Lo que dirían los ojos y las manos de los soldados si pudieran hablar

Las confesiones de militares responsables de las ejecuciones extrajudiciales en la JEP le dieron respiración boca a boca a la patria. ¿Qué haremos con tanto dolor?

Por: Pedro Conrado Cúdriz
mayo 03, 2022
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Lo que dirían los ojos y las manos de los soldados si pudieran hablar
Foto: Wikimedia

Para iniciar este texto, las citas de tres personas claves hablan por sí mismas:

“Esos muchachos no estarían cogiendo café”: Álvaro Uribe Vélez.

“…Es muy importante hacer la diferenciación de esas conductas individuales con lo que ha sido siempre el criterio institucional basado en el honor y el servicio”: Iván Duque, presidente de Colombia. El Espectador. 01-05-2020

“Lo que se quiere decir es que no son solo hechos individuales. Los fenómenos macrocriminales presuponen una estructura criminal capaz de cometer delitos de esa magnitud, con distribuciones de funciones, con una serie de condiciones que los hacen posibles, con incentivos y mecanismos para la planeación, la ejecución, el encubrimiento y la falta de control efectivo. Se dieron patrones de macrocriminalidad, esto es, hechos que se repiten en el tiempo y que demuestran el carácter sistemático de la conducta…  se constituyó un sistema de criminalidad, dotado de un aparato criminal con capacidad para planear decenas de asesinatos, falsear los informes de inteligencia, mostrar falsamente estas ejecuciones extrajudiciales, evadir los controles, en fin, presentar los asesinatos como si fueran bajas en combate”.  Eduardo Cifuentes, presidente JEP. El Tiempo. 01-05-2020

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Las confesiones de los militares responsables de las ejecuciones extrajudiciales en la JEP le dieron respiración boca a boca a la patria, el nicho de la trascendencia y la esperanza, también de la virtud. Fueron las confesiones de soldados que juraron defender la vida y el honor de la nación. Fueron abominables, pero ahora la confesión tiene el color verde de los arrepentimientos.

“El valor, me dijo un amigo, es la virtud de los jodidos”. Y le creí. Porque detrás del valor está el carácter del hombre, del ser humano. Y escribo humano para connotar los dilemas éticos de la criatura humana, abocada también a sus circunstancias y a la desgracia.

En el escenario de la JEP, copado por las víctimas de la concepción uribista de la seguridad nacional, les tocó a todos los confesos mostrar la piel de la vergüenza y la quemazón del alma. Observar a un soldado de la república temblar de pies a cabeza, cuando tenía la flor en la mano y se dirigía a una de las madres de los hijos asesinados, me conmovió. Y pensé en la familia del soldado, en sus hijos y en tener que enfrentarlos desenmascarado y deshumanizado en la mesa, en la sala, en los cuartos de la casa.

“Yo entendí que aquí (en la flor) está reflejado su dolor, le dijo el sargento Sandro Pérez a Flor Hilda Hernández, y que aquí está reflejada la responsabilidad que yo tengo: le quité la vida a su hijo”.

Las confesiones de los soldados se convirtieron en vientos de alientos para victimarios y víctimas, aunque toda la verdad no ha sido contada aún. Y sin la JEP, hay que reconocerlo, la oscuridad fuera el manto absoluto que seguiría cubriendo la realidad execrable del Estado. La verdad, hay que decirlo sin pena, es la bala que atravesó el corazón y la memoria de vida de las madres de Soacha. Y esta verdad está saliendo a flote de las aguas sucias del poder.

Ya es imposible seguir negando que los valores del honor patrio y la vida del ejército de Colombia se quebraron en medio de fuerzas estatales que desconocieron adrede la sacralidad de la nación. Porque agentes particulares los pusieron al servicio de los intereses espurios e ideológicos del crimen. Concepciones antipatriotas que desconocieron al hombre común, ese que sale a diario a buscar el pan para alimentar a sus hijos, o del ciudadano aquel que solo anhela vivir en paz y cree ingenuamente en el gobierno.

Los soldados se atrevieron a confesar crímenes inimaginables, crímenes solo posibles en las películas de terror. Y, sin embargo, aquí entre nosotros también tenemos personajes de la historia como Calígula, Nerón, Hitler o Pinochet. Nunca antes habían ocurrido hechos históricos como los presentados hoy en la JEP. Aunque es bueno recordar el crimen colectivo de la Unión Patriótica. Entre ellos recordados magnicidios. Cada cien años aparecen seres como Hitler o Putin, y esta es la única razón para que la historia viva en estado de alerta permanente. El ojo cíclope para detectar el desvío es la democracia y sin duda los demócratas.

Hay una pregunta existencial que nos carcome el alma: ¿Qué vamos hacer con tanto dolor y con los dolores que están por venir? La película del horror nacional apenas se inicia, debemos estar preparados para seguir escuchando a este hombre demencial que es Colombia.

Unas últimas preguntas: ¿La sociedad civil se atreverá a perdonar al otro? ¿Seguiremos odiándonos porque sí? ¿Cuándo nos atreveremos a dilucidar cómo aprendimos a odiar al otro, al que no piensa como nosotros, al que no es como nosotros?

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