Opinión

Limbo o dos carbones encendidos para ver en la oscuridad (Nuevas narrativas en el Caribe I)

Creo que esta vez, en ´Limbo´, Templanza Better se aproxima a unas formas poco usuales de leer al Caribe tan perversamente ligado solo a lo mágico de su realidad.

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julio 25, 2020
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Limbo o dos carbones encendidos para ver en la oscuridad (Nuevas narrativas en el Caribe I)
En la novela reciente, ´Limbo´, Templanza Better refleja parte de esa geografía del desprecio donde le ha tocado abrirse paso a dentelladas

El Caribe no cuenta, no narra y tampoco hace poesía.

Ese parece ser el panorama que registran las dos grandes editoriales que dominan el mercado del libro en Colombia: Planeta y Alfaguara. Amén de los trucos de publicidad, las conexiones propias del negocio, la calidad de las obras y la orfandad aparente en cualquiera de los géneros literarios: El Caribe no cuenta, no narra y tampoco hace poesía.

Revisen ustedes mismos los títulos publicados en los últimos dos años: no pasan de cinco (¿exagero?) y en el año que transcurre en medio de la pandemia, solo cuento 2 o 3. No veo más. (¿Me ayudan a verificar?).

Hablo de nuevas narrativas no por la mocedad de sus autores sino porque son las pocas obras nuevas que se han “colado” (¿o sólo han clasificado?) en el mercado editorial de las grandes ligas.

De las obras publicadas por esos grandes sellos editoriales, destaco en esta ocasión la novela Limbo. Una historia de horror en el Caribe (2019), de Jhon Templanza Better (Barranquilla, 1978).

De la novela Limbo encontré al menos ocho (8) reseñas y entrevistas al Autor en revistas especializadas y en los dos principales diarios del país, el principal del occidente colombiano, otro diario de Valledupar y las demás en sitios web afines.

Escribir como lo hace Jhon Templanza Better, desde su siempre incomodo sofá de Narratriz  (Lemebel) y en la feracidad de un Caribe parroquial fustigado por la endeble condición viril que vive al borde del abismo; resulta admirable y al mismo tiempo, reprochable desde las autoflagelaciones físicas y literarias que Jhon suele atribuirse. Vengo leyéndolo desde Locas de Felicidad y cada vez que hace su parto de los montes, escucho el grito y aullido de la criatura (¿tendrá sexo definido?) y me apresuro a conocerlo (a).

Todavía peor o mejor a lo anterior. Jhon vive en Barranquilla donde al decir que dijo GGM, “es el mejor vividero del mundo porque ahí nadie te para bolas” …

En la novela reciente, Limbo, Templanza Better refleja parte de esa geografía del desprecio donde le ha tocado abrirse paso a dentelladas; no ha sido fácil, al igual que en Crisantemo (el pueblo mítico de este relato), su realidad está plagada de “figuras desfiguradas” por las miopías propias de una sociedad mal y bien intencionada, que juzga a todo lo diferente por la corta visión (excusable) de mundo que se tiene. De hecho, el personaje de la novela es un niño que nace vivo y muerto sin sexo determinado y que le corresponderá más adelante descubrirse aterrorizado.

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El personaje de la novela es un niño que nace vivo y muerto sin sexo determinado y que le corresponderá más adelante descubrirse aterrorizado

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Y así son los personajes que deambulan en Limbo, en su propio limbo y en el de todos: creo que esta vez Templanza Better se aproxima a unas formas poco usuales de leer al Caribe tan perversamente ligado solo a lo mágico de su realidad.

Encontramos una serie de bebedizos y pócimas mágicas compuestas en una hechicería literaria que mezclan a Carroll y sus conejos predestinados (como todos los de Crisantemo), el horror “draculiano” que nos marcó para siempre; patios lúgubres con pozos sin fondos donde habitan llantos de niños olvidados; hay pecados ajenos expiados por la santidad venida de otros mundos (de Polonia, esta vez); está Lovercratf y sus complejidades interiores; también con personajes verosímiles como un librero desterrado en su propio exilio y hasta míticos bicéfalos que creo son los dos personajes más reales y normales de la novela.

Todos en cierta forma acompañamos a Templanza Better en su huida cuando estamos leyendo Limbo, porque su novela es eso, una fuga constante de sí mismo en un cuarto lleno de espejos y pequeñas puertas que conducen a otra habitación con más espejos.

Celebro entonces que nos hayamos tropezado con esta rareza literaria en un Caribe acostumbrado a que las realidades sean tan realmente fantásticas, que hasta el horror lo celebramos en un fandango o en un carnaval.

Coda: en tiempos de coronavirus, la literatura también tiene su dosis de “ivermectina” y su exceso no es perjudicial para la salud… de los lectores.

 

 

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