Latinoamérica y el baile de los que sobran

La famosa canción de Los Prisioneros se ha convertido en el himno de las manifestaciones en Chile. Una mirada al actual panorama

Por: Omar Antonio Diaz Botiva
octubre 28, 2019
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Latinoamérica y el baile de los que sobran
Foto: SrArancibbia - CC BY-SA 4.0

Aquellos que crecieron en la década de los 80 o 90 seguramente recordarán de los años escolares el baile de los que sobran —“hey, conozco unos cuentos, sobre el futuro… ¡hey! el tiempo en que los aprendí, fue el más seguro"—, tal vez esta sea la estrofa más acertada de esta canción, la década de los 80-90 del siglo pasado vivió el esplendor del “milagro suramericano” como se conoció a Chile, siendo este el ejemplo a replicar por los gobiernos de la región hayan atravesado dictadura o no, sometiendo a las poblaciones a condiciones que apuntan constantemente hacia el desmonte de garantías y derechos conseguidos en las luchas sociales contra este régimen económico neoliberal; régimen impulsado por organismos multilaterales y países con una fuerte influencia del poder soberano norteamericano se enfoca en el desarrollo de dispositivos de control que permitan regular a la población mientras se desarrolla el desmonte paulatino de las garantías sociales mediante pequeñas reformas que empobrecen a las mayorías, dispositivos de control que se materializan en dos grandes instituciones, la escuela y los medios de comunicación.

Efectivamente el desarrollo de esta violencia discreta, emanada en los discursos tanto escolares como mediáticos legitiman las decisiones gubernamentales referente a políticas que llevaron a una muerte lenta de la clase media en la región, políticas de austeridad, políticas de reducción del gasto publico, politicas de muerte que se ejercen sobre las mayorías, políticas que se encuentran enmarcadas en la configuración de los Estado que se da en la región, trataremos de realizar un acercamiento a la construcción de estos. En el desarrollo de la historia latinoamericana nos vemos enfrentados a una serie de condiciones establecidas desde la dominación colonial que aún pesan e influyen en las formas de gobierno ejercidas sobre la estructura del cuerpo social, podríamos tomar como punto de referencia el análisis sobre la sociedad desarrollado por Michael Foucault entendiendo el ejercicio del poder del estado como la formación de sociedades disciplinarias (Negri, 2000), las cuales establecen una serie de dispositivos que se encargan de regular, producir costumbre y hábitos establecidos como legítimos y legales en el discurso de verdad de la sociedad, Foucault centra su análisis en las sociedades del siglo XVIII y XIX en donde se organizan los grandes espacios de disciplinamiento (familia, escuela, ejército, hospital, fábrica), siendo así, la movilidad social de los individuos en estas sociedades se da de un lugar a otro siempre delimitado ya establecido que restringe las posibilidades de libertad.

Latinoamérica se ha caracterizado por el establecimiento de este tipo de estados gracias a la herencia colonial desarrollada por países que atravesaron procesos de modernidad tardía, siendo estos más específicos dentro de sus territorios bajo la lógica de ejercicio de la soberanía (Foucault, 2001), con la particularidad de encontrar en la región, unos nacientes estados nacionales que afrontan las luchas por su identidad dentro de los territorios y pusieron a temblar en su momento a las estructuras de poder, lo cual lleva a las conocidas dictaduras del cono sur, bajo el contexto de la guerra fría y la política de seguridad nacional emanada de Estados Unidos; estos Estados haciendo ejercicio del poder establecen patrones de comportamiento y de filialidad política, el disciplinamiento de los cuerpos sociales, siendo necesario para esto el ejercicio de políticas que se legitiman desde la negación de aquello que representa oposición al status quo lo cual es tomado por los Estados como el origen del mal en la sociedad.

