Opinión

Lo que hicimos antes y no volveremos a hacer

Cuando pase el COVID-19 viajaremos menos, habrá menos infidelidades, veremos más Netflix y el fracking no tendrá cabida. La pandemia nos obligará al cambio

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mayo 18, 2020
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Lo que hicimos antes y no volveremos a hacer
Caifanes en Movistar Arena: ver a alguna estrella o grupo musical famoso en algún coliseo, no volverá a ser lo mismo

Hay un poema de Borges, Límites, que dice que todos los dias hay algo que hacemos por última vez. De alguien, sin saberlo, nos hemos despedido para siempre. Hay algún libro en nuestra biblioteca que jamás leeremos, un recuerdo que no recuperaremos.

Cuando pase el COVID-19 viajaremos menos, habrá menos infidelidades, veremos más Netflix  y el fracking no tendrá cabida.

Nadie tendrá que hacer campañas culturales a favor de la transformación de determinados comportamientos porque la pandemia se encargará de hacerlas.

Llevamos ya 60 días de cuarentena y pensamos, por inercia, que, aunque se demore, la normalidad llegará de nuevo. Muchos líderes políticos, aunque sus países no estén preparados, comienzan a abrir las compuertas de la economía por las obvias razones del desespero de millones, individuos y empresas, ansiosos de que todo regrese a lo que creemos es la normalidad.

Sin embargo, habrá una nueva normalidad, que tendremos que construir. Muchas cosas no retornarán.

¿Qué hacíamos antes de la pandemia que no volveremos a hacer?

Comenzando por el ocio, el descanso, el esparcimiento, poderosas palancas del consumo masivo, no serán como antes.

Pasar unos días en diciembre o enero, en un hotel atestado, para el cual hemos tenido que hacer reserva  desde octubre, bañarnos en la piscina repleta, asistir a la fiesta de año nuevo con orquesta,  hacer las colas del desayuno, no será posible. Ni qué decir de quienes pudieron darse su vuelta en un crucero, por el Caribe o en otros lados. Gusticos que formarán parte de “lo bailado y lo comido no los quita nadie”.

Esos paseos que implican vuelos y desplazamientos en buses llenos para visitar sitios turísticos, lugares de peregrinación, la oportunidad de tomarse la fotico en la torre Eiffel o con los guardias de sombrero peludo en Buckingham, no serán iguales.

Volcarse los  fines de semana, en Bogotá, Cali, Villavicencio o Ibagué, a los centros comerciales y gastar, poco o mucho, almorzando, comiendo helado, llevando a los pequeños a los areneros, a los inflables, los locales de maquinitas de todo tipo, todos atestados de pelaos, padres y abuelos, será misión imposible.

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Fútbol después de hacer cola, gozarse el estadio lleno, gritar para ver ganar o perder al equipo favorito, cine  taqueado, con perro y crispetas, no volverán en el mismo empaque

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Ir a fútbol después de hacer la cola, gozarse el estadio lleno, gritar para ver ganar o perder al equipo favorito, entrar al cine  taqueado, con perro caliente y crispetas, son hechos que no volverán en el mismo empaque.

Ver a alguna estrella o grupo musical famosos en algún coliseo. Almorzar, cenar en restaurantes, los corrientazos o los de mayor precio. Nada volverá a lo mismo.

Las clases magistrales en las universidades serán imágenes del pasado.

El oficio más viejo de la historia está en crisis, como lo están los moteles, obligados  a cerrar  por las autoridades y sin demanda por cuarentena.

La monogamia, no por razones morales, tendrá mayor espacio porque las parejas, como los países, están  encuarentenadas y porque las infidelidades, que se reducirán, acarrean riesgos de salud pública.

Más allá de lo que hagamos con el tiempo no laboral, están las formas de pensar, la manera de ver a Colombia en el largo plazo, que no podrán ser las mismas de antes.

El primer cambio profundo: el reconocimiento del cambio climático, así sea a la brava.

El fracking, que parecía tener, pese a la oposición ambiental, el camino despejado, no tiene viabilidad. Decenas de compañías norteamericanas cerraron el negocio. Para sus apóstoles criollos, hasta enero pasado, el cuento parecía ser “o fracking o muerte macroeconómica”. Transicion energética, nuevos modelos de abatecimiento de energía, estarán sobre el tapete por fuerza mayor.

Como lo estará, por definición, el del rol del estado. No tanto en proveer de medios de vida a los, según nuestra VP,  atenidos. Como dice Piketty, “necesitamos reinvertir en nuestro estado de bienestar”.  No será el resultado de operaciones conceptuales, sino física necesidad para que el aparato económico y la vida social funcionen con mínimos de equidad y capacidad de consumo.

El anverso del cambio de nuestros hábitos implica, ni más ni menos, que reinventarse el turismo, preparar a los millones de desplazados de sectores económicos afectados para que puedan desplegar sus energías laborales en otros. Cartagena, hermosa joya turística emblemática y, a la vez, centro de inequidad y corrupción , tendrá que, como dicen ahora, reinventarse. Y no para lo mismo de antes. Ídem San Andrés. Talvez llegó la hora de el ecoturismo en serio en este precioso país.

No es el lugar para desarrollar la idea, aunque  hay que enunciarlo: la educación en todos sus segmentos y particularmente la superior, deberá transformarse. Muchos centros privados han fracasado en ésta oportunidad de ofrecer buena formación por la vía virtual. En términos prácticos, más de la mitad de los hogares colombianos no cuenta con acceso a internet o un computador. El reto es obvio.

Nuestros cerebros no nos permiten apreciar la impermanencia, la velocidad con la que la vida cambia. La pandemia nos obligará.

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Caifanes en Movistar Arena: ver a alguna estrella o grupo musical famoso en algún coliseo., no volverá a ser lo mismo

 

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