En la economía de la atención, los ataques y las emociones son más útiles que los argumentos

 - Manual para ganar elecciones en redes

Mejor el ataque y la calumnia. Pocos leen argumentos.

Pasadas las elecciones de Congreso y las consultas interpartidistas que definieron varios candidatos presidenciales, comienza ahora la campaña hacia la primera vuelta: dos meses y medio de intensa actividad en redes sociales.

Que nadie se haga ilusiones: no será una competencia entre programas de gobierno o visiones económicas. Será una disputa por la escasa atención de millones de ciudadanos.

Vivimos en una época en la que la información abunda, pero la atención escasea. El economista y premio Nobel Herbert A. Simon lo anticipó hace décadas: “una abundancia de información crea una escasez de atención”. Es el ecosistema digital en el que se libran hoy las campañas políticas.

El ciudadano vive hoy rodeado de estímulos digitales: notificaciones, titulares, memes, videos cortos, discusiones en redes y mensajes de WhatsApp. El tiempo de concentración se reduce cada vez más (Gloria Mark).

La política se adapta a ese contexto. Los candidatos ya no compiten solo con otros discursos políticos, sino con todo lo demás: series en plataformas de streaming, TikTok, escándalos virales, influencers, chistes y polémicas. Lo que captura atención no es el argumento más sólido, sino el estímulo más emocional.

El escritor Nicholas Carr explicó en su libro The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains cómo el consumo digital constante favorece la lectura fragmentada y la reacción inmediata. Así, en el debate político en redes lo que circula más rápido es el mensaje breve, contundente y emocional.

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Las compañías de marketing político digital lo saben muy bien —y cobran caro por aplicarlo.

Si alguien quisiera escribir un manual para triunfar en la política digital contemporánea, podría incluir algunas recomendaciones poco edificantes pero eficaces:

Primera regla: simplifique todo

Las políticas públicas suelen ser complejas, pero la complejidad no viaja bien en redes. Un diagnóstico económico de tres páginas pierde frente a una frase de diez palabras. Mejor acudir al eslogan. Más fácil tachar una propuesta de “neoliberal” o de “mamerta” que analizarla.

Segunda regla: provoque emociones

La indignación, el miedo y la rabia se difunden mejor que la serenidad. Las plataformas amplifican el contenido que genera interacción —comentarios, reacciones, compartidos— y las emociones son el vehículo privilegiado. Veremos redoblados esfuerzos por etiquetar a unos como “pro-Farc” o “castrochavistas”, y a otros como “paramilitares” o “enemigos del pueblo”.

Tercera regla: ataque antes de explicar

Una propuesta requiere atención; un ataque se entiende en segundos. Un meme mordaz se diesemina en minutos. Basta ver el lenguaje de alcantarilla de algunos influencers políticos, que reemplaza cualquier argumento.

Cuarta regla: convierta al adversario en caricatura

La discusión política requiere matices, difíciles de viralizar. Mejor reducir al rival a una etiqueta reconocible: uribista, guerrillero, comunista, paramilitar, castrochavista, privatizador y, ahora, homosexual y homofóbico.

Quinta regla: repita y repita

La repetición funciona como posicionamiento. Los publicistas lo saben desde hace décadas: un mensaje repetido suficientes veces termina instalándose en la memoria colectiva, como mantras.

Sexta regla: privilegie el espectáculo

Una declaración polémica puede dominar el ciclo informativo durante horas. Un escándalo, una anécdota bochornosa o incluso una noticia falsa pueden resultar más eficaces que cualquier argumento.

Séptima regla: convierta al adversario en un cliché

En un entorno saturado de información, la mente busca atajos. Qué mejor que las etiquetas. Es más eficaz fijar una identidad emocional: el candidato de izquierda como “amigo de la guerrilla”; el de derecha como “aliado del paramilitarismo”. El del centro como ballena afín a la tibieza.

Este catálogo parece exagerado, pero describe el funcionamiento de la llamada economía de la atención: las plataformas digitales compiten por mantenernos el mayor tiempo posible frente a la pantalla (en realidad, unos segundos).

La política entra en la lógica del entretenimiento digital.

¿Significa esto que el debate democrático está condenado a degradarse?

No necesariamente.

La misma tecnología que favorece la distracción también ofrece oportunidades inéditas para informarse. Nunca antes había sido tan fácil acceder a documentos, escuchar entrevistas completas o comparar propuestas de distintos candidatos.

Si la atención es el recurso escaso de nuestra época, administrarla se convierte en una forma de responsabilidad cívica. Leer más allá del titular, verificar antes de compartir, escuchar antes de reaccionar.

Quizás el verdadero desafío democrático de nuestro tiempo no sea solo elegir entre candidatos, sino defender nuestra capacidad de pensar en medio del ruido digital.

Porque en la economía de la atención ocurre algo curioso: mientras millones de mensajes compiten por capturar nuestra mirada, cada ciudadano conserva todavía un poder decisivo: el poder de decidir a qué prestar atención.

Y en tiempos de campaña, esa decisión puede ser más importante que nunca.

@rafaordm (red X)

Del mismo autor: La muerte del tirano y la sombra de una fatwa: Salman Rushdie

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