Paloma dice que Cepeda es un asesino, un hijo de asesinos o un aliado de asesinos. Por consiguiente, no conviene para gobernar. Cepeda cree que en su debate judicial ya demostró ante el país que el mentor de Paloma promovió el paramilitarismo, las masacres y los falsos positivos. Por consiguiente, ella no conviene para gobernar. Los seguidores de Abelardo esperan a ver si Paloma es o no mejor opción para ganar. Las tercerías fueron arrasadas por el eje del debate que se redujo a escoger entre continuar el cambio o volver al pasado.
El sentimiento movilizador para definir el futuro del país es el miedo. El miedo a continuar el cambio con una izquierda ortodoxa que poco a poco aprende a gobernar y a controlar las riendas del estado; el miedo al nuevo orden social y político que surge al equilibrar las cargas sociales incorporando vocerías excluidas; al reposicionamiento internacional que mira oportunidades con otras potencias y regiones del planeta; al desbarajuste de las finanzas públicas, a las represalias de los gringos y de organismos financieros, a la devaluación del peso, a una inflación desbordada. En fin, el miedo a que el cambio se quede para siempre con los desbarajustes que implica.
A los que creen que es mejor dejar atrás el experimento de la izquierda en el poder, se les vende el miedo a volver a un pasado autoritario; el miedo a la exclusión de las minorías, al uso ilegítimo de la fuerza, al capitalismo sin corazón, a la restricción de derechos ciudadanos, al favorecimiento de intereses privados, a la sumisión ante el poder imperial; a que la inversión social se minimice; a que las protestas vuelvan a ser con muertos y tuertos; el miedo a que la solución a todas las necesidades se delegue al mercado; a que las élites vuelvan a cerrar las puertas del palacio a los naides, a que el reparto de la torta presupuestal vuelva a ser entre las elites que las manejaron en el pasado que añoran.
¿Quién será más eficaz para posicionar sus miedos? El 70 % de los electores ya está decidido, por partes casi iguales, polarizado. Las campañas frente a ellos tienen que cuidarlos y consentirlos, son la base para el triunfo. Pero no suman lo suficiente en ninguno de los polos. Las campañas se enfocan entonces sobre los mal llamados indecisos, que en esta etapa rondan el 30 %. Son el segmento que agrega los votos decisivos en el conteo final, en una batalla cerrada.
En realidad, los indecisos no existen. Todo el mundo tiene una posición, un marco de referencia sobre el poder, una ideología, un sentimiento sobre a quien prefiere como gobernante. Algunos ocultan sus inclinaciones, otros sencillamente aplazan su decisión porque les aburre la política, los políticos y las elecciones. Tienen otras prioridades. Los indecisos saben en qué sentido votarán cuando deciden votar. Solo que deciden tarde, cuando se acerca el día y les toca recordar cómo piensan o se posicionan frente al poder.
Los que hoy votarían por seguir el cambio y mañana prefieren votar por volver al pasado también existen y suman. Son otra categoría, no son indecisos, sino que deciden cómo votar con otros factores, en especial los jóvenes: chévere tener una indígena o un gay de vice, les da igual lo que piensen hacer estos. Chévere darle una bofetada al establecimiento votando por el más imbécil de los candidatos, como ocurrió en Estados Unidos. Chévere que el tigre devore a los mamertos, o tener un intelectual aburrido en palacio para que la política deje de ser relevante. Su marco de referencia es similar al que usan para escoger una película de Netflix, la que más los entretenga.
Este voto es diferente al que se expresa cuando hay un descontento colectivo como ocurrió en las elecciones de 2022. El malestar del ciudadano hace que el electorado se exprese buscando un cambio. Corre riesgos porque está cansado del presente. Por eso los dos candidatos que se enfrentaron entonces, Petro y Hernández, representaban versiones de cambio. Es una situación diferente a la polarización actual.
Es evidente que la gestión del gobierno ha generado cambios y desajustes institucionales, algunos profundos, otros superficiales, otros mal implementados. Pero hay consenso en que el país es diferente, y que los efectos sobre la ciudadanía y los grupos con intereses derivados del orden del pasado están amenazados. Como es evidente que la izquierda social ha confirmado que puede llegar al poder y gobernar, y que no se va a entregar sin movilizarse como lo hizo a lo largo de estos cuatro años y lo confirmó en la votación para el Congreso.
En esta elección se evalúa que tan profundo es el arraigo conservador en la cultura nacional y el rechazo a un cambio estructural que apenas empieza
En esta elección se evalúa que tan profundo es el arraigo conservador en la cultura nacional y el rechazo a un cambio estructural que apenas empieza. O que tan profundo es el impacto del gobierno que puso “al pueblo” excluido primero, por encima de cualquier otra consideración, en las decisiones del estado. Se mide la capacidad de tolerancia de la sociedad frente a la ampliación de la democracia al permitir que la izquierda gobierne, que pobres, negros, indígenas, sindicalistas, tengan presencia y voz nacional e internacional con su mirada distinta. En mayo y junio se confronta la rabia y la nostalgia de los desplazados de palacio frente al esfuerzo de continuar los cambios.
Esa polarización entre continuismo y vuelta atrás ilustra el descontento con la democracia. La frustración con el modelo democrático radica en que, en un mundo globalizado y tecnificado, de gran complejidad, que se ha diversificado y fragmentado en múltiples tribus con intereses particulares, es imposible que por el solo acto de votar en una elección se exprese las necesidades y anhelos de ese elector. Cuando los representantes que elige asumen el poder, la ciudadanía pierde la capacidad de ser escuchada, de interactuar, de participar en las decisiones. El gobernante ejerce a su libre albedrío tranzando con el parlamento, entregando presupuesto y reglamentando como le conviene a sus protegidos.
Hay una desconexión entre el voto democrático que elige representante al poder y la forma de gobernar que sigue siendo autocrática y se extiende a nuevas áreas. Es en la gestión del poder donde se necesita que lleguen los principios democráticos. El gobernante ejerce como un monarca, aunque sea escogido por el pueblo y no por una divinidad. La participación ciudadana se limita entonces a expresar su rabia en redes sociales, en los medios digitales o en el activismo de las ONG que se convierten en “estorbos” en el ejercicio del poder.
El ajuste de la democracia implica que durante el ejercicio del poder los gobernantes deban escuchar, aplicar pensamiento crítico, estimular la creatividad, rendir cuentas aceptando las consecuencias, respetar los controles ciudadanos. La democracia tiene que evolucionar si quiere sobrevivir creando mecanismos para que en la gestión del poder se aplique la democracia. Mientras llegamos a esta etapa tocará soportar otra vez el prehistórico juego gobierno-oposición que destruye valor social, cuando la sociedad reclama soluciones para un futuro colectivo mejor, que se construye sumando inteligencias en vez de conflictos. Los fantasmas que sueltan las campañas para asustar a los ciudadanos tienen trabajo.
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