Opinión

Lo secuestraron, lo mataron

Farc, paramilitares o militares, cometieron secuestros como el de Oliverio Lara. Son “crímenes de guerra” dice la JEP, pero algunos, como la senadora Sandino, quieren seguir con los eufemismos

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febrero 17, 2021
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Lo secuestraron, lo mataron
No hay duda de que el secuestro, así sea por razones políticas o financieras o por estupidez, es un crimen de lesa humanidad

Lo secuestraron y lo mataron a las pocas horas, o al otro día, no está claro, como muchas cosas en los secuestros. Fue, para entonces, el segundo secuestrado de más renombre en Colombia, luego del de Harold Eder. Muchos secuestros hubo antes, miles, millares, al menos desde que esa práctica la impusieron los españoles en Colombia, aprendida de los griegos, según Antonio Espino. Lo mataron tan rápido porque se asustaron. No eran secuestradores expertos, como lo fueron después cuando el secuestro se volvió industria calculada, fría, de especialistas, con división del trabajo, economías de escala, cadena de valor, mediación financiera y mediación internacional, todo lo que hemos vivido en Colombia en los años de la guerra que son todos los años.

Cuando lo secuestraron, el 18 de abril de 1965, don Oliverio Lara Borrero era miembro de la Junta Directiva del Banco de la República, en representación del presidente Carlos Lleras Restrepo. Ya había sido alcalde de Neiva, gobernador del Huila, diputado departamental, presidente de la SAC, de la Federación de Cacaoteros, de la Federación de Arroceros y miembro de la Junta Directiva del Banco Cafetero.  Iba a cumplir 60 años, ese 23 de abril.

En su corta vida, Oliverio Lara logró construir, con sus hermanos, un imperio agrícola, industrial, comercial y político sin precedentes en el sur de Colombia. De una herencia modesta como terrateniente en Pitalito y Neiva, pasó a acumular 35.000 hectáreas en el Caquetá y, según otras cuentas, 57.000 ha incluyendo las posesiones en los Llanos del Yarí, y hasta 72.000 con las propiedades en el resto del país. Era el terrateniente más grande de América Latina. Era también importador de carros Studebaker y maquinaria amarilla, ensamblador de los Willis, empresario de vapores en el Magdalena y el Orteguaza. Importó a Colombia, desde India, Pakistán, Francia, Canadá y Estados Unidos las mejores razas de ganado porque su proyecto era exportar carne en canal a Perú, Ecuador y hasta Japón. Para eso construyó el aeropuerto de Larandia de 1.850 metros. Construyó 1.720 puentes y 40 kilómetros en carreteras privadas (cobraba peajes), en su emporio en Larandia, donde tenía hidroeléctrica propia, salud y educación gratuita para sus empleados, a los que sin embargo pagaba malos salarios. Y cuando le hicieron huelga, los despidió a todos y le pagó el doble a los rompehuelgas.

Las élites liberales, que sí existieron y sí fueron liberales, en el siglo pasado, querían la modernización y la entendían como industrialización del país. Alberto Lleras Camargo, condiscípulo de Oliverio Lara -que competía con él en oratoria en el Liceo Militar Antonio Ricarte-, promovió, como ministro de Gobierno, la Colonia Penal Agrícola de Araracuara para que los prisioneros, luego de pagar la pena, colonizaran la inmensa Amazonia y abastecieran de carne, alimentos y maderas la naciente industria nacional, desde las tierras expropiadas por decreto a los pueblos indígenas. Sobra decir que don Oliverio era liberal.

La mejor apología de don Oliverio Lara se la escuché recién a un líder comunista fundador de la UP: “Fue un gran hombre don Oliverio. Emprendedor y visionario. Generó mucho empleo y transformó la región…”

Al empresario Lara lo secuestraron y lo mataron antiguos contratistas y trabajadores, “resentidos sociales”, pero no eran guerrilleros.

El gobierno de Carlos Lleras Restrepo barajó la hipótesis de que los secuestradores podían ser guerrilleros comunistas. Por eso movilizó al Batallón Colombia para buscar al plagiado. En la vereda San José, en El Doncello, Caquetá, criaba vacas el coronel retirado Soto, hombre ilustrado que había participado en la Guerra de Corea. Un día de junio de ese fatídico 1965, lo vi descender de un helicóptero de guerra que desentejó las casas vecinas de la escuela La Granada, donde mi mamá era la maestra, vereda contigua a San José. Llegó transformado en coronel efectivo, el coronel Soto del Batallón Colombia: con pistola al cinto, de camuflado y varios soldados con cartucheras para ametralladoras hasta los dientes. Era buena gente el militar. Le dejó a mi mamá varias raciones de guerra, atún enlatado delicioso, galletas de soda ensopadas en aceite de oliva y líquidos de otro mundo. Ese día, los niños de La Granada conocimos los helicópteros, las viandas de la guerra y el estruendo de las aves de acero.

