Los emprendimientos de la autodenominada gente de bien

"Reconozcamos de una vez por todas que las pacas de a kilos enriquecieron a muchos de los que hoy dicen con orgullo fervoroso: ¡yo soy gente de bien!"

Por: Jay Bernardy
junio 09, 2021
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Los emprendimientos de la autodenominada gente de bien

Por estos días, bastante difíciles, por cierto, se ha generado toda una discusión acerca de lo que es ser gente de bien. La verdad que siempre me ha parecido una tontería hablar del bien y del mal en términos absolutistas, porque realmente nadie es perfecto como para creerse lo más selecto de este platanal. Sin embargo, por más que quiera olvidar tan controversial debate, me pregunto por qué la autodenominada gente de bien no reconoce su pasado reciente: no logra aceptar sus vínculos con las mafias locales que han permeado todos los círculos sociales. ¿Será que la mueve la vergüenza? ¿Su clasismo no la deja ver el gen del traqueto que hay en ella? Son muchos interrogantes, pero lo cierto es que sus arcas han crecido con los envíos de droga.

Fue el mismísimo López Michelsen, en los años más álgidos del narcotráfico en Colombia, quien legalizó la plata que las mafias cobraban por sus cargamentos de droga, lo cuales, nadie lo puede negar, eran de público conocimiento gubernamental. A esto se le llamó la ventanilla siniestra, una movida del primer emisor financiero, o sea, el Banco de la República, para lavar los dólares que por tierra y aire entraban al territorio nacional. En la costa norte, por ejemplo, muchas familias vinculadas a la bonanza marimbera, y que hoy hacen parte de la escena política, se beneficiaron con la ayuda del presidente López. Digamos que fue una época que facilitó la normalización de la riqueza malhabida que ahora muchos quieren negar.

En otras regiones, por mencionar el Valle del Cauca, los carteles de la droga igualmente se beneficiaron, creando todo tipo de emprendimientos que permitieron ocultar sus negocios fraudulentos. No nos olvidemos, señores, que Drogas La rebaja y el América de Cali eran propiedad de los Rodríguez Orejuela. Estas empresas siguieron siendo de ellos hasta el presente siglo, cuando extinción de dominio y la lista Clinton les dañó el caminado. Nadie puede negar lo que digo, pero tampoco se puede ocultar que mucha gente de la sociedad caleña se vinculó con estos zares de la droga. Mientras el Clan Rodríguez crecía, enviando coca de manera descomunal y dándose plomo con Pablo Escobar, también otros clanes, no tan señalados como los mencionados, hacían de las suyas.

Entonces me pregunto, siendo respetuoso con aquel que verdaderamente ha hecho empresa sin el influjo de la droga, de qué se jactan esos que hoy se hacen llamar gente de bien, cuando sus emprendimientos se han visto vitalizados con el músculo financiero de la droga. Esta caterva de puritanos del trópico, en medio de un delirio patriótico, sale a las calles de Cali a dar bala, en nombre de una sociedad que durante mucho tiempo le ha dado la mano al bandido. Solamente basta ver el ejemplo de la ventanilla siniestra, autorizada por un patricio local como el presidente López; o simplemente reconocer el apoyo del gobierno de turno a los terratenientes –los de Fedegan, por ejemplo– que han financiado grupos paramilitares, para así identificar el aporte de la droga al crecimiento de la riqueza y la violencia que nos golpea duramente. Entonces, ¿a qué viene eso de creerse gente de bien? Puro arribismo. Nada más que eso.

Ahora se entiende por qué no resulta raro, así los implicados lo nieguen y manifiesten su sorpresa, que haya caído en una avioneta un cargamento ilegal, siendo su dueño el esposo de una reconocida comediante. Hombre, no seamos falsos: muy pocos se salvan de nuestro pasado mafioso. De hecho, el papá de Uribe, el eterno presidente para algunos, se le acusa de haber sido contrabandista y de haber perdido la vida a manos de la mafia, desconociéndose así la versión que, según sus hijos, fue asesinado por la guerrilla. Recordemos también que Ernesto Samper, otro patricio de estas tierras bananeras, llegó a la presidencia con el apoyo del Cartel de Cali; que el Atlético Nacional, el equipo de los puros criollos, se hizo conocido gracias a la plata de Pablo Escobar; que muchas reinas de belleza y presentadoras de televisión, aprovechando su cuarto de hora, se enredaron amorosamente con el narcotráfico; en fin, reconozcamos de una vez por todas que las pacas de a kilos, por citar a los Tigres del Norte, enriquecieron a muchos de los que hoy dicen con orgullo fervoroso: ¡yo soy gente de bien!

Para analizar. Adam Smith, el padre del capitalismo, fue muy sabio cuando dijo que “ninguna sociedad puede prosperar y ser feliz si en ella la mayor parte de los miembros es pobre y desdichado”. De verdad que es muy acertado lo que dice el filósofo escocés, sin embargo, no todos nuestros líderes políticos son conscientes de sus hallazgos históricos. Por ejemplo, la gente del Centro Democrático, el partido de gobierno, sataniza el paro nacional y deslegitima furibundamente la protesta social, a sabiendas de la pobreza que históricamente reina aquí. Para este grupo de burócratas –también mafiosos de la política– todo está bien, marcha a las mil maravillas en el país del Sagrado Corazón de Jesús –dicen los que saben, el país más feliz del mundo–. Entonces, ¿por qué la gente protesta? Si todo marchara como un relojito suizo, pues nadie se enfrentaría a la policía con tanta vehemencia, ni mucho menos saldría a la calle cuando el COVID-19 es tan letal como una bala. No, amigo lector, que no nos metan el dedo a la boca: la riqueza que aquí se ve ha sido amañada a los arbitrios de los mismos de siempre, pero cómo el pueblo despertó pues no se quiere reconocer la desigualdad que lo ha obligado a revelarse. Están son las contrariedades que lamentablemente nos hacen colombianos.

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