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Durante muchos años, en Colombia hubo personas que tuvieron que esconder una parte esencial de sus vidas. Algunos ocultaban a quién amaban; otros callaban por miedo a perder su trabajo, a ser rechazados por sus familias o a convertirse en motivo de burla. Vivían entre nosotros, estudiaban, trabajaban, tenían sueños y preocupaciones como cualquier ciudadano. Sin embargo, para una parte de la sociedad, su orientación sexual parecía suficiente para negarles el respeto que merecían.
He pensado en esas personas a propósito de la controversia por el retiro de exhibición de varios objetos relacionados con la historia de la comunidad LGBTIQ+ en el Museo Nacional. Entre ellos se encuentran una bandera del orgullo, una fotografía de una movilización y un ejemplar de La Ventana Gay, publicación vinculada a los primeros esfuerzos de organización del movimiento homosexual colombiano. La reorganización también afectó testimonios de otros movimientos sociales.
Los museos reorganizan sus espacios y revisan la manera de contar la historia. Eso es comprensible. Pero cuando una pieza sale de una sala, vale la pena preguntar qué ocurrirá con la historia que ayudaba a contar. El Museo Nacional no es cualquier espacio: allí se decide qué experiencias forman parte del relato público del país, cuáles se explican y cuáles apenas alcanzan a mencionarse.
Me pregunto qué sentirán quienes participaron en aquellas movilizaciones al saber que los objetos que recuerdan sus esfuerzos ya no están expuestos. Muchos conocieron una Colombia donde manifestar públicamente su orientación sexual podía traer consecuencias dolorosas. Algunos encontraron comprensión; otros soportaron el rechazo de sus propias familias. Aun así decidieron hablar, escribir y reclamar un lugar en una sociedad que no siempre estuvo dispuesta a escucharlos.
Conviene recordar algo que las actuales disputas ideológicas parecen olvidar: la lucha por los derechos de las personas homosexuales comenzó mucho antes de que el llamado wokismo ocupara titulares y discusiones en las redes sociales. No nació de una moda cultural ni de una estrategia partidista. Sus protagonistas enfrentaron prejuicios cuando todavía no existían muchas de las expresiones con las que hoy pretendemos clasificar sus reivindicaciones.
En Colombia, el Decreto-Ley 100 de 1980, que expidió el nuevo Código Penal, entró en vigor en 1981 y dejó de penalizar las relaciones homosexuales consentidas entre adultos. Fue un avance histórico, aunque la desaparición de una sanción penal no eliminó la discriminación. Los prejuicios permanecieron y muchas personas continuaron enfrentando el rechazo. La transformación de una sociedad requiere mucho más que modificar sus leyes.
Aquellos activistas abrieron caminos que hoy parecen naturales para generaciones más jóvenes. Lo hicieron cuando hacerse visible exigía una valentía que quizá ahora no alcanzamos a dimensionar. Sus fotografías, publicaciones y banderas permiten comprender de dónde vienen derechos que damos por sentados. Reducir esa historia al debate contemporáneo sobre el wokismo sería desconocer décadas de esfuerzos humanos.
Hay una forma de deshumanización que me preocupa especialmente: reducir a alguien a una sola característica de su vida. Dejar de verlo como padre, madre, hijo, amigo, trabajador o vecino para juzgarlo únicamente por su orientación sexual. Cuando eso ocurre, el prejuicio ocupa el lugar que debería corresponder al conocimiento del otro. Resulta más fácil despreciar a una persona cuando hemos dejado de reconocer todo lo que compartimos con ella.
Sé el valor que muchas personas encuentran en sus convicciones religiosas y no creo que deban renunciar a ellas para respetar a los demás. La fe puede ser una fuente de compasión. Pero debemos preguntarnos qué sucede cuando nuestras certezas nos impiden reconocer el sufrimiento ajeno. Podemos tener desacuerdos profundos sobre la sexualidad, la familia o la moral sin convertir esas diferencias en razones para humillar o excluir.
Tampoco pretendo que todos compartan las reivindicaciones de la comunidad LGBTIQ+. Una sociedad libre debe permitir el desacuerdo. Lo que me resulta difícil aceptar es que todavía tengamos que discutir la dignidad de una persona por su orientación sexual. El respeto no debería depender de nuestras creencias, de nuestros prejuicios ni de la aprobación que concedamos a la vida de los demás.
Con frecuencia celebramos las conquistas jurídicas sin recordar lo que costaron. Detrás de una sentencia, una reforma o un reconocimiento hubo personas que soportaron años de incomprensión. Las leyes conservan el resultado de una lucha; la memoria conserva el precio humano que hubo que pagar por ella. Esa historia merece ser conocida incluso por quienes no comparten las ideas de sus protagonistas.
Por eso considero importante que el Museo Nacional explique con claridad las razones del retiro de exhibición de estas piezas y cómo continuará representando la historia LGBTIQ+. No afirmo que exista una intención deliberada de discriminar. Tampoco creo que cada objeto deba permanecer expuesto indefinidamente. Pero documentar una lucha por derechos no equivale a exigir adhesión a sus consignas. La historia puede mostrarse, estudiarse y discutirse sin convertirla en propaganda.
Colombia ha dedicado muchos esfuerzos a hablar de memoria, de víctimas y de reconciliación. Esa conversación también debe incluir a quienes sufrieron discriminación por su orientación sexual y a quienes se organizaron para cambiar esa realidad. No necesitamos idealizar sus vidas ni estar de acuerdo con todas sus posiciones. Basta reconocer que su experiencia forma parte de lo que somos como país.
Durante décadas, muchos tuvieron que esconder quiénes eran; otros arriesgaron su tranquilidad para que nadie más tuviera que hacerlo. Sería una dolorosa paradoja que, después de conquistar el derecho a ser visibles, su historia volviera a quedar en la sombra. Porque cuando un país invisibiliza a quienes lucharon por su dignidad, no solamente pierde memoria: pierde humanidad.
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