Lucho Cano, el reportero del Bajo Cauca

Este alegre señor que se hizo reportero a fuerza de pura intuición amaba la noticia como pocos. Un homenaje de parte de un amigo

Por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares
julio 27, 2020
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Lucho Cano, el reportero del Bajo Cauca

A decir verdad, de Luis Enrique Cano Méndez sé muy poco y eso debe quedar muy claro. Al que sí conocí en los últimos 7 años de su agitada vida fue al viejo Lucho Cano, un ser humano que aparentaba tener los años que tenía en realidad, pero el que nunca pasó de los 16 años, que es la edad en la que muy pocos logran desarrollar toda su inteligencia y su talento. Era de un humor innato, a veces con límites en lo sarcástico e irónico, que quizá fue lo que lo llevó a redondear aquella fantástica anécdota cuando en un medio radial anunció delante de la tropa: “Bienvenido, señor coronel y sus secuaces”. Una persona muy cercana me lo describió con dos palabras que nunca más volví a olvidar y tampoco necesité escribirlas: “viejo burletero”.

Pues bien, ese alegre señor, que se hizo reportero a fuerza de pura intuición, que amaba la noticia como pocos, que peleaba a puño limpio con las palabras y los textos hasta verlos triunfantes y rendidos en los impresos que el llevaba en letras de molde en su periódico, que fue como la otra parte de su vida de 75 años: La Expresión, fue llamado al viaje al que todos, sin excepción, debemos emprender con el solo equipaje de lo que pudimos dejarle al mundo y al prójimo, porque escrito está: nada trajiste, nada te llevas.

Era una verdadera dicha compartir con aquella especie de niño grande, que fue el que conocí, a quien la tristeza le estaba vedada desde los comienzos de su infancia en la Montería que lo vio nacer y en todo lo que le pudo entregar a sus amigos de Caucasia, que fue donde pudo desarrollar en su magnitud ese amor inexplicable que pocos le tienen a una actividad, que más que un oficio, es un verdadero apostalado, el Periodismo. Sobre todo en él que se jugaba su prestigio, pero también la subsistencia de los suyos en aquellas hojas de papel en donde dejaba sus opiniones, sus verdades y sus saberes.

Apenas fui enterado de la noticia, que un amigo me confirmó en las primeras horas de un domingo empandemiado en Medellín, me trasladé a dos episodios en los que tuve la oportunidad de conocer su talante y su talento. Ambos fueron propiciados por la generosidad de la Administración del alcalde de El Bagre, Harold Echeverri, quien lo invitó a unos eventos institucionales, el primero de ellos en una vereda que lleva su propio nombre y que muchos quisimos hacerle creer que era en homenaje a los aportes que él había hecho al desarrollo. Pero ni nosotros mismos nos lo creímos.

La segunda vez nos acompañó en una jornada que debía superar el caudal y la fuerza del río Tigüí hasta llevarnos a tierra firme en el corregimiento de Puerto López, misión que tuvo momentos de riesgo por allá muy cerca de unos chorros que tienen su propia historia y que este año se cobró la vida de una joven y de una niña. Si bien nunca nos vimos en un riesgo inminente de ser llevados al fondo de aquel río, la verdad fue que nos sirvió de argumentos para darle rienda suelta a una conversación que teníamos pendiente y era el significado de la muerte.

Para Lucho Cano, la presunta cercanía con la dueña de la pandereta asesina le daba la razón en cuanto se trataba de una hermosa mujer, que no debía superar los 20 años de edad, con un cabello cobrizo y largo hasta las puntas de las nalgas, que no cargaba ninguna guadaña, que no era flaca, sino que era el ser que tenía el oficio ingrato de hacer efectiva una orden que era impartida desde el más allá, sin ningún recurso de amparo ni apelaciones, porque sin saberlo, todos traemos impresa nuestra propia fecha de vencimiento, y no era justo que se le maltratara solo por cumplir con ese inevitable deber, por muy molesto que todavía nos parece.

