Los trabajos de Uribe Noguera y Garavito en la cárcel de la Tramacúa

Mientras el sicópata que mató a más de 100 niños teje, el asesino de Yuliana construye maquetas con la ilusión de que rebajen su pena

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junio 10, 2019
Los trabajos de Uribe Noguera y Garavito en la cárcel de la Tramacúa

Luis Alfredo Garavito no sale nunca de su celda. En la cárcel de la Tramacúa, el sitio donde lleva más de diez años preso, a los violadores se les mata y de la peor manera. Es un código dentro del penal que se cumple con la firmeza y devoción de un mandamiento. Garavito está condenado a 60 años de cárcel por haber matado y violado a 140 niños entre 1992 y 1999. Por eso, mientras los presos más implacables del país juegan microfútbol en su hora de patio, Garavito teje, teje con los elementos que le dan en la tienda móvil que funciona dentro de la cárcel.

El lugar a donde está la celda de Garavito es lamentable. No solo no circula el viento como en toda la estructura de concreto y, en los mediodías calcinantes de Valledupar la temperatura rebase largamente los 43 grados, sino que por las rendijas se cuela el olor nauseabundo del basurero que está justo en la parte de atrás de la Tramacúa. En ese momento entonces se hace justicia al letrero que los reclusos se encuentran en su entrada “Bienvenidos al infierno”.

En la Tramacúa al hedor constante se suman la falta de agua. Todo el tiempo se tiene la desesperación de la sed. Solo después de gritar demasiado se calma un poco la situación. En ese sentido tejer para Garavito puede llegar a ser como entrar a un nirvana en donde todo lo malo del mundo se mantiene lejos de él. Garavito es uno de los 5.644 presos que buscan rebajar sus penas haciendo artesanías. Por más increíble que pueda parecer Garavito ya ha estados dos veces muy cerca de estar libre del penal a pesar de que es considerado el peor asesino y violador de niños del mundo.

Su vecino de celda, Rafael Uribe Noguera, condenado a 58 años de cárcel, se dedica a hacer maquetas de papel dentro de su celda. Tampoco sale demasiado de su celda, ni siquiera en la hora de sol a la que tiene derecho. Por eso ahora hace maquetas de casas que jamás se construirán. Él, para rebajar su condena, es uno de los 2.500 reclusos de la Tramacúa que se dedica al papel.

El calor y la amenaza constante de ser acuchillado son dos fantasmas que se posan en la celda del bogotano. Allí comparte televisión con otro recluso. La semana pasada volvió a ser noticia después de que el testimonio de su hermano Francisco, sobre lo que pasó el 6 de diciembre del 2016, horas después de violar y matar a la niña Yuliana Samboní, lo terminara de hundir aún más.

Sin embargo la afición por las maquetas no será para rebajar su pena sino para atenuar las horas interminables en el infierno en Tramacúa. La única forma que tendrá para vencer esas cuatro paredes que verá en lo que le queda la vida, será a través de la imaginación que le pone a las construcciones que hace en papel.

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