Los invisibles que buscan que nadie se acueste con hambre

Desde el Banco de Alimentos el padre Daniel Saldarriaga recoge y reparte entre 40 y 50 toneladas diarias de comida. Este año le ha llegado a 600 mil personas que la necesitaban

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abril 21, 2020
Los invisibles que buscan que nadie se acueste con hambre

Lo de crear un banco de alimentos fue idea del cardenal Pedro Rubiano en el arranque de este siglo. El entonces arzobispo de Bogotá estaba obsesionado con un lugar capaz de recoger cientos y cientos de toneladas de comida para entregársela a quienes más les hace falta, un programa que ya funcionaba en Medellín. No era la primera vez que Rubiano lo intentaba, pero sin éxito el sueño parecía lejano. Sin embargo, en la navidad de aquel año se encontró con el padre Daniel Saldarriaga, un joven sacerdote de 1.89 metros de estatura que daba misa en la iglesia de Tibabuyes, en Suba, a quien decidió encomendarle la tarea confiado que esta vez sí iba a ser posible.

Con Rubiano por delante y el aployo de los empresarios Arturo Calle y Gonzalo Restrepo, presidente de almacenes Éxito, nació en mayo de 2001 el Banco de Alimentos. El padre Saldarriaga tenía que remangarse, quitarse la sotana y atajar la comida aprovechable que iba camino al basurero del relleno doña Juana. Su principal arma: el don de la palabra para convencer de las bondades del proyecto.

Colombina, la fábrica de dulces se unió al año. Y con una aptitud que desbordó las expectativas del padre Saldarriaga que llegó manejando su viejo dodge, pero lo esperaba una cuantiosa donación que requería por lo menos cinco furgones. El padre Saldarriaga se las puso fácil a los bodegueros, dispuestos a botar los excedentes, y los convenció de que mejor lo acompañaran con la carga a la iglesia. Los cuartos de su parroquia quedaron llenos de confetis que no duraron ni una semana.

Las donaciones empezaron a superarlo y a forzar la necesidad de buscar un espacio por fuera de la parroquia para almacenar la comida. Ubicó una bodega en Paloquemao y le planteó su inquietud a la junta directiva presidida por don Arturo Calle. Esta costaba $ 1.800 millones y su convicción combinada con la audacia le sirvió para proponerles que financiaran el local. Sin mayor esfuerzo, Saldarriaga compró la nueva sede del Banco.

Casi veinte años después el Banco de Alimentos de Bogotá se convirtió en un referente, principalmente entre las grandes cadenas de supermercados como Carulla, Éxito, Jumbo u Olímpica, y los comerciantes de las plazas. Diariamente entregan entre 40 y 55 toneladas de comida, un pequeño porcentaje de la cantidad de alimentos que se mueven en la ciudad. Solo en arroz, cada día en Bogotá se consumen cerca de 8.000 toneladas.

Dese un comienzo la decisión del Padre Saldarriaga fue la de no entregar comida individualmente y las toneladas de donaciones que recoge el Banco de alimentos terminan en organizaciones como jardines de infancia, ancianatos, comedores comunitarios. Quienes reciben la ayuda también deben tener por vocación transformar la sociedad.

La rutina del padre Daniel Saldarriaga en la parroquia San Maximiliano Kolbe al norte de Bogotá empieza a las 5 de la mañana con sus oraciones diarias y las misas del papa Francisco, para salir hacia el Banco de Alimentos. Allí, sin sotana, se convierte en un comerciante al por mayor.

Con la emergencia del COVID-19 el trabajo se ha duplicado. El hambre en la ciudad se ha multiplicado y los recursos escasean. Cerca del 54% de las personas en la ciudad no tienen seguridad alimentaria. Pero la solidaridad también se ha multiplicado y el teléfono del padre Saldarriaga no deja de timbrar. En los últimos días ha entregado más de 170 toneladas de comida por día. Y solo entre el 18 de marzo y el 8 de abril el banco de alimentos movió mover 2400 toneladas.

Aunque los grandes benefactores son las cadenas de supermercado, que deben desechar comida en buen estado, el padre Saldarriaga, el Padre se ha propuesto no depender de nadie. Ni acepta gerentes ni banqueros ofreciendo pagar facturas de comida o cancelando fletes de camiones. Los aportes deben ser en físico y con trabajo, no girando cheques como parte de la responsabilidad social de las empresas

Corabastos, que mueve entre 14 mil y 17 mil toneladas diarias de comida, este año ya ha donado cerca de 1.000 toneladas. La más grande plaza de mercado de Bogotá no se ha detenido en medio de la cuarentena: Los comerciantes siguen en plena actividad, pero los clientes han mermado, por lo que es mayor la cantidad de fruta y verdura perecedera, que termina en las bodegas del padre Saldarriaga.

Banco de Alimentos

La lista de donantes en tiempos de cuarentena es larga. Pollos Miluc, una empresa que nació hace 33 años y produce un millón de pollos al mes le ha donado por lo menos 150 mil pollos; arroz Diana ha aportado 20 toneladas del cereal.  Igual Rama, Coca-Cola, Alpina, Nutresa, Colanta, Postobón, Florhuila, entre otros.

Son cerca de 600.000 personas que han atendido este año, pero es tal la solidaridad que ha despertado la emergencia del coronavirus que a veces quedan excedentes, como en estos momentos la comida sale para alguno de los 18 bancos de alimentos que hay en el país, agrupado en la Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia (ABACO).

Al padre Saldarriaga todavía le quedan por delante varios días largos para atender las necesidades acentuadas con la emergencia de la pandemia. Miles de familias encerradas en sus casas sin ingresos y sin cómo solucionar la comida del día. El banco de alimentos, hoy más que nunca, no puede parar en su esfuerzo por recoger y repartir la mayor cantidad de comida posible, liderados por un cura ansioso por acabar con los trapos rojos que ondean en las ventanas de la gente advirtiendo que tienen hambre.

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