Los cuentos del guapo de Tamalameque

Don Jorge es unos de esos conversadores que ya no se encuentran. Un día, hablando de todo, surgió el tema de las peleas callejeras, ¡vaya sorpresa la que nos llevamos!

Por: WLADIMIR PINO SANJUR
febrero 26, 2019
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Los cuentos del guapo de Tamalameque
Foto: PxHere

En una de esas tardes del pueblo, Abimael Sánchez y yo, huyéndole al sol canicular que caracteriza a mi tierra, corrimos buscando sombra debajo del árbol de pimiento de la puerta de la calle del viejo Jorge. Allí estaba el anciano de la calle La Mochila, con su cuerpo de metro noventa, con ochenta y cinco años de cansancio, sentado en un taburete y recostado a la pared de la casa.

“Buenas tardes, viejo” dijimos en coro. Él nos observó con sus ojos grandes. Luego, con voz gruesa balbuceó “el sol está para secar toallas” y con la mano derecha nos mostró los taburetes desocupados. Ese día el hombre estaba callado y meditabundo, lo cual era extraño, ya que era dueño de un humor picante y un anecdotario exagerado, en ocasiones inventado por él mismo (eso lo sabíamos porque nosotros acostumbrábamos a pasar por La Mochila y saludarlo).

En fin, ante la situación, yo que soy especialista en meter carbón expresé: “El que está en problemas es Santofimio”, ya que para esos días las noticias estaban dedicadas al juicio por la muerte de Galán. Al escucharme, el viejo Jorge tosió y dirigiéndose a mí dijo “no crea todo lo que ve en los televisores, en este país los periodistas son más peligrosos que la guerrilla”. En ese instante, entrelazamos una tertulia sobre el caso de Galán, pero, como toda discusión baldía, pasábamos de tema sin darnos cuenta. El último que tocamos aquella tarde fue el de las peleas callejeras.

El viejo Jorge, muy serio, dijo: “De eso sí sé yo muchachos, yo en mis tiempos fui buen curucutero”. Nosotros, expectantes a una mentira de esas que él tiraba en sus charlas, lo escuchamos, pero, antes, Abimael le increpó: “No le creo, don Jorge”. El hombre, con tono irónico, confirmó: “Tendrás que creer porque es más cierto que ese sol que alumbra”. Por un rato se quedó en silencio y prosiguió: “Yo peleaba todos los días, mis rivales mínimo quedaban con partidura en la cara o privados. Yo era un huracán y mi mano era una porra de 20 kilos. Una vez me trajeron un carajo de Chiriguaná, lo apodaban Memin. Me buscaban por todo Meque con ese hombre que era de mi estatura y más grueso... ese tipo no era negro, era como azul turquí”.

De la nada, Abimael lo interrumpió con una pregunta: “¿Y para qué lo buscaban, señor Jorge?”. Jorge, incómodo con la interrupción de Abimael, le dijo: “¿Para qué más, gran maco? Para que peleara con él. ¿No ves que el hombre era el más muñequero de la zona de Chiriguaná, El Paso, Las Palmitas y La Jagua y yo era el gallo de pelea más fuerte de la orilla del río? Me fueron a buscar a la corraleja, eso fue para una fiesta del cristo. Yo no quería pelear, pero el hombre, como yo no le salí, privó como a tres de mis paisanos, provocándome. Cuando se metió con mi compadre Fermín, ahí sí me le boté". Don Jorge se calló un instante para continuar diciendo: "No joda, pelaos, les cuento que fue un solo puño el que le di en la mandíbula. El hombre vino en carro y se fue en un cajón. Eso fue mucha trompa. Se la di en el barrio el Machin y la sintieron en la calle Palmira”.

Yo, abstraído por la historia, le pregunté: "¿No lo metieron preso?”. El viejo se sonrió y me dijo: “Este sí es bobo, ¿no ve que fue en defensa propia?”. Luego de un largo silencio, Abimael le preguntó: “¿cuál fue su última pelea?”. El viejo, con las manos sobre las piernas y más serio que antes, respondió: “Carajo, eso fue el siglo pasado, lo recuerdo como si fuera hoy. Yo estaba sentado en el Puerto del Banco Magdalena y se formó un revuelto al lado de la mesa donde yo estaba tomando Ron Caña. Al yo ir a aguaitar la pelea me di cuenta de que era un hombre de mi tamaño y contextura aporreando a un viejo chiquitico. Yo le hablé al tipo con voz fuerte y le comenté 'bueno, ¿es que eres más macho con los más viejos y pequeños?'. El hombre sudado me miró y me preguntó '¿usted es arrecho?'. Yo, que no le tenía miedo a nadie, se la solté ' cuando quiera y como quiera'. Les cuento que esa fue una sola agarrada”.

En ese instante salió la mujer con una jarra de limonada para nosotros. Abimael intrigado le preguntó: “¿Y entonces, señor Jorge?”. Él, tomándose la limonada, dijo: “Les cuento que ese hombre me privó, yo me desperté en medio de un aguantar que me echaron para despertarme. Cuando volví en mí, el hombre se había ido, entonces la bola se regó en todo el río de que un hombre de Morales había privado al guapo de Tamalameque. A los 15 día me encontré el tipo en la Gloria y en un solo cruce de mirada nos embojotamos otra vez”. Vuelve a hacer silencio el señor Jorge y esta vez soy yo el de la pregunta: “¿Y qué pasó, señor Jorge?”. Él, con ojos entristecidos, vuelve al hilo de la conversación: “No joda muchacho, otra vez me privó ese tipo, pero al tiempo me lo encontré en río Viejo Bolívar". Esta vez Jorge hace un silencio más prolongado, manejando nuestra tensión e intriga. Abimael se me adelanta y le manda la pregunta: “¿Otra vez se engancharon me imagino?”. El viejo Jorge lo mira a los ojos y le dice: “Bueno, Abimael, ¿tú crees que yo soy marica?, ¿que estaba buscando que ese hombre me matara? Yo vi y me devolví en el mismo Motor Canoa en que había llegado antes que ese tipo me aporreara”.

 

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