Lenguaje, protestas y resistencia

Las manifestaciones y las luchas sociales van también acompañadas del ejercicio de los símbolos. Una perspctiva al respecto

Por: Humberto Jarrín B.
mayo 03, 2021
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Lenguaje, protestas y resistencia
Foto: Leonel Cordero

En el lenguaje, que es en últimas con el que tramitamos nuestra existencia en todos los ámbitos y niveles, estas luchas se expresan en el intento de disforizar o euforizar los símbolos, pues en los signos, además de la denotación y la connotación, existe un tercer tipo de significación, el mitológico, en el que, como lo señala Barthes, las palabras reflejan y ponen de manifiesto una ideología cuya tarea es la de, o bien la de revelar, exaltar, o bien, la de velar, suprimir ciertos valores, actitudes y creencias en busca de un apoyo, una adhesión, o un rechazo a los mismos.

El propósito de naturalizar o desnaturalizar tales posturas ideológicas tiene, en sus posibilidades de comunicación pragmáticas, un desbalance enorme: mientras los poderosos (el gobierno y la clase que financió su elección) tienen a su alcance y bajo su control los medios de comunicación que son para el uso exclusivo de sus enunciados, a los que se añaden los medios masivos de comunicación privados que son cómplices áulicos de los mismos, el pueblo cuenta con muchísimos menos, mas no por ello menos efectivos, y que incluso llegan a constituirse como cambios permanentes en una lengua.

Quizá unos ejemplos sirvan para ilustrarlo, y para ello recurramos a los sucesos recientes a raíz de las protestas de abril de 2021 en contra del mal gobierno  colombiano.

Una formula recurrente del gobierno y de sus medios masivos de comunicación defensores, incluso de personas del mismo pueblo que cae en la trampa del lenguaje, es comenzar por decir lo obvio: “Reconocemos que la protesta es un derecho ciudadano, que es justa y legítima, pero…”, ello pareciera reconocer el derecho de los protestantes, pero solo es un simulacro, una tramposa y nada sincera fórmula retórica, porque después de este pero es que viene el pero. El discurso que sigue es de este talante:  “…pero, los actos vandálicos deslegitiman la protesta…” y bla, bla, bla.

En adelante queda el campo sembrado para que el discurso, de un lado, invalide toda la protesta, y de otro, para que todo adquiera el sello de vandálico. La estrategia consiste en trasladar, deslizar mañosamente, la connotación negativa de un hecho que resulta estadísticamente mínimo (los disturbios en toda protesta son susceptibles de presentarse, y, tampoco hay que olvidar, pues no es un secreto para nadie, que los mismos agentes encubiertos del mismo estado suelen utilizar la estrategia de infiltrarse para provocarlos y anclar la justificación que ha de ser aprovechada con réditos después), frente a la inmensa mayoría que procede por las vías que la Constitución les otorga de ejercer la protesta.

Aquí la ecuación es de esta suerte: una manzana podrida invalida la canasta. La sinécdoque actúa de manera absoluta y generalizadora: la parte es el todo. Y esto, de paso, legitima discursos que invitan a que, entonces, la policía, tenga todo el derecho de usar sus armas contra los protestantes, pues por arte de magia beligerante, todos quedan convertidos en vándalos.

Pero la ecuación, por obvias y amañadas conveniencias, no se aplica al revés, porque se la diseña para que sea en una misma dirección; por ejemplo, cuando un agente del Estado, policía o militar, asesina a un ciudadano inerme y desarmado durante las protestas (la historia de las marchas nos exonera de dar más pruebas). En el mejor de los casos este asesinato se justifica diciendo que se procedía haciendo uso legal de la fuerza o por defensa propia, pero cuando es evidente que no se puede tapar el sol con una bala, cuando el asesinato no tiene ninguna excusa patriótica que lo justifique, entonces se dice, además de la famosa frase de cajón: “La institución  hará las investigaciones del caso para aclarar los hechos, e imponer los castigos a que haya lugar, pero…” y después de este pero es que viene el pero “…pero la ciudadanía debe entender que esto no obedece a una política de la sagrada institución, porque uno solo de sus miembros se distancie de los principios…”, bla, bla, bla. Aquí la ecuación es de esta otra buena suerte: una manzana podrida no compromete a la canasta entera. La sinécdoque actúa de manera parcial, muy parcial: la parte no es el todo. Y esto, de paso, legitima que los hechos se sigan presentando, porque la excepción no es la norma.

Si, como se dijo líneas arriba que al momento de defender una ideología el pueblo no tiene igual acceso a los medios de comunicación, éste, histórica y culturalmente ha recurrido a muchas estrategias para deconstruir estos embates de la ideología dominante.

Veamos algunos casos que han operado en Cali durante las protestas. Son muy sencillos, pero profundamente significativos, y que consiste en rebautizar ciertos espacios que son hitos en la ciudad.

