Opinión

Los medios en el fango

Criticar ingredientes de la paz resultó ser en Colombia ejercicio de alta peligrosidad de cara a la espada de Damocles de la verdad oficial, defendida por sus adláteres mediáticos

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octubre 10, 2016
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La campaña del plebiscito revolvió a la prensa en el fango de los políticos, como afirmó la semana pasada en entrevista a El Heraldo el maestro de periodismo Juan Gossaín. Y la reflexión honda y detallada debe abrirse paso con todo rigor. Se olvidó que tanto el periodista informativo como opinante son actores sociales inevitables, cuyas dinámicas no son asimilables a ninguna otra actividad dentro de las comunidades.

Quienes informan y opinan dan, en última instancia, sentido al mundo que nos rodea. Este ejercicio de interpretación pública implica tomar en cuenta y prever los efectos de los actos de informar y opinar. La calidad de estos actos se mide, en cualquier caso, por sus efectos positivos. Es decir, que en medio de la diversidad de interpretaciones que resulte en puntos de vista contrapuestos, se salvaguarde el principio de respeto por la opinión ajena.

Lo ha dicho en diversos estudios uno de los más agudos expertos en el tema de comunicación social, el profesor francés Bernard Delforce: informadores y formadores de opinión se ubican en un nivel que no es realmente mediático [de la noción de “medios”] que sugiere transmisión neutra de fenómenos. Como actores sociales, los periodistas forzosamente asumen la postura de ciudadanos públicos y activos, lo cual impone deberes específicos.

El deber categórico –dentro de escenarios con indicadores medios o avanzados de civilización- conduce a algunas preguntas:

¿Es la tarea prescriptiva o descriptiva? En el primer caso se hace referencia a misión social y en el segundo a interpretación fidedigna de realidades. ¿Se trata de actividad profesional o actividad social? En la primera, se evalúa tan sólo el cumplimiento puntual del deber mientras en la segunda se mira a la utilidad social. ¿Se marcha a través de contextos o textos? En la primera circunstancia se observan los efectos del oficio en todos los niveles interactuantes de la sociedad, al paso que en la segunda se restringe a la eficacia del mensaje.

Según sea la respuesta, el centro de gravedad de quien comunica se encontrará atado a las convicciones y certidumbres [o falta de ellas] acerca de la existencia o ausencia de función social del periodismo. Finalmente, las palabras que traducen  realidades netas o interpretaciones de fenómenos se asentarán en ciertos parámetros de convivencia, forma de gobierno y visiones explícitas o tácitas sobre los valores sociales.

En los dos años previos al plebiscito, los medios colombianos, en su mayoría, polarizaron al país entre amigos de la paz y enemigos de ella. Estigmatizaron a quienes ejercieron crítica constructiva al tejido de paz hecho en La Habana. Se adoptó anticipadamente una supuesta visión políticamente correcta, de naturaleza prescriptiva y textual que echó por la borda los ejercicios descriptivo y contextual. El centro de gravedad y paradigma de bien social fue, desde la reelección del actual mandatario, la paz de los textos salidos o en vía de nacer en las negociaciones en curso entre la rebelión y el Estado colombiano.

Tres de los cinco columnistas permanentes de Semana [María Jimena Duzán, León Valencia y Antonio Caballero] se constituyeron en directos herederos de Savonarola en pleno siglo XXI, vejando y amenazando con el fuego eterno o todo aquel o aquella que osara no plegarse a sus convicciones. También una mayoría de columnistas de El Tiempo y El Espectador.  Valencia se jactó de que se “mataran” las ideas del expresidente Uribe, omitiendo que críticos del proceso son centenares de independientes. El muy liberal escritor Héctor Abad había prendido ya las mechas de la hoguera inquisidora cuando, en junio 8 de 2014 [“Si gana la mentira”, El Espectador,  p. 52] escribió que el Movimiento de Salvación Nacional fue un “grupo falangista y laureanista”.

