocos escritores están más alejados que Borges de lo que mis demonios personales me han empujado a ser como escritor: un novelista intoxicado de la realidad y fascinado por la historia que va haciéndose a nuestro alrededor y por la pasada, que gravita con fuerza sobre la actualidad.”

Vargas Llosa, a lo largo del medio siglo de conversaciones con Borges, trató siempre de llevar a al argentino a hablar de temas de actualidad con resultados mixtos porque, si algo sentí al terminar de leer el libro, es que Borges genuinamente no tenía interés sustancial en eso sino en otras cosas, en otros lugares, en otros tiempos, qué más que sugiere que le gustan los textos matemáticos de Poincaré -él que no fue formado en las matemáticas- y los temas de Islandia. Las conversaciones y los textos dicen tanto como de Vargas Llosa como de Borges. Al fin y al cabo, el escritor delimita al personaje sobre el que escribe, escoge temas, escoge preguntas: por ejemplo, me sorprendió la obsesión de Vargas a lo largo de los años con la plata -que no tiene o que no muestra- Borges. Describe los muebles – raídos-, el cuarto -parece una celda-, y así en cada texto, a lo que Borges responde simplemente, “el lujo me parece una vulgaridad”. Aunque dice mucho más de Vargas Llosa que, enfrentado a la biblioteca de Borges, lo que más le impacta es que no hay libros sobre Borges. Escribía eso en 1981 y, ya seguramente está tranquilo el peruano, porque seguramente en su propia biblioteca sí hay muchos libros sobre Vargas Llosa, sobre él mismo, bien merecido en todo caso. Borges, en todo caso, no tenía ese interés, “¿Quién soy yo para enfrentarme con Shakespeare o Schopenhauer?”, le explica.

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Sobre los políticos opina Borges “¿Cómo admirar a seres que se pasan la vida poniéndose de acuerdo, diciendo las cosas que dicen y (con perdón) retratándose?”

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La política es quizás el tema de actualidad por excelencia, en todos los tiempos, y sobre eso Borges es consistente: en los sesentas le producía “tedio”, en los ochentas “fastidio”, y sobre los políticos opina, “¿Cómo admirar a seres que se pasan la vida poniéndose de acuerdo, diciendo las cosas que dicen y (con perdón) retratándose?”. Más allá de su oscura relación con las dictaduras, que Vargas Llosa critica elegantemente, a lo mejor el legado político de Borges es uno que no quiso, una idea de Vargas Llosa que retomo en otras palabras acá: desde su trabajo, redefinió la posición de América Latina frente al mundo, dice el peruano, “nos mostró que un argentino podía hablar con solvencia de Shakespeare o concebir persuasivas historias situadas en Aberdeen [Escocia]”. Aunque era escéptico sobre las posibilidades de América Latina, hacia 1921 Borges decía “[América Latina es] Un territorio insípido, que no era, ya, la pintoresca barbarie y que aún no era la cultura”, a lo mejor Borges, como buen anarquista individualista, decidió él traer la cultura que le interesaba, él ser la cultura que quería ver, rompiendo con tradiciones, sin pertenecer a ningún colectivo, a ningún boom, sino ser solamente él mismo y sus intereses.

“Muchas pocas cosas he leído y pocas cosas he vivido” fue la frase de Borges que más le interesó a Vargas Llosa en su medio siglo con él, una idea que le parecía muy triste al argentino, aunque la calificaría unos años después de pronunciarla, “Yo escribí eso cuando tenía treinta años y no me daba cuenta de que leer es una forma de escribir también”. Cierra el libro un texto optimista de Vargas Llosa, sobre cómo el amor que Borges descubrió en la vejez, en la ceguera ya profunda, le dio sentido a esa vida que a los treinta años era de libros, principalmente. A lo mejor es un presagio: Vargas Llosa, a los 80 años, también descubrió otro amor, intenso.

Pocas cosas más placenteras que leer textos bien escritos por personas inteligentes, sobre personas inteligentes.

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