Somos sociedades acostumbradas al ejercicio del poder disciplinario, esa es nuestra construcción social, se nos hace necesario encontrar un punto a donde señalar y determinar cómo el origen del mal, ese enemigo ficcionado y construido desde la emisión de discursos por parte de las grandes cadenas informativas, que representa lo opuesto a la visión de desarrollo generada por estas sociedades disciplinadas (como ejemplo los señalamientos de los países que enfrentan estas luchas acusando a dos de los países más empobrecidos de la región <Cuba y Venezuela> como causantes y patrocinadores de estos levantamientos), hemos presenciado de primera mano la crisis de estos lugares de encierro, de disciplinamiento (Deleuze, s. f.) dejando al individuo abandonado a su suerte frente a la violencia tanto directa como discreta del Estado, entendiendo este como la expresión monopolizada, institucionalizada y legitimada de la violencia, que sin distinción efectiva entre modelos políticos han llevado a la población de países como Haití, Nicaragua, Honduras, Brasil, Perú, y más recientemente Ecuador, Chile, Uruguay y Bolivia a desatar manifestaciones en oposición al desarrollo de políticas que buscan desde el disciplinamiento al que se ha visto constantemente bombardeado el pueblo latinoamericano, establecer una sociedad de control (Deleuze, s. f.) promovida desde organismos multilaterales que establecen las bases de procesos de neocolonización desde la dominación económica del continente o desde grupos sociales enquistados en el poder, evidenciando la fragmentación del estado tradicionalmente establecido en los procesos postcoloniales no solo en latinoamérica sino a nivel global (Cataluña, Beirut).

Los estados de la región se encuentran en el otoño de la legitimación establecida desde su su régimen de la verdad (Foucault, 1980) promovido desde una visión de ejercicio del poder (lo que llamaría Foucault el biopoder) mediante el cual se buscan establecer las condiciones de quien debe vivir y quien puede morir, en otras palabras, establecer un régimen que desde procesos de discriminación, determine quién es útil para la sociedad (familia, escuela, ejército, fabrica) y quienes deben ser recluidos en espacios donde se pueda confinar esta diferencia (psiquiátrico, hospitales, cárceles), esta configuración de Estado se enfoca en la región desde la práctica de ejercicios militares de dominación contra la población, estableciendo desde el uso de la violencia un referente en la construcción de lo que podríamos llamar identidad nacional. Países como Nicaragua, Honduras, Haití, Uruguay, Bolivia y Chile, atravesaron dictaduras militares que establecieron en el imaginario y cuerpo social una legitimación sobre el ejercicio desmedido de la fuerza y la aniquilación del otro; un país como Colombia enfrenta condiciones históricamente distintas, desde el principio de nuestra lucha independentista existieron divisiones marcadas entre las formas de concebir el Estado, divisiones y discrepancias que se mantuvieron durante el siglo XIX llegando al olimpo radical (constitución de 1863), pasando a la regeneración nacional (constitución de 1886) de Rafael Núñez y la guerra de los mil días.

En el siglo XX nos enfrentamos a las largas hegemonías de partido (republica liberal-republica conservadora), la dictadura de Rojas Pinilla y la dictadura bipartidista (frente nacional), todos estos procesos antes mencionados cobijados bajo la constitución de 1886, la cual, construye como enemigo de la sociedad u origen del mal a las propuestas que buscan la defensa de los intereses del bienestar general por encima del interés privado; desarrollo político, que desencadena en el conflicto armado que vive el país desde su formación republicana; en Latinoamérica y constantemente en Colombia dentro de los espacios de desarrollo republicano, se invirtió esta idea del Estado como mecanismo de disciplinamiento desde el ejercicio del poder sobre el cuerpo (hacer vivir, dejar morir), al desarrollo institucional desde la lógica de quien puede vivir y quién debe morir (Mbembe, 2011) con base en la aniquilación del otro como una forma de legitimar la propia existencia (tanto individual como institucional).

