Los sapos que se traga Gustavo Bolivar

"Si el caso de Hollman le hubiese pasado a un concejal, senador o representante de los partidos tradicionales, ¿también habría reaccionado de la misma manera?"

Por: David Fernández
enero 29, 2019
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Los sapos que se traga Gustavo Bolivar
Foto: Facebook - Gustavo Bolívar Sin Censura

Antes de meterse en las honduras de la política, Gustavo Bolívar estuvo vinculado al Nuevo Liberalismo. Luego acompañó con mucha mística la candidatura simbólica del exministro de justicia, Enrique Parejo. Y después del guayabo que le produjeron esas aventuras partidistas se dedicó a escribir historias sobre narcos y terminó hecho un magnate. Pero como el narco nunca deja de ser narco, y el perro siempre vuelve a su vómito, Bolívar tampoco abandonó su corazón político. Muy pronto se puso en la tarea de encontrar a alguien que pensara como él, o al menos que fuera diferente, y no encontró en la clase política a ninguno que moviera sus ideales en reposo. Como siempre lo ha acompañado un fantasma mesiánico que le ordena seguir hombres que se presentan como los superamigos, encontró a su tocayo Gustavo Petro, el cual encarnaba al mesías que siempre soñó. Y comenzó la aventura.

Petro, que no tiene ningún pelo de tonto, lo vio como el súbdito perfecto: sin mácula, con patrimonio propio y dispuesto a seguirlo como los discípulos de Jesús de Nazaret. Lo puso en la lista para el Senado y allá llegó sin ninguna experiencia parlamentaria pero con muchas ganas de secundar en todo a su patrón político. Ha resultado un excelente maestro de aplausos para su jefe y un buen camarógrafo cuando lo acompaña en sus camionetas blindadas. En otras palabras: es el que le carga el maletín a Petro.

Sin embargo, del Gustavo Bolívar independiente y temerario que se dio a conocer en el Nuevo Liberalismo, no queda nada. Petro lo hipnotizó por completo. El día que se reunió con sus asesores y amigos más cercanos para analizar el video de Petro recibiendo fajos de dinero, se abrió la posibilidad de poner las puntos sobres las íes. Pero mientras sus amigos expresaban sus opiniones, él estaba viviendo en su mente el síndrome “de no te lo puedo creer”. Seguramente pensó: “¿tú también Gustavo Petro?”. Pero los verdaderos discípulos de los jefes que supuestamente nunca se equivocan y que son más santos que el santoral del cielo arropan con su “verdad” a sus más fieles seguidores. Bolívar sucumbió a la versión de Petro y allí quedó como el talibán que muere por su Imán. Se hizo pasito y despacito con el novelón del video y prefirió no inmolar a su jefe, porque eso sepultaría su aventura política. Calló. Mejor dicho: se tragó el sapo. Pero ese no ha sido el único. En una entrevista en Hora 20 tuvo que reconocer que también se le iba la mano en algunos trinos desafortunados. Con lo de Hollman pasó de perfil. Simplemente afirmó: "son dos versiones de un problema familiar que la justicia dirimirá". Si el caso de Hollman le hubiese pasado a un concejal, senador o representante de los partidos tradicionales, ¿también habría reaccionado de la misma manera? Eso se llama hipocresía política. Así como creó los Premios Carroña, debería crear los Premios Agache o el Premio a la Inutilidad Parlamentaria.

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