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En esos tiempos la guerrilla comunista era casi inexistente en la Amazonia. Estaba encaramada en El Pato, al lado de otras de las haciendas de don Oliverio Lara, en Balsillas, sobre la Cordillera Oriental

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En esos tiempos la guerrilla comunista era casi inexistente en la Amazonia. Estaba encaramada en El Pato, al lado de otras de las haciendas de don Oliverio Lara, en Balsillas, sobre la Cordillera Oriental. Pero al parecer las Farc de entonces no recurrían de forma sistemática al secuestro. Solo que, frente a la escuela, vivía una familia de migrantes comunistas, y el coronel los conocía.

Cinco años duró la búsqueda infructuosa de don Oliverio y sus plagiarios.

El Cojo Mancera le contó a dos amigos míos, que estuvieron presos con él en la cárcel de El Cunduy en Florencia en 1972, ellos por razones políticas y él por el secuestro y asesinato de don Oliverio, que cuando se oscurecía y la tropa los cercaba, obligaron al hacendado, que era su patrón, a cavar la tumba, pero por el afán le cortaron la cabeza y luego se pararon encima para acomodarlo porque era muy grande. Lo taparon con palos de yarumo recién quemados y hojarasca. El Cojo lo contaba con pelos y señales. También lo confesó en la reconstrucción del crimen.

El delito permaneció oculto cinco largos años. Un día, Rodrigo Martínez, esposo de doña Emma Lara Perdomo, hija de don Oliverio, vio que un trabajador de la finca, el palafrenero, tenía un reloj extraño, un Patek Philippe Gold, de esos que hoy cuestan entre 80 o 90 millones de pesos. No tenía ya la pulsera de oro sino una de nylon negro. Pero doña Emma lo reconoció al rompe: “Es el de mi papá”. Así comenzó a desenredarse la madeja hasta que los secuestradores cantaron todo. Existe otra versión: Delfín, uno de los criminales, le pegó a su esposa y ella en venganza y por la recompensa jugosa delató a su esposo en Villavicencio. Y otra: que la esposa contó por celos, dada la infidelidad de Delfín. Y una más: que un estudiante para ingresar al F2 le propuso a Delfín hacer un secuestro y este le dijo que no porque en el caso de don Oliverio no habían conseguido nada y bla, bla, bla. En cualquier caso, los ocho delincuentes cayeron cuando los herederos Lara estaban liquidando la hacienda, gracias a que la ley permitía repartir los bienes de un desaparecido luego de cinco años.

Peor suerte que la de don Oliverio corrió su hija adorada, Gloria Lara de Echeverri, la que denunció desde la Dirección Nacional de Asuntos Indígenas las atrocidades cometidas contra estos pueblos, entre otros por el Instituto Lingüístico de Verano. Fue secuestrada el 23 de junio de 1982. La mataron y vejaron lentamente durante cinco meses. Pesaba 30 kilos el día de su muerte. Y el crimen sigue en la oscuridad y la impunidad.

Las Farc, como los paramilitares e inclusive como algunos miembros de las Fuerzas Armadas, cometieron secuestros y asesinatos como el de don Oliverio Lara Borrero. Recién la Jurisdicción Especial para la Paz produjo el Auto SRVR-19 del 26 de enero, mediante el cual conmina a los exguerrilleros a contar toda la verdad sobre los secuestros, ante las víctimas y la sociedad. Son “crímenes de guerra” dice la JEP. Cometidos por una “organización criminal” en ejercicio de la guerra. Pero algunos, como la senadora Sandino, quieren seguir con los eufemismos. No hay duda de que el secuestro, así sea por razones políticas o financieras o por estupidez, es un crimen de lesa humanidad. Cometido por guerrilleros, por paramilitares o por militares, es un crimen contra la humanidad. En eso, Fidel Castro fue también franco y taxativo, respetada senadora.

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Fuentes:

Espino López, Antonio (2014), “La conquista de América. Una revisión crítica”, RBA, Barcelona;

González, Ramón y Torrijos (2003), “Caquetá, tradición y vocación ganadera”, autoedición, Florencia;

Pulecio, Jorge (1982), “Aspectos socioeconómicos de la colonización del Caquetá”, Cooperativa Profesores U Surcolombiana;

Torres, Luis Arturo (2010), “Huellas empresariales caqueteñas”, sin editor;

Cabrera, Boris (2014), https://www.las2orillas.co/con-harold-eder-y-oliverio-lara-comenzaron-los-secuestros-de-las-farc/;

Vásquez, Teófilo (), “Territorios, conflicto armado y política en el Caquetá. https://books.google.com.co/books?id=L9hdDwAAQBAJ&pg=PA60&lpg=PA60&dq=Oliverio+Lara+Borrero&source=bl&ots=eVd36j3igA&sig=ACfU3U1KzagHL0RRAxOV3j-uQPmvK67xjQ&hl=en&sa=X&ved=2ahUKEwj-hYWBvuzuAhWlsDEKHTfsD0U4WhDoATAGegQIBRAC#v=onepage&q=Oliverio%20Lara%20Borrero&f=false

 

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