Contrario a las predicciones de quienes aseguraban que, con la llegada de Gustavo Petro a la presidencia, nos convertiríamos en otra Venezuela, con supermercados vacíos y una hambruna sin precedentes, nada de eso ocurrió. Hoy las plazas de mercado están abarrotadas de productos recién salidos del campo; los almacenes de herramientas agrícolas y los talleres de reparación se encuentran llenos de clientes. Esa abundancia no es fruto de la casualidad, sino del esfuerzo silencioso y muchas veces doloroso de nuestros campesinos.
Sin embargo, en varios municipios del sur del Cesar, los agricultores llevan años consecutivos perdiendo sus cosechas. La suerte de quienes madrugan a ponerle el pecho al sol para mantener abastecidos nuestros pueblos y ciudades parece no importarle a nadie. La cosecha conocida como “la segunda”, que aprovecha las lluvias de agosto, se convierte en ruina frente a la indolencia de comerciantes acaparadores que imponen precios por debajo de los costos de producción, condenando a los campesinos a la miseria.
A la violencia que históricamente se ha ensañado con el campo se suma la injusticia de un mercado que les paga migajas por su trabajo. Es doloroso ver cómo nuestros labriegos son sometidos a un estado de mendicidad, sin posibilidad real de defensa. Allí es donde se reclama la presencia del Estado, en sus niveles local, regional y nacional, para que se reconozca y se valore el trabajo de quienes producen nuestros alimentos.
Si bien se celebra el aumento del 23 % al salario mínimo, la respuesta inmediata del comercio es subir los precios en la misma proporción. Los campesinos, en cambio, no reciben incentivos ni apoyo en su lucha histórica por conquistar los derechos que les han sido arrebatados.
Este artículo es un llamado urgente a la sociedad: sumémonos a las voces que defienden a nuestros campesinos. Compremos productos frescos y honremos a quienes cada día golpean la tierra para que de ella broten los alimentos que llegan a nuestra mesa. Los alimentos no nacen en supermercados ni en centrales de abasto; se producen en las sabanas y cordilleras de Colombia, donde hombres y mujeres valientes desafían el verano, el invierno y las plagas en una lucha constante por cumplirle al país.
Los campesinos nos han cumplido. La ciudadanía y el gobierno, en cambio, les hemos fallado. Es hora de reconocer el esfuerzo sobrehumano de nuestros productores del campo, quienes no solo enfrentan el clima, las plagas y la violencia, sino también la explotación de comerciantes acaparadores que continúan siendo sus mayores verdugos.
También le puede interesar:
Anuncios.
Anuncios.


