A los monstruos hay que llamarlos para poder enfrentarlos

“El castrochavismo con sus expropiaciones, presos políticos, censuras y destrozos está sólo a una frontera. Negarlo apelando a absurdas falacias es peligroso”

Por: Andrés Molina Ochoa
Febrero 23, 2018
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A los monstruos hay que llamarlos para poder enfrentarlos

Dos fueron las razones que impulsaron a Hugo Chávez a buscar expandir su movimiento por América Latina. La primera fue ideológica. Desde su infancia, Chávez hizo suya la misión de construir el sueño fallido de Bolívar: una Gran Colombia formada por los países que había independizado. La segunda razón fue práctica: mantenerse en el poder a pesar de enfrentarse al modelo político económico impulsado en Washington. El intento de golpe de Estado de 2002 le había dejado muy en claro a Chávez que su supervivencia en el poder dependía de establecer una red de alianzas que le permitieran contrarrestar la fuerte presencia estadounidense en la región. Las dos razones se unirían en un solo proyecto que él mismo que Chávez resumió con su característica oratoria: “Seguiremos batallando por la verdadera unidad e integración de nuestros pueblos, pero no es con el imperialismo que vamos a integrarnos. Bastante daño le hizo el imperio al proyecto de Bolívar.”

Para temer al imperio estadounidense, no era necesario esperar al fallido golpe de Estado, bastaba con leer la historia de la guerra fría en las últimas décadas del siglo XX. Las extrañas muertes de Trujillo en Panamá y de Roldós en Ecuador, el golpe de Estado de Pinochet, los militares entrenados en la Escuela de las Américas, todo ello contribuyó, sin duda, a crear un estado de paranoia en Chávez que se vería ratificado con el intento de golpe de 2002.

El único gobernante de la guerra fría que se opuso a Estados Unidos y logró sobrevivir la arremetida del imperio fue Castro. Los golpes de Estado que plagaron al continente y las elecciones nicaragüenses de 1990 habían dejado al dictador solo en su isla. No es una casualidad, entonces, que Chávez, atrincherado en el Palacio de Miraflores, se hubiera comunicado con Fidel para pedirle consejo en medio del intento de golpe.

El castrochavismo nacería entonces fruto de esta coyuntura política y de las aspiraciones bolivarianas del gobernante venezolano. La idea era crear un eje de poder que tuviera como ideario las consignas socialistas de Cuba y las de unidad de Bolívar. Como diría el mismo Chávez, “Estamos comenzando a mirar lo que el Padre Libertador imaginaba: Una gran región donde debe reinar la justicia, la igualdad y la libertad. Fórmula mágica para la vida de las naciones y la paz entre los pueblos.”

El plan no solo buscaba la creación de organismos internacionales como Unasur que pudieran servir de contrapeso a la OEA, sino la intervención en las elecciones de los países vecinos. Entre el 2002 y el 2008, el precio del petróleo tuvo el mayor crecimiento de la historia, llegando a costar más de 120 dólares por barril, en 2007. Estos precios permitieron a Chávez injerir en casi todas las elecciones del continente. A Cristina Kirchner, le regalaría una maleta con más de 800.000 dólares, en tanto que, a su esposo, mientras estaba en el gobierno, le otorgó un préstamo especial para acabar la dependencia de Argentina al FMI.

En unos pocos años, la alianza castrochavista apoyaría de forma exitosa a candidatos amigos en la elección de los presidentes de Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Argentina y Perú. En un muy corto período de tiempo, los petrodólares de Chávez habían esparcido por América Latina el ideario que décadas antes Castro había intentado propagar enviando guerrillas por todo el continente.

Aunque la alianza fue exitosa en términos de los gobiernos que logró elegir, no lo fue en lo relacionado con su ideario revolucionario. En Bolivia, Luis Alberto Arce Catacora, un economista de la Universidad de Warwick, seguiría un ideario más Cepalino que cercano a las políticas socialistas de Castro, en tanto que Correa jamás fue capaz de dejar la dolarización de la economía en Ecuador, por sólo mencionar dos ejemplos.

Aun así, negar la existencia del castrochavismo es olvidar la historia de las últimas dos décadas en América Latina. El gobierno venezolano ha intervenido, interviene e intervendrá en las elecciones de los países del continente, así como lo hizo Estados Unidos durante la guerra fría.

Muchos periodistas en Colombia sostienen que no debe hablarse de castrochavismo, porque este término no es más que una entelequia creada con afanes electoreros. Es cierto, el castrochavismo ha sido usado con intereses más que oscuros en las contiendas actuales, pero el hecho de que alguien utilice el temor a esta alianza de forma inescrupulosa no significa que el castrochavismo no exista.

Otros afirman que el castrochavismo no es una amenaza en Colombia, porque nuestro país jamás se convertirá en una Venezuela. Somos un Estado de Derecho con control de poderes, dicen. El argumento, en realidad, no es más que una falacia de tradición. Que Colombia haya garantizado desde 1991 (antes reinaba el Estado de Sitio en el que no existía una clara división de poderes) cierto tipo de democracia formal, no garantiza que ésta sea la norma para siempre. Ya Chávez demostró lo fácil que es destruir una democracia y Uribe estuvo a sólo unos votos de lograr ser elegido de una forma interrumpida.

A los monstruos hay que llamarlos para poder enfrentarlos. El castrochavismo con sus expropiaciones, presos políticos, censuras y destrozos está sólo a una frontera. Negarlo apelando a absurdas falacias es tan peligroso como dejarse llevar por el miedo para elegir a uno u a otro candidato.

 

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