Las trampas de la ideología

Fundada en tradiciones, modos de vida y autoridades de cualquier tipo se convierte en un modo de dominación que suprime el pensamiento propio. ¡Ojo!

Por: ROBIN MARIO NARANJO MANCHEGO
abril 08, 2019
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas.
Las trampas de la ideología

Las trampas de las ideologías[1], la lucha dogmática y la perversa capacidad de excusar nuestros intereses son, en realidad, el producto de nuestra animadversión sobre la paz y se constituye en un problema social sin precedentes.

Estanislao Zuleta, ese gran librepensador colombiano, puntualizó en las trampas y errores a los que nos somete la ideología. En nombre de un ideal, de una bandera, de un partido o de un bando hemos hecho a lo largo de la humanidad, los mayores desastres sociales. Dado que “aquel que está sumergido en la ideología no sabe en absoluto que hay muchas cosas que ignora”[2]. Es decir, las ideologías no nos permiten divisar y reflexionar el panorama desde la objetividad, puesto que, para lograr una mirada holística se debe tomar una lejanía o distancia de lo observado.  Esa distancia se toma a partir de la libertad de pensamiento.

La ideología, además, toma fuerza porque se funda “siempre en tradiciones, en modos de vida, en una autoridad de cualquier tipo  y deja de lado la demostración como fundamento de validez”. A diferencia de la ciencia que busca su punto final en la demostración, la ideología tiende a generalizar a través de opiniones, o con argumentos que demanden intereses generales con la intención de ganar adeptos sin importar las consecuencias que puedan ocasionar a nivel social. En palabras de Zuleta, “la ideología es una forma necesaria de dominación” ya que tiene un arraigo en la vida humana y se desarrolla a través de temas álgidos que comprometen el desarrollo de la sociedad. En nombre de un buen futuro y mediante el “desenfoque subjetivo” que produce estar inmerso en una ideología se han explicado y excusado errores totales y parciales, y se ha logrado mitificar y desmitificar figuras heroicas de hombres porque su ideología es más atractiva y efectiva que otras.

El problema de las ideologías está en “la renuncia al pensamiento”. Los dirigentes políticos son para quienes lo siguen (aunque no deberían serlo) un guía, un iluminado, un profeta que cree tener todas las soluciones a las problemáticas y la verdad completa sobre las grandes cuestiones sociales. Condenando y sometiendo a quienes lo siguen a pensar como él, a valorar el mundo según sus prejuicios y preceptos. La herramienta perfecta y eficaz es el lenguaje, según Foucault “el poder utiliza estos lenguajes para controlar la sociedad y atajar en embrión cualquier intento de socavar los privilegios del sector dominante al que aquel poder sirve y representa”[3]. Así pues, cuando se busca intencionadamente ganar adeptos a través del uso riguroso y quizás perverso del lenguaje, se condena y se somete. Ahora bien, quien está condenado no logra pensar por sí mismo,   y es un alienado que sigue al llamado de la tribu[4].

La libertad de pensamiento, el ejercicio de pensar por sí mismo, el contemplar los errores y aciertos de las ideologías, descifrar las intenciones profunda del lenguaje, verificar los hechos y circunstancia de modo abierto y distante, establecer críticas desde las bondades de la ciencia y las ; pueden resultar ejercicios provechosos para controlar las tentaciones de los gustos y las cercanías ideológicas, y tratar de no sucumbir ante los poderes entronizados.

De esta manera, puede que se logre no subordinar el conocimiento a la ideología, no caer en el fanatismo desmedido, evitar pensar que el “fin sublime excusa los medios horribles”[5], desarrollar la actitud escéptica que tenemos para no dejarnos condenar por el dogmatismo y el fanatismo. Tratar que disminuya la brecha entre el individuo y el poder, buscar la libertad, definida según Vargas Llosa como “hija y madre de la racionalidad y del espíritu crítico”.

La libertad de pensamiento trata de explicar que “el reformismo permanente basado en la experiencia y el conocimiento práctico, es más eficaz que las revoluciones basadas en concepciones ideológicas y que las ideologías abstractas solo sirven para destruir”[6], es decir aquellas ideologías que promueven o justifican la violencia.

Un hermoso poema de William Ospina, titulado Pax, hace un llamado a la libertad de pensamiento y a la denuncia del fanatismo propio de las ideologías que nos condenan a la lucha de ideales que terminan vertiendo nuestra sangre.

 

Todos esos ejércitos vertieron nuestra sangre

Como si aquí viniéramos a odiar lo que somos

Y ahora son idénticos todos sus cráneos blancos

Y el músculos disfraza y la luna se ríe.

Mientras los diarios cuentan

lo que no ocurrió nunca

La tumba solo moja la lluvia del poeta

Y los cisnes anudan en reflejos sus cuellos

Y los muertos no cesan de llorar por sus muertos

Cuando el niño estrangule la palabra heroísmo

Y cuchillos de huesos desgarren las banderas

Y Dios solo gaste su rojo en las amapolas

Y los héroes olviden en que bando lucharon.

 

No hay excusa, ni hay ideología, ni intereses que puedan justificar la violencia, la muerte, la angustia social. Tampoco pueden justificar la animadversión hacia la paz. Nunca se puede justificar que el “fin sublime excusa los medios horribles”. La gran tarea de los colombianos es tratar de desligarse de las ideologías actuales para disminuir la polarización, para poder contemplar otras opciