Está de moda el término “therians”. De tanto escucharlo y verlo circular en redes sociales —entre memes y discusiones— me despertó la curiosidad por entender de qué se trata esta nueva etiqueta que parece inundarlo todo. Y la sorpresa no fue menor: personas que se perciben a sí mismas como animales.
La inteligencia artificial lo define así: “un humano que se siente o se percibe como animal en su identidad interna, no alguien que crea literalmente que dejó de ser humano”. Es decir, individuos que, siendo plenamente conscientes de su condición humana, afirman identificarse internamente con un animal.
Hay actitudes y comportamientos que socialmente se aceptan como normales, pero no todo lo que se siente es razonable, ni todo lo que se nombra se vuelve válido. Existen prácticas claramente inadmisibles —como el canibalismo— y percepciones que resultan, cuando menos, difíciles de asumir como conductas sanas. Creerse un animal no parece una expresión de diversidad, sino algo que merece ser cuestionado desde lo psicológico, precisamente porque se aparta de lo común.
No puedo evitar pensar que algo anda mal en la conducta de quien así se percibe, porque rompe con los parámetros básicos de lo que entendemos como normalidad. Aclaro, eso sí, que soy respetuoso del libre desarrollo de la personalidad, siempre que no interfiera con la de los demás. El debate no está en la tolerancia, sino en los límites.
El equilibrio emocional en juego
¿Hasta dónde ha llegado la creatividad humana para convertir una percepción subjetiva en una forma de identidad? La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿puede una persona con equilibrio emocional identificarse interiormente como un animal? El equilibrio emocional es fundamental en la búsqueda del bienestar, y alude a la capacidad de manejar las emociones de manera saludable.
Tal vez el problema no sea sentirse distinto, sino la necesidad de obtener figuración pública a costa de exponer la vida privada o de propiciar escándalos. Las redes sociales han contribuido a la aparición de personajes que ganan notoriedad publicando material diseñado para llamar la atención; donde la extravagancia y la provocación terminan siendo el principal valor.
La juventud actual es especialmente vulnerable a esa influencia e intenta emular comportamientos que se apartan del molde tradicional. No puede asumirse como normal la adopción de conductas que resultan contrarias al orden natural. Quien se asume de esa manera suele hacerlo, bien porque busca figuración pública, o porque atraviesa algún tipo de desequilibrio emocional.
El síndrome de "Drácula" y la pérdida de la realidad
El tema me recuerda a un personaje conocido del Carnaval de Barranquilla que, de tanto disfrazarse de Drácula, terminó asumiendo el papel como si fuera real: dormía en un ataúd y no se desprendía de su capa. El personaje terminó devorando a la persona. La frontera entre la representación y la realidad se desdibujó.
Cuando la ficción deja de ser juego y se convierte en identidad permanente, el problema deja de ser cultural o creativo y pasa a ser conductual. No sería extraño que empecemos a normalizar comportamientos cada vez más extremos donde se diluye la frontera entre lo simbólico y lo identitario.
Parece, entonces, que el mundo no anda muy cuerdo con esta moda de los "therians", impulsada más por la lógica del espectáculo que por una reflexión seria sobre la condición humana. No se trata de estigmatizar, pero sí de llamar las cosas por su nombre: asumir que se es un animal no constituye una expresión ordinaria de la personalidad. En determinados casos, podría requerir acompañamiento profesional para evitar que la ficción termine imponiéndose sobre la persona.
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