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¿Por qué los escritores colombianos se recomiendan entre sí?

Las novedades editoriales no me conmueven, porque el riesgo de sufrir una decepción es enorme

Por: Jesús Antonio Álvarez Flórez
Enero 10, 2017
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¿Por qué los escritores colombianos se recomiendan entre sí?

La literatura colombiana está llena de muy buenos amigos. O al menos eso se infiere de la lista de recomendados por nuestros autores. En todos los listados, X menciona a Y como el mejor escritor de su generación, y otro tanto hace Y por X. Luego, X y Y llaman a Z para que se una a la fila de elogios. Así, X habla bien de Y y de Z, Y hace lo mismo y Z no se queda atrás. Al final, tenemos tres listas (o cuatro, o cinco) en la que aparecen siempre los mismos autores.

No obstante, ningún país produce diez grandes novelas en un año. Ninguno. Eso me hace pensar que, más que autores, nuestros escritores son meros publicistas; y que, antes que lectores, su único interés es fundar un club de fans.

Todo lo anterior plantea una pregunta: ¿solo leemos literatura colombiana? O en su defecto, ¿solo leemos a nuestros amigos? Porque luego de leer a Walser, Svevo, Tabucchi y Kawabata es imposible que uno mencione con el mismo fervor a sus conocidos.

Ninguno de los consultados menciona libros realmente buenos. Sus Top 10 son un destilado de listín telefónico, publicados por lo general en blogs y Fan Page de mediana o nula circulación.

Ver tantas listas de escritores interreferenciados es vergonzoso. Y más que vergonzoso es aburrido. Los escritores colombianos tienen un afán insano por vender y ser reseñados por cuanta publicación literaria merodea por ahí.

Hace unos años, se promocionaron con el mismo interés novelas como Satanás, Rosario Tijeras, Melodrama y Érase una vez el amor pero tuve que matarlo, novelas que hoy se consiguen por la pírrica suma de $5000. Presentadas en su momento como las grandes revelaciones de la Literatura colombiana, lo más honesto habría sido llamarlas, por separado, como “La mejor novela que se ha escrito en mi barrio en los últimos cinco minutos”.

Todo lo anterior permite concluir que los escritores colombianos conjuran la mediocridad recomendándose mutuamente. El único objetivo de la mención recíproca es ganar, por medio de la publicidad excesiva, aquellos lectores que por talento propio les resultan ajenos.

A mí cada día me gustan menos libros. Hace dos años decidí elaborar una lista de mis obras favoritas, y las releo a menudo para no decepcionarme de la literatura. Las novedades editoriales no me conmueven, porque corro el riesgo de sufrir una decepción. Desde la cintilla que abraza el libro (todas elogiosas, como cuando se habla de un muerto), la objetividad y la crítica seria no tienen cabida. Se han utilizado, se utilizan y se utilizarán siempre las mismas frases elogiosas con el autor de turno, como sucedió con tantos otros que, en su momento, fueron los autores de moda y hoy no son más que farsas de proporciones astronómicas.

Las listas de Los mejores libros del año son un método chabacano que busca vender a como dé lugar, y que los amigos escritores distribuyen y reproducen sin pudor. Pero, ¿qué tal si, en lugar de sobarnos mutuamente, encauzamos dicha egolatría en la consecución de una obra maestra? Leamos de nuevo a los clásicos y aprendamos con ellos qué es una buena novela. Dediquemos los próximos tres, cuatro o cinco lustros a la escritura de un libro (uno solo) que nos libere de este torrente de majaderos. El mundo no se va a acabar porque dejemos de escribir por una o dos décadas. Y tampoco se extinguirá nuestra especie si abandonamos la costumbre decembrina de recomendar a nuestros amigos como si fuesen la revelación literaria del último siglo.

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