El primero, consistió en cambiar el nombre de un lugar muy conocido en Cali que desde mediados del siglo pasado se llama “Puerto rellena” (calle 27 con autopista Simón Bolívar), lugar bautizado así porque en aquel lugar, para sobrevivir, las gentes pobres del sector, florecieron un sinnúmero de puestos callejeros de venta de rellenas o morcillas, ahora desaparecidos. Ese lugar es uno de puntos nodales de la concentración de los marchantes. Pero ahora, obedeciendo a otros intentos de supervivencia a través de la protesta, el pueblo ha terminado por rebautizarlo como “Puerto Resistencia”. Tanto antes como ahora, el sitio es un símbolo de la resistencia, de la tenacidad de un sector del pueblo de Cali. Otros más: el Puente de los Mil Días, también lugar de aglomeración del pueblo indignado, ahora ha de llamarse el Puente de las Mil Luchas.

Un tercero es mucho más histórico, y ha entrado en el terreno de lo mítico.

Cuenta la leyenda que en Cali, por allá a mediados de siglo XVI, en la hacienda de un feudalista español trenzaron su amor Crecencio y Juana, dos africanos esclavizados. Toda vez que estos se casaron bajo sus ritos en un sitio llamado Piedragrande, y enterado de ello el esclavista español (que al parecer pero de manera solapada había puesto sus ojos en la bella mujer africana), envió a Crecencio a Buenaventura a través del cañón del Darién, a una muerte segura en las fauces de las fieras y las alimañas que entonces dominaban aquellos indómitos caminos. Pero Crecencio logró volarse y regresó a Cali por su esposa, juntos se embarcaron en una chalupa, pero, escondidos en Vijes, alguien los delató y los esbirros del español fueron a apresarlos. Los trajeron arrastrados en el lugar de La Ermita los castigaron públicamente Permítanme en este punto recurrir a mi novela La ciudad de los siete ríos (y si lo hacemos es solo para mostrar cómo desde esa otra trinchera del lenguaje, la literatura, también podemos contribuir al desmonte de los símbolos alienantes):

Sin bajarse del caballo en que fue al encuentro de los prófugos, el amo lanzó el primer azote sobre Crecencio. La fuerza del caballo que lo embistió lo lanzó de bruces en medio de una salpicadura mezcla de sudor, polvo y sangre. Y allí le habría gustado quedarse muy a su pesar tratando de dominar al toro que ya había sido puyado, pero inmediato al golpe sordo que su cuerpo hizo sobre la tierra escuchó la voz, el chillido de su mujer indefensa, quien con horror veía que un latigazo similar la buscaba. ¡Y a ti según parece te quedó gustando lo que te hizo ese violador!, había dicho el español, ¡No, no, Crecencio no es ningún violador!, había suplicado Juana, ¡Amancebados, entonces!, respondió el patrón a manera de insulto, ¡Estamos casados!, había respondido la mujer como si ello hubiera sido una defensa válida, pero al contrario, un ¡Cállate, puta! se juntó al golpe, dándole un doble latigazo al cuerpo y al alma de la negra. El grito, el rostro contraído de la muchacha por la humillación y el dolor, y el hilo de sangre que brotó sobre la dulce piel de la amada como una escritura de fuego en papel negro, bastaron para que en un ardoroso impulso reprimido en la sangre el negro se levantara poderoso, restituido en sus fuerzas avivadas por la ira, al punto que unas cuantas dentelladas sobre las cuerdas que sujetaban sus manos bastaron para que fueran destrozadas por sus dientes iracundos, y antes de que el segundo golpe infame rozara siquiera la cara de su amor, Crecencio rompió la cuadrilla de sus captores, derribó de su montura al castigador y de un sólo golpe le destrozó la quijada. Sobre el desmayado cuerpo del hombre blanco cayó la sudorosa y afiebrada humanidad de Crecencio, también desmayado. Un palazo seco de los esbirros de su amo a sus espaldas hizo que de súbito una noche punzante y dolorosa se le viniera a la cabeza y lo dejara ciego, fuera de este mundo.

(…) En presencia de toda la servidumbre hizo traer al negro y sobre un tronco que servía para cortar la leña hizo que le amputaran la mano agresora. La mano, mientras estuvo pegada de un hilito de sangre se aferró a sí misma en un puño rebelde, luego se fue soltando, abriéndose como una rosa negra, como ocurre en todas las despedidas, para decir adiós o quizá hasta pronto. Después, el amo completó la segunda parte de su venganza haciéndole matar y mandó a que, mano y cuerpo inertes, los echaran en un hueco mal cavado en la colina más próxima.

