Los cuentos infantiles como discurso público
Opinión

Los cuentos infantiles como discurso público

Creer que Trump, Bolsonaro o Milei son héroes que pueden extraer el veneno del malestar social, solo se puede en los cuentos. Pero los 3 gobernaron o gobernarán

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diciembre 10, 2023
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El discurso público que era importante para el funcionamiento de las sociedades desapareció en su formato racional. El discurso que hacía análisis, presentaba argumento, cifras, datos y gráficas se desvaneció. Los planteamientos que hacían pensar, desaparecieron como Los Desaparecidos de las guerras. Las discusiones a través de los periódicos, la radio o la tele para conocer y entender el sentido de los temas y los hechos, se trasvasaron a la más elemental de las formas de comunicación: la narración de historias, o mejor, de cuentos.

Los cuentos tienen un sentido sencillo y claro, son útiles para manipular. Su lógica es superficial y digerible sin esfuerzo. No hay que pensar si no dejarse llevar por la corriente de emociones básicas por las que el buen narrador va conduciendo a sus seguidores. Por eso se usan para que niños y niñas en sus primeros años de vida aprendan los peligros universales de manera sencilla, maniquea, alertadora.

Por supuesto en la medida en que las gentes crecen y la capacidad de razonar evoluciona, los cuentos infantiles pierden su eficacia formadora. Niños y niñas dejan de creer en cuentos de brujas y princesas, de magos y ogros salvajes que acechan a los humanos. Los cuentos –la fantasía- se vuelven insuficientes para explicar el mundo real.

El ser humano maduro debe adoptar formas más elaboradas de adquirir y digerir conocimientos para entender la realidad, y actuar para sobrevivirla mejor. Los cuentos solo sirven para manipular y tener la sensación de resolver los problemas mundanales con acciones o reacciones básicas. Son placebos en lo social, aunque por supuesto tienen un sentido profundo en la dramaturgia donde la narración acertada despierta tantas emociones como explicaciones que la razón aun no alcanza a procesar.


Trasladar a la discusión pública las técnicas narrativas de la dramaturgia y la ficción y convertirlas en una epidemia para inventarse las explicaciones de todo a través de cuentos,tiene un alto costo social


Pero trasladar al universo de la discusión pública las técnicas narrativas propias de la dramaturgia y la ficción y convertirlas en una epidemia para inventarse las explicaciones de todo a través de cuentos- tiene un alto costo social. Esta es una de las grandes transformaciones de la comunicación contemporánea, lo que facilitó la divulgación de las noticias falsas, el asentamiento de falsedades que serían descartadas con un mínimo análisis racional, y la activación de emociones para manipular a los ciudadanos.

Creer que un Trump, Bolsonaro o Milei son héroes capaces de extraer de los labios de Blanca Nieves el veneno que causa el malestar social, solo es posible en la lógica de los cuentos infantiles. Y sin embargo los tres gobernaron o gobiernan o gobernarán. Las gentes creen la narrativa elemental e infantil de que los políticos son los malos y por consiguiente los buenos son los que prometen desplazar y castigar a los políticos. La narrativa es bonita (¿idealista, romántica?): vienen de la nada, son seres especiales que cuidan perros y que no le “comen cuento” a nadie, incluido a la ciencia.

A través de minicuentos infantiles que circulan en las redes sociales las mayorías cada día se comen más el cuento de esas narraciones gracias al acertado uso que los expertos en técnicas de relato facilitan. Cuanto Trump se inventó el cuento del robo de las elecciones en 2020, elaboró una narrativa donde él era la víctima de un atropello y el ciudadano el héroe que debía restablecer su derecho, haciendo justicia por mano propia. Fue tan potente su historia que miles de personas marcharon a tomarse el Capitolio para que el jefe permaneciera en el poder.

A esos “creyentes” de cuentos, los discursos de la injusticia, del robo, de los poderes ocultos que nos manipulan, se les despiertan emociones sin que existan hechos, datos, análisis que corroboren semejante estupidez. Marcharon como manada contra los ogros que quería impedir la continuidad del reinado trumpista, los demócratas que ganaron en las urnas pero que no tenían una narrativa alternativa.

Las técnicas narrativas aplicadas al discurso público hacen carrera décadas atrás. George Bush se inventó otro cuento todavía aún más imbécil que del Trump, y le sirvió para invadir a Irak: que Hussein tenía armas de destrucción masiva, un cañón de kilómetros de longitud capaz de llegar con sus bombas hasta Manhattan. Y la ONU estuvo de acuerdo, se comió el cuento. Decenas de miles de iraquíes murieron bombardeados por esa narrativa y Estados Unidos quedó atrapada en un pantano militar durante varios años sin que ese gran esfuerzo transformara la realidad regional.

Los políticos son los que mejor usan la estructura narrativa para dominar el discurso público. El uso de los cuentos (la narrativa) es un método que invadió todos los campos por su simplicidad y eficacia. Es un método para encubrir el sentido real de los contenidos que dificultan actuar o gobernar. El mundo se reduce a malos y buenos, y la comunicación busca activar emociones para que el ciudadano se alinee con el concepto del narrador. Los políticos practican y contratan narradores y la gente se sienta a escuchar las historias más tontas creyendo que ahora si entienden la realidad.

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