Mafalda, la niña igualitaria

La permanencia de la historieta, así como la reedición y traducción permanente de la colección de tiras, habla de la potencia didáctica de la niña bonaerense

Por: hugo machin fajardo
octubre 02, 2020
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Mafalda, la niña igualitaria
Foto: Flickr Beatrice Murch - CC BY 2.0

Mafalda vivió siete de sus nueve años en dictaduras. Nació en 1964 en las páginas de Primera Plana, cuando ejercía la presidencia de Argentina Arturo Ilia (1900-1983), el mandatario derrocado que renunció a su jubilación y terminó sus días trabajando de panadero. Illia había asumido tras ganar unas elecciones en que el peronismo estuvo proscripto, luego del golpe militar contra Aturo Frondizi (1908-1995) un desarrollista electo en las urnas, a quien, no obstante, Fidel Castro había querido derrocar mediante una guerrilla al mando del argentino Jorge Masetti que desapareciera en Salta.

En 1966, sobreviene otro de los tantos golpes de Estado en Argentina: Juan Carlos Onganía (1914 -1995) asume el gobierno en el que permanece cuatro años hasta ser sustituido —tras una revuelta social en Córdoba conocida como el “Cordobazo”— y los militares nombran a Roberto Marcelo Levingston (1920-2015) quien preside durante nueve meses a partir de junio del 70, cuando un paro de la CGT y la movilización ocurrida en Córdoba, conocida como el “Viborazo”, lo hace salir del poder que queda en manos de otro militar: Alejandro Agustín Lanusse (1918-1996) quien gobernara hasta 1973, año en que el dibujante mendocino Joaquín Salvador Lavado [Quino] (1932 -2020) decidió finalizar el ciclo de esa niña anticipadamente feminista.

Luego de su primer año en Primera Plana, cuando la revista propendía sin sutileza la intervención militar en la actividad política, Mafalda emigra al El Mundo, diario de circulación nacional, y empieza a ser reproducida la historieta en periódicos del interior argentino.

En Uruguay, la tira de la niña irreverente fue publicada durante años en primera página del matutino El País.

Muchas mujeres de más y menos de 60 años se han sentido identificadas con Mafalda y no es extraño. El personaje de Quino supo graduar, con un gran sentido común, un feminismo diversificado, aparentemente inocuo, desde que era propuesto por una niñita que mantenía diferentes contiendas verbales con sus amiguitos.

Pero las reacciones, comentarios, preguntas o reflexiones para sí misma de Mafalda y Susanita en lo atinente a los temas de equidad de género, fueron incorporándose desde Buenos Aires en forma casi inconsciente al diario vivir. Era un resorte pedagógico único aplicado por su creador para acercarse a los dramas cotidianos de las mujeres rioplatenses —similares a los de otras latitudes del Occidente— donde la risa “remedio infalible” aceitaba situaciones nada humorísticas, por cierto.

Mafalda en la puerta de su casa respondiéndole a un señor quien luego de tocar timbre pregunta por “el jefe de la familia”: “En esta familia no hay jefes, somos una cooperativa”.

Mafalda interrogando a su madre ocupada en las labores hogareñas: “¿Qué te gustaría ser si vivieras?”; o su pregunta mientras recorre la casa representada en cuadritos que ilustran las diferentes tareas propias del hogar: “¿Qué futuro le ves a ese movimiento por la liberación de la mujer?” para terminar disculpándose ante su mamá que está arrodillada cepillando el piso y la mira con expresión desconcertada. “No nada, olvídalo”, termina diciendo Mafalda. Por no mencionar los innumerables diálogos de más o menos tierna confrontación con su amiga Susanita respecto al futuro de una y otra, en los que su amiguita siempre opta por sueños tradicionalmente reproductores de la sumisión al establecimiento, y Mafalda tiene una salida rupturista.

La madre de Libertad, otra pequeña amiga de Mafalda, tiene un trabajo intelectual en un espacio propio, como reclamaba Virginia Wolf, y Quino la dibuja fumando, una trasgresión para la época, destaca la argentina María Laura Suarez en su tesina para licenciarse en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Suárez destaca que en la tira hay un permanente reclamo de Mafalda hacia su mamá por haber desertado de la universidad para dedicarse “completamente a los mandatos impuestos por el modelo de domesticidad imperante (…) Para Mafalda, representante de la nueva generación, la universidad era un camino a seguir para lograr la realización personal y ser “alguien”. Ante ese pensamiento y reclamo, la madre de Mafalda se siente frustrada, al ver desvalorizada su opción de vida”.