La leyenda toma forma cuando se dice que la mano del negro salió de su tumba para clamar justicia, y aunque la volvían a enterrar, la mano, terca y subversiva, volvía a mostrar su puño. Por esa razón, el lugar comenzó a llamarse “La loma de la mano del negro”. Pero la rancia sociedad caleña de entonces no podía soportar que una mano de un esclavo, que un espíritu errático y nauseabundo ¡no faltaba más!, les armara una escandalera en villa tan tranquila fundada por el criminal Sebastián de Benalcázar (cuya estatua ha sido tumbada en las recientes protestas por los indígenas misak), y por lo tanto, aprovechando sus contactos, recurrieron a fuerzas superiores y aliadas para acallarlo: a Dios y a uno de sus representantes en la Sucursal del cielo:

Le señalaron el lugar exacto de las repetidas apariciones, y sin dudarlo, sabiendo con quién o qué se estaba enfrentando, ordenó clavar allí la cruz construida en madera de guayacán y que toda la noche había sido rezada con fervor, casi sudando sangre, como –y ojalá no sea sacrilegio decirlo–, como el hijo de Dios en el Monte de los Olivos. Caracterizado en su autoridad, dijo una dura perorata en una lengua que nadie se atrevería a decir que latín no fuera, y que los espectros, fueran del tipo que fueran y del origen que fueran, indígenas, asiáticos o africanos o del mismo Marte, estaban en la obligación de reconocer y obedecer, en calidad de lengua oficial de Dios que era. Con un hisopo echó el agua bendita con energía y empezó una oración que obligó a que todos los presentes repitieran en coro, y sanseacabó. Bendito remedio.

Desde entonces el lugar se llamó “La Loma de la Cruz”, y con el trueque del nombre podemos evidenciar que se trataba de cambiar el efecto dañino o peligroso que el nombre original podía seguir conservando para las clases dominantes, pues habría de perpetuar un hecho de sublevación frente al poder, y a ello se sumó un cambio también en la historia misma de la leyenda, un cuentero, que es el narrador de la novela, nos dice:

Pero señores, señores, un momento y atenta escucha. Hay quienes a lo largo de los siglos han querido ocultar el fondo histórico, el tinte social con que está manchado este acto despiadado de racismo y de injusticia que ocurrió en la Cali naciente, y cambiando la torta por un pan de cinco, como decía mi... como decían antaño, sobreponen a este relato otros. El primero bastante burdo y tramposo, amañado, y que en líneas generales, para explicar la mutilación y posterior muerte del africano, afirma que el amo castiga al negro porque le robó unas morrocotas de oro. El segundo, dictado por alguna musa didáctica y tejido en el telar de la moral casera y del pudor doméstico, busca que la verdadera historia sea apenas una lección ejemplarizante para los malos hijos. ¿Que cuál es?, se preguntarán ustedes, curiosos, porque así es la condición humana, que no es sino que le digan que le van a contar algo para parar el oído. Escuchen, pues: habla de un negro harto patán y tomatrago que dizque un día, llevado por el ansia del vicio llegó donde su madre y le pidió una morrocota para comprar el líquido destilado, y como ésta se negó, que cómo iba a malgastar los ahorros de toda su vida, que no fuera insensato, que andate mal hijo, a rezar por tu hígado alcoholizado, que lo esto que lo otro con lo aquello, dizque el infeliz la ha cogido a golpes, la ha zarandeado hasta que dijera en qué guaca, colchón, pañuelito o en medio de qué seno tenía las monedas, y ya con ellas se ha largado a gastarlas mientras su madre queda con la infinita tristeza y el alma y el cuerpo apaleados, acto infame sin duda, porque madre no hay sino una, dice el dicho. Y más le duró la rasca y el guayabo juntos que llegarle el castigo, pues los que prefieren esta línea argumental de la historia, dicen que al pasar por esta loma, ¡zúacate!, se abrió la tierra y en una hambrienta bocanada se tragó, de una y enterito, al negrito pipero y atravesado, como si con ello por fin la tierra compensara el haber tenido que sacar vivito y coleando, hace jurgo de años, de sus entrañas donde reposaba muerto, a un tal Lázaro por orden de una voz mayor, pero esa es otra historia, el caso es que la tierra se tragó al negro, dejándole apenas fuera, como ejemplo visible del castigo, la mano sacrílega, porque la madre es sagrada. Y dizque había que ver cómo la mano, impía y rebelde, se negaba, con sus dedos como garfios, a dejarse enterrar, y que se aferraba a la vida, o que pedía, ya sin remedio, perdón. Y termina esta variante diciendo que para que la mano envilecida se restituyera al mundo de los muertos adonde pertenecía desde el mismo momento en que osó levantarse contra su venerable progenitora, tuvieron que clavar una cruz aquí en el lugar donde la tierra se abrió justiciera.

Como podemos ver, la manera de ocultar un símbolo es sobreponiendo los velos de otros símbolos, como por ejemplo llamar al lugar la Loma de los Artesanos, o La loma de las Cascadas (porque hay una fuente artificial de aguas que caen a la calle 5, que por falta de mantenimiento de las empresas municipales, a veces funciona).

Y hemos traído a colación esta historia porque precisamente este lugar, La Loma de la Mano del Negro, que es otro de los lugares representativos de las manifestaciones, en el que las expresiones de la protesta se caracterizan por un fuerte componente artístico, ha comenzado a llamarse La Loma de la Dignidad, en claro repudio a los excesos del poder de los gobernantes que desde la Colonia hasta nuestro días, obligan a que el pueblo caleño, indígena, afrodescendiente y mestizo, levante sus puños en alto en contra de la injusticias, como antaño lo hiciera el esclavo africano.

* Escritor, profesor universitario y Premio Nacional de Literatura Ministerio de Cultura

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