Opinión

Lo vuelven a uno antifeminista

Es paradójico que se afirme que para ser incluyentes hay que desconocer que usar el masculino se refiere a ambos géneros no es una discriminación sexual sino una regla gramatical que lo define como incluyente

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diciembre 20, 2017
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Lo vuelven a uno antifeminista
Los considerandos y la jurisprudencia obligarían, por ejemplo, a cambiar el Plan de Desarrollo por ‘Prosperidad para todos y todas’ o el eslogan de la Presidencia por ‘Todos y todas por un nuevo país’ y de ahí en adelante…

En alguna columna anterior ya me había declarado algo antifeminista en el sentido de defensor de la femineidad y en contra  del feminismo que tendía a acabar con ella.

Una cosa es buscar y defender la igualdad de derechos entre los sexos y otra pretender que los dos sexos son iguales. Una cosa es considerar que se deben acabar las diferencias por razón de género y otra pensar que no existen las diferencias de género o que no existe una diferenciación entre ellos.

Las características de dulzura, coquetería, etc., y virtudes, como la mayor tolerancia o incluso la mayor capacidad de resistencia que tienen las mujeres, siempre estarán en contraste con la rudeza o la naturaleza más agresiva de los hombres, o con su poca sensibilidad para competir por ejemplo en materia de crianza con lo que ellas están dotadas.

No es difícil llegar a la conclusión de García Márquez de que el mundo estaría mejor gobernado por mujeres -y en todo caso que no estaría peor que como lo gobiernan los hombres- pero sí comienza a asustar lo que sería si lo fuera por feministas.

Pero ahora nos encontramos ante otro embate de los (y en este caso sí ‘y las’) feministas que parece quisieran borrar no solo las fronteras de género sino todas la condiciones que están anexas a ello.

No contentos con cierto menosprecio a la femineidad ahora objetan cualquier expresión de masculinidad. Hoy se califica un avance como un acoso.  Se confunde lo que puede ser un mal gusto o incluso un abuso cuando una propuesta, por ser brusca y poco sutil, se considera debe ser castigada como un delito; al fin y al cabo que un compañero de oficina intente darle un beso a quien ha trabajado junto a èl durante un tiempo puede ser un simple error de cálculo por creer que sería bien recibido.

Un exceso en el castigo supone compensar un exceso en el comportamiento demasiado ‘machista’ de quien se atreve a tocar una nalga, echar un atrevido piropo o posar la mano en una rodilla bajo la mesa.

Y se olvida que como dicen los gringos ‘it takes two to Tango’; que hay algo parecido con ‘él que peca por la paga o el que paga por pecar´; que no es lo mismo una violación que -independientemente de los motivos- un sexo consentido; y que quien lo consciente es porque a su turno está sacando un provecho de hacerlo.

En resumen hay algo de una ola de hipocresía en esta nueva actitud ante las relaciones entre los géneros alrededor del sexo. Ni son tan culpables quienes hoy son acusados ni tan inocentes quienes acusan: se pueden cambiar -y probablemente se deben cambiar- las costumbres porque las relaciones hoy son diferentes de hace algunos años. Pero no se debe juzgar bajo los parámetros de ahora los valores de antaño.

Si antes no contaron sus historias quienes hoy denuncian (sobre todo las más destacadas) no es porque fueran menos valientes que hoy sino porque la interpretación social de entonces es que el intercambio de poder por sexo era un negocio para ambas partes; solo que el ‘pago’ con sexo casual por parte de las mujeres para lograr promociones era peor visto que una relación establecida y pública de la misma naturaleza. Ni las concubinas de los reyes, pasando por las grandes cortesanas de la belle epoque’, hasta la goldiggers gringas que se casan con millonarios ocultaban esa ‘transacción’, mientras que las hoy denunciantes serían entonces descalificadas por ese comportamiento. ‘O tempora o Mores’, pero que hoy no gusten y que se deban cambiar no obsta para que haya bastante fariseismo en lo escandalizados que hoy nos aparecen.

Y no se necesita acabar con las manifestaciones naturales de atracción que produce la hembra en el macho acabando con lo femenino de la una o lo masculino del otro.

 

 

El exceso del ‘feminismo’ es caricaturesco.
No contentos con que se expresen lo mínimo las características que la naturaleza dio,
quieren acabar con lo que el ser inteligente desarrolló: el idioma

 

 

Pero el otro exceso del ‘feminismo’ es caricaturesco. No contentos con molestarse porque sean los hombres y las mujeres diferentes, y que se pretenda que se expresen lo mínimo las características que la naturaleza les dio, quieren acabar con lo que su condición de ser inteligente desarrolló, o sea con el idioma.

El lenguaje es un medio de comunicación construido; las palabras y la gramática tiene el significado que se les atribuye y no una naturaleza propia. Es paradójico que se afirme que para ser incluyentes hay que desconocer que el usar el masculino cuando se refiere a ambos géneros no es una discriminación sexual sino una regla gramatical que lo define como incluyente.

Es paradójico que se afirme que para ser incluyentes hay que desconocer que el usar el masculino cuando se refiere a ambos géneros no es una discriminación sexual sino una regla gramatical que lo define como incluyente.

La sentencia de marras es absurda lingüísticamente, cuando descalifica a la Real Academia de la Lengua Epañola y no contenta con desconocer su autoridad como guarda de la Lengua inventa nuevas palabras (al crear la palabra ‘concejala’) obligando a usarlas por orden judicial.

Y aunque la sentencia es por acción de cumplimiento que se basa en la existencia de un Acuerdo del Consejo que en términos genéricos obliga a no discriminar en el lenguaje y lo que se falla es que no se ha cumplido (es decir que al obligar al ‘mejor para todos y todas’ ordena además una forma exclusiva de cumplirlo), los considerandos y la jurisprudencia que se sienta obligarían también por ejemplo a cambiar el Plan de Desarrollo  por ‘Prosperidad para todos y todas’ o el eslogan de la Presidencia por ‘Todos y todas por un nuevo país’ y de ahí en adelante quién sabe hasta dónde...

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