Esa persistencia de Mafalda en abordar la condición femenina 45 años después fue objeto de análisis en la FIL Lima 2018, en donde hubo debate académico sobre si Mafalda era más o menos feminista. Se contrastaron sus reivindicaciones de genero con otras tiras de Quino a quien se le asignaba “destilar machismo”, o de estar en un punto “intermedio” entre el feminismo como debe ser y el patriarcado. Mucho divague. Mafalda fue una gran educadora y la mejor prueba la tenemos nosotros mismos en los comentarios dolidos y agradecidos hacia la niña díscola que en estos días hemos visto en las redes sociales: “Crecí con ella y no solo de edad”, escribe una economista latinoamericana; “sin ella no estaría aquí”, responde desde Washington otra activista por la equidad de género; y así podríamos citar cientos de textos en redes sociales desde que el 30 de septiembre se supo de la partida de Quino, quien había dicho alguna vez: “Siempre he acompañado las causas de derechos humanos en general, y la de los derechos de las mujeres en particular, a quienes les deseo suerte en sus reivindicaciones”.

Mafalda fue uno de los estandartes de la manifestación feminista de 2018 en España, pero también pasó a ser parte de la identificación de un equipo de fútbol uruguayo.

La permanencia de la historieta de Mafalda en diferentes periódicos del mundo, así como la reedición permanente de la colección de tiras en forma de libro y la traducción a más de 30 idiomas, hablan por sí solos de la potencia didáctica de la niña bonaerense nacida en el barrio de San Telmo, donde se la recuerda en una escultura.

Mafalda desplegó un amplísimo repertorio humanístico que abarca la democracia, una percepción de los políticos; el trabajo como un derecho, no como una esclavitud; la enajenación producida por la televisión; el valor de la cultura por sobre el consumismo; la infancia como la verdadera patria —Rilke dixit—, pero también la infancia como sujeto de derecho y los derechos y obligaciones que supone una nueva concepción del mundo adulto respecto a los niños; la pobreza y la salud; las varias injusticias de la vida; el derecho a la protesta y una reivindicación de la persona insumisa, diría Todorov.

Una prueba de la auténtica popularidad —cuando esta no tiene nada que ver con el fenómeno de las redes sociales, por ejemplo— lo demuestra la atribución a Mafalda de innúmeras frases —en una falacia recurrida para obtener audiencia, práctica desleal que se le aplica a personalidades de la historia— y que, pese a ser muchas veces desmentidas por Quino, siguen reiterándose y son seguidas por aproximadamente un millón de internautas. Una de las frases más divulgadas falsamente atribuidas a Mafalda es: “Paren el mundo que me quiero bajar”.

La niña vuelve a tener notoria relevancia en la década del 80: “en Barcelona se publica en catalán; en Buenos Aires se estrena un largometraje de Mafalda, recopilación de los cortos hechos para televisión; se edita en Suecia la colección completa, en doce libros; se expone en París; en el '85 los dibujos animados son doblados al francés y se pasan por la T.V. en Francia, Bélgica, Luxemburgo y Canadá. Al otro año aparece en Estados Unidos, por citar algunos ejemplos de su ascendente carrera internacional”, documenta la profesora Adriana Coscarelli de la Universidad de La Plata, Argentina.

“En 1989 Ediciones de la Flor y Lumen editan simultáneamente en Argentina y España Mafalda inédita. Se presenta en 1992 un corto de animación realizado por el cubano Juan Padrón en una exposición madrileña para el Quinto Centenario del descubrimiento de América, en el que Mafalda se encuentra con Colón. Al año siguiente aparece en Argentina, publicado por Ediciones de la Flor, Toda Mafalda. Debido al éxito del corto presentado en 1992, la Televisión Española y la Televisión Autónoma de Cataluña producen en 1995, ciento cuatro cortos animados con menos de un minuto de duración cada uno, realizados por Quino y Juan Padrón, con argumentos extraídos de las tiras, pero sin diálogo, con música del compositor José María Vitier, también cubano”, agrega Coscarelli.

Mafalda es un testigo lucido para conocer aquellos años 60 que sigue aportando a las generaciones actuales. En un foro titulado Aplicar Mafalda en educación de 2009, citado por Coscarelli, varios docentes decían utilizar las peripecias del personaje de Quino como disparador de diferentes temas del programa. También lectores que reconocen la validez universal y atemporal de este personaje o niños preguntando cosas dichas en la historieta que aprendieron historia del siglo XX, desde la realidad que Mafalda les mostraba. “Mafalda también es conocida en las clases de castellano aquí en los EE. UU. Les fascina a los estudiantes del idioma porque su mensaje social y su sentido del humor no reconocen fronteras. Los jóvenes de secundaria aprenden vocabulario, gramática y cultura sin sufrir”, aporta un forista.

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