Las dos últimas décadas del siglo XX fueron entrañables para aquellos que logramos disfrutar la vida social con los amigos del barrio, juegos infantiles, sentir el cuidado de todos los vecinos pendientes de los muchachos de la cuadra; pero vertiginosamente esta construcción del tejido social se vio fracturado por los intereses económicos de las minorías que detentan el poder, priorizan sus intereses llevando a un Estado débil a ser cooptado por estos círculos de poder, sometiéndose a los dictámenes de organismos multilaterales y establecer un gobierno privado indirecto que genera las condiciones de su prosperidad a costa del sacrificio de la mayoría de la población, una situación que vemos en todo tipo de Estado, sin importar su afinidad ideológica, por esto hablamos de crisis del Estado y los espacios de disciplinamiento; estos Estados, en su afán de crecimiento económico durante los últimos 40 años se han encargado de precarizar la vida de su población mediante el ejercicio de políticas que reforman las condiciones laborales, recortan las garantías sociales, generando las condiciones para una triple pérdida por parte de los individuos en la sociedad; esta terrible pérdida que en palabras de Étienne Balibar se configura como una pérdida de su personalidad jurídica, su personalidad moral y su individualidad diferenciada (Étienne Balibar, Alejandro Bilbao, & Bertrand Ogilvie, 2018), se evidencia en el ejercicio de políticas que niegan jurídicamente a los individuos al convertirlos en objetivos no solo de la violencia sino de pérdida de su representatividad en los procesos políticos, una pérdida de la moral, en donde los salarios y la constante tergiversación entre vida digna y calidad de vida se establece como horizonte de las políticas económicas una calidad de vida por encima de una vida digna y por último su individualidad, siendo considerado como una estadística más dentro de los cálculos gubernamentales, siendo así, pasamos de sociedad disciplinarias a sociedades de control (Deleuze, s. f.), es decir sociedades en donde el orden disciplinar establecido por los Estados (como configuración de la sociedad) se encuentran en crisis, estos lugares de disciplinamiento, de encierro del cuerpo son moldes, pero en la sociedad de control son modulaciones; haciendo claridad en esto tomaré como ejemplo lo dicho por Martha Herrera quien en una ponencia titulada Esbozos históricos sobre cultura política y formación ciudadana en Colombia: actores, sujetos y escenarios enuncia que el modelo educativo ha funcionado como punta de lanza para la construcción de sujetos productivos, que sean devotos y servidores del Estado (Herrera, s. f.) como producto de la constitución de 1886; tesis, que podríamos ver reflejada no solo en Colombia sino en los modelos educativos del continente. 

Recordando la estrofa mencionada al principio, el Estado como garante de los derechos de la población fue establecido después de las dictaduras en el continente, reivindicando una serie de derechos de la población que se vio sometida a este ejercicio del poder, en Colombia la constituyente de 1991 (impulsada por estudiantes) marcó este paso siendo una construcción en donde la mayoría de la población y sus diferentes sectores participaron en la formulación de esta carta magna, fueron años de esperanza y de recrudecimiento del conflicto armado en el país, el ingreso de narcotráfico y los grupos paramilitares como actores del conflicto establecen un referente del desarrollo de este periodo en país, en el discurso social se vende, y promueve la esperanza de un futuro próspero, a costa de sacrificios en lo derechos colectivos, algo que se asumió socialmente cobijado en el manto de la esperanza pero, en la práctica, las condiciones de vida y el aumento de la riqueza por parte del estado y los grupos de poder, a costa del empobrecimiento de las periferias sociales, ¿una reconfiguración de las luchas de clase? Pasando de la ser entre la dupla burguesía-proletariado a ser entre periferia y centro de la población, periferia que ha sido objeto de las políticas antes mencionadas y que crece vertiginosamente gracias al aumento de las brechas sociales.

En las protestas en Chile se entonó casi como un himno esta canción, en redes sociales circula este fragmento: Bajo los zapatos Barro más cemento ///El futuro no es ninguno, De los prometidos en los 12 juegos, A otros le enseñaron Secretos que a ti no,  A otros dieron de verdad esa cosa llamada educación, Ellos tenían esfuerzo ellos tenían dedicación, ¿Y para qué? Para terminar bailando y pateando piedras ///. Los que sobran para las elites, nosotros los semovientes, que crecimos con la idea de estudiar para un futuro mejor, nos encontramos que en el desarrollo de estas políticas de muerte lenta no nos quedó nada, educación privada o tendiente a la privatización, sistemas de salud precarizados y endeudados, sistemas de pensiones privado que como negocio y en búsqueda de ganancias, establece una edad casi inalcanzable para alcanzarla y da mensualidades pírricas; nosotros enfrentamos un no futuro, un aumento del desempleo frente al ejercicio de políticas que satisfacen y mantienen una estructura social que atraviesa su invierno desde hace dos décadas, estableciéndose como Estados donde la frialdad e inmovilidad de la sociedad se convirtió en norma frente a un cuerpo social que no tiene ya nada más que perder, la indignación creciente se podría expandir como un derrame por la región, el invierno de los estados que enfrenta una sociedad que no tiene nada que perder, un invierno necesario para llegar a la primavera. 

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Bello Ramírez, J. A., & Parra Gallego, G. (2016). Death Prisons: Necropolitics and the Prison System in Colombia. Universitas Humanística, (82), 365-391. https://doi.org/10.11144/Javeriana.uh82.cmns

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Deleuze, G. (s. f.). Posdata sobre las sociedades de control.

Deleuze, G., & Guattari, F. (2002). Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia (5. ed). Valencia: Pre-Textos.

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