Tampoco han sido ajenos los caricaturistas como Matador, quien después del encuentro entre el expresidente Andrés Pastrana, líder autónomo del No, y el presidente Santos, dibuja ofensivamente al primero como perro faldero del expresidente Uribe. ¿Querrá la paz el caricaturista o buscará matar su posibilidad?

 

Peticiones de principio, reducciones al absurdo,
disfemismos, generalizaciones precipitadas, causalidades dudosas,
analogías falsas, y todo tipo de esguinces y falacias
de la pureza opinante e informativa se vieron aflorar

 

 

Y en el programa nocturno que dirige la comunicadora soberbia y engreída de Caracol Radio como también programas televisivos se replicó el hecho nocivo. Peticiones de principio, reducciones al absurdo, disfemismos, generalizaciones precipitadas, causalidades dudosas, analogías falsas, supresión de datos pertinentes y todo tipo de esguinces y falacias de la pureza opinante e informativa se vieron aflorar. El carnaval frondoso de la trampa dialéctica. No viví la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla pero intuyo que desde la prensa oficializada [ El Independiente rebautizó  el dictador a El Espectador] ocurrieron desfachateces.similares: en definitiva, el enlodamiento de los medios de que habló Gossaín.

Porque –lo reiteran decenas de análisis de la Fundación Nieman, tanque de pensamiento de periodismo de la Universidad de Harvard- sobre las visiones unitarias debe primar el deber de diversidad en quien opina. Quien debe tener la humildad de saberse una o uno más dentro de la diversidad propia de la democracia. La función informativa –por el contrario- debe buscar indefectiblemente la univocidad.

La prensa puede terminar siendo –de manera sutil pero cierta- un elemento de fuerza a intimidación, incluso dentro de democracias informativas. Los medios no únicamente crean y jerarquizan hechos. También  construyen heterogeneidad por vía de la observancia de la regla del respeto recíproco. Y pueden terminar incitando muerte violenta como ocurrió con el caricaturista de Charlie Hebdo empeñado en satirizar y estigmatizar musulmanes.

Criticar ingredientes de la paz resultó ser en Colombia ejercicio de alta peligrosidad –no letal, por fortuna- de cara a la espada de Damocles de la verdad oficial, defendida por sus adláteres mediáticos. Por esta razón el triunfo del No escapó la medición de las encuestas.

Es hora de que nuestros formadores líderes de opinión paren. Porque están impactando negativamente la democracia, impidiendo la paz rápida que todos queremos y coartando la posibilidad de brindar sentido a su propia labor. Lo ha dicho un maestro, Juan Gossaín.

La paz excluyente es inane. El resultado del plebiscito va conduciendo a puntos de encuentro afortunados que la galería del fango –me da pena llamarla así pero esto es- quiere impedir atizando enfrentamientos entre colombianos. Llegó la hora de hacer la paz desde los propios medios, engarzados muchos de ellos en visiones unitarias y homogéneas propias de las tiranías que dicen criticar.

 

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Álvaro Gómez Hurtado –periodista ejemplar- concibió un Movimiento de Salvación Nacional en 1990 como ejercicio de democracia limpia. Lo acompañaron conservadores y liberales como Carlos Lleras de la Fuente, Jorge Valencia Jaramillo o Juan Carlos Esguerra Portocarrero. También lo hice en la calidad de secretario general después de Rodrigo Marín Bernal y Juan Pablo Uribe Uribe, antes de ser asesinado. No recuerdo haber participado en las evocaciones falangistas descritas por Héctor Abad. Tampoco nazis o fascistas. Si recuerdo haber apoyado la posición del Movimiento en la aprobación de la Ley 25 de 1992 sobre matrimonio civil, bandera de Gómez en su última campaña presidencial.  También haber escrito editoriales de El Siglo que desarrollaban su propuesta de elección popular de alcaldes y defensa de derechos humanos. Estuve allí en la creencia de que los principios de esta agrupación –partidaria de una Colombia más incluyente y participativa- correspondían a mi convicción en la democracia liberal. No me equivoqué. Propicia la ocasión para destacarlo cuando arden sedientas las hogueras de algunos posmodernos nativos.

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