Opinión

Los derechos. El servicio militar obligatorio

Por:
agosto 17, 2014
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Un joven, casi siempre de escasos recursos, se desplaza por una calle cualquiera de cualquier pueblo o ciudad, tal vez en el rebusque, tal vez pensando en lo que será cuando su suerte cambie, tal vez creyendo que es libre. De repente, un camión se detiene abruptamente y de él bajan varios hombres armados que con malos modales le exigen su tarjeta militar. “No tengo” grita el joven, muy asustado, por lo que el comandante de los soldados que viajan en el vehículo ordena, porque sí, porque le da la gana, que lo echen, casi siempre como un animal, a la carrocería del camión. Al subir el joven se sorprende. No es el único. Allí dentro ya moran, con caras asustadas, con caras de niños con sueños truncados, otros tantos jóvenes de su edad, casi siempre pobres, casi siempre desdichados, algunas veces hijos únicos, todas las veces sin apellidos ilustres.

Al llegar al batallón, donde se encuentra con otros cientos de su misma condición, el joven es sometido a un examen médico. Sin que le pidan permiso un médico le agarra los testículos, revisa si sus pies tiene curvas y lo hace abrir la boca para ver si sus dientes aguantarán la travesía de, tal vez, muchos días en la selva. Si es apto, el joven pasa a peluquería. Él que tanto amaba su pelo, lo ve caer en el piso y lo enloda con sus lágrimas. Lágrimas silenciosas del alma porque las físicas están prohibidas para los hombres. A las pocas horas llega su madre tremendamente frustrada al saber que ese hijo que soportó durante nueve meses en el estómago y que hizo crecer, con gran esfuerzo, tal vez lavando ropas ajenas, tal vez ejerciendo oficios denigrantes, ahora reposa su cabecita rapada contra el vidrio de un bus del Ejército.

“Tranquila señora, su niñito estará bien” le grita un oficial con cierto sarcasmo y el bus arranca dejándola a ella y a otras madres con el alma destrozada. Su niñito no estará bien, el niñito va para la guerra. Una guerra que él no pidió, una guerra que se inventaron los ricos y los amos del poder y a la que esos ricos y esos amos del poder, jamás de los jamases, nunca de los nuncas, envían a sus hijos. Porque la guerra la inventan los de arriba para que la hagan los de abajo.

Entonces el joven llega a un batallón caluroso donde, en manos de algún atarván, lo más cafre posible, aprenderá en tres meses a ser “hombre”. Allí, en medio de su nutrida soledad, aprenderá, entre otras cosas, a sobrevivir en medio de situaciones extremas, a comer porquerías, a entender que vino a este mundo a proteger la honra y los bienes de quienes lo detestan a él y a los de su condición, a odiar al enemigo y  a matar. Algo con lo que jamás soñó ni remotamente. Matar.

Tal vez, 88 de las 90 noches previas al juramento de bandera, el joven ha llorado en las noches o en las madrugadas, pero siempre en silencio. Preso del pánico ha esperado los gritos de un superior y ha experimentado el castigo injusto.

A los tres meses está listo para cumplirle a la patria. Está preparado para pelear por el honor, su cabeza está puesta en las vísceras del enemigo. Su sonrisa se ha apagado por completo. Sus ojos están tristes y su cerebro ha sufrido un lavado total. Ahora su mirada es fría y su corazón ya no confía en las personas. Retraído, y en ese estado de tristeza disimulada, el nuevo soldado de la patria, al que le han mutilado el nombre,  recibe a su familia. La familia está muy orgullosa porque “Pataquiva” o “Perea” o “Chautá” o “Rodríguez” o quizás “Chamorro” porta ese día un uniforme y unas botas nuevas.

Al final del acto, el superior exhibirá ante sus familias, en perfecta formación, a sus máquinas de exterminio y a todas preguntará, por formalismo porque ninguno está en libertad de responder un no: “Soldados, ¿juráis a Dios y prometéis a la patria defender esta bandera hasta perder por ella vuestras vidas y no abandonar a vuestros jefes, compañeros y subalternos en acción de guerra y en cualquier otra ocasión?”.  Todos responderán “Sí juramos”.

A los pocos días estará en el monte, con el dedo nervioso sobre el gatillo, buscando a los culpables de su pobreza y desdicha. Porque ya le habrán dicho que los terroristas y no los políticos son los causantes de la debacle nacional.

De repente llega el primer encontronazo contra la realidad. Se produce el contacto. Del otro lado disparan avezados guerrilleros, curtidos por décadas en un arte que él acaba de aprender. Los jóvenes no pueden buscar escondite para defender sus vidas porque acaban de jurar que no lo harán y les acaban de decir que Dios y la Patria los castigarán y demandarán. Mientras Chautá recibe ordenes angustiosas del superior, y mientras decide cómo cumplirá a doña Elvira la promesa de cuidarse,  los guerrilleros, que conocen la selva como a sus secretos, los rodean, los emboscan, los vuelven ropa de trabajo y lo matan.

Una granada, un cilindro bomba, una mina antipersonal, un proyectil de M-30 o M-50 le truncan de un tajo los sueños. Pataquiva muere peleando por una patria que no respeto sus derechos. Muere defendiendo una patria que nunca lo defendió a él. Muere por una bandera cuyos colores representan todo lo contrario a lo que representaban sus sueños el día en que fue subido a la fuerza y contra su voluntad a ese camión.

A los dos días doña Yurani Rodríguez recibe el cuerpo del hijo que con tanto sacrificio logró levantar,envuelto en la bandera que juró defender y con un lacónico: “Siéntase orgullosa doña Yanira, su hijo murió por la patria”. Entonces doña María Perea se encogerá de dolor preguntándose una y mil veces “por qué mi hijo” “por qué mi hijo”. Nadie le responderá. Sin embargo, la respuesta flota por los aires de la injusticia: Porque en Colombia no existen, ni se respetan los derechos humanos. Porque es mentira que los jóvenes puedan apelar a la objeción de conciencia cuando los obliguen a hacer cosas que van contra sus creencias. Porque Chamorro pertenece a ese grueso de jóvenes que, por pobres, nacen predestinados a la desgracia. Porque la guerra no se hizo para los hijos de los congresistas, los magistrados, los presidentes y otras pirañas de la alta sociedad. Porque los que pregonan la guerra y se oponen a la paz, apelando al miedo de la gente, tienen montado un negocio fabuloso que les llena los bolsillos de dinero o las urnas de votos.

 

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