Para él, llegar a aquel instante sublime sin ningún miedo ni ansiedad, bastaba con llevar un equipaje liviano, un maletín de mano con las pocas y buenas acciones que pudiéramos haber hecho en el diario transcurrir de nuestros días; nada más, pero tampoco menos, me dijo aquella tarde cuando terminamos la charla en la tienda de Pocholo. Dijo que era menester haber estado en paz con el Creador y así poder alzar el vuelo final cualquier día de cualquier año; pero eso sí, me señaló, que no me haga sufrir, que no me deje tirado en una cama sin poderme valer por mí mismo y creo que hasta en eso le cumplieron la noche del sábado 26 de julio cuando abandonó para siempre a su familia y a sus amigos.

Cuando aún no había digerido bien la noticia, que ya le daba vuelta a las redes domingueras, me acordé que nunca alcanzamos a darle vida a una reunión que habíamos concertado al amparo del encuentro anual con periodistas regionales que promovía Corantioquia porque la fecha coincidió con el inició de la llegada del bicho y los dos no tuvimos la mañesada de citarnos para cuando pasara la pandemia porque no estábamos en el papel de muchos que ahora se volvieron expertos pandemiologos. Hasta allá no llegamos, recuerdo que me dijo.

Ahora lo recuerdo en el destartalado estadio de béisbol, el Alberto Madera Acosta de Caucasia, armado de un par de micrófonos en compañía de su carnal amigo Ovidio Saltarén Hoyos, quien viajó primero a la inmensidad, una dupla que narraba las incidencias de un encuentro deportivo que a duras penas nos interesaba a no más de tres o cuatro personas que ocupábamos las graderías, pero que ellos narraban como si se tratara de una final en la Gran Carpa en los Estados Unidos, y trasmitieran, no a través de unos bafles desfondados, sino para la Cadena Radial Colombiana. Así eran ese par de amigos. Eso sí, al final de cada entrada nos aplicábamos nuestras águilas que eran financiadas por el entonces generoso alcalde Gumercindo Flórez Mendoza.

A riesgo de ser injusto con mis colegas del Bajo Cauca, cuya admiración y aprecio saben que es permanente, siempre consideré a Lucho como el tambor mayor de la reportería regional, el que nunca se arredrada ante nada y cualquier obstáculo para él era la perfecta invitación para hacer de la verdad el diamante preferido de los buenos buscadores de tesoros. Ante todo era una persona que respetaba a sus semejantes, tuvieran o no los títulos o los méritos.

Quienes han estado en el negocio de los medios impresos saben que aquello, más que dinero, lo único que deja son enemigos de verdad y escasos amigos, pero eso sí, leales y de por vida, porque no son de aquellos que utilizan la prensa para mejorar su imagen, sino que le guardan el respeto que merece. Se trata de una misión, un apostolado y que en Lucho Cano fue una especie de cruz redentora con el nombre de La Expresión, cuyos últimos números nos los hacía llegar a nuestros correos personales. Y a pesar de todas las desavenencias, discrepancias y conflictos que le originó su medio, nunca dio su brazo a torcer y más cuando lo vimos sufrir una crisis de orden económico, que a todos nos llega y eso es lo bueno, pero no se amilanó y por el contrario fue cuando más Lucho cano se volvió, para ejemplo de todos.

Ahora, cuando viajas en la nave que conduce Caronte, aquel ser mitológico que cumple su papel como el barquero de Hades, el encargado de guiar las sombras errantes de los difuntos para cruzar el río que te llevará a la eternidad, déjame decirte, mi estimado Lucho Cano, que con estas letras no pago el valor de tu amistad, pero al menos estoy seguro de haber compartido en la vida con una persona de grandes valores y de mejores lecciones, así que reposa tranquilo y buen viaje, mi querido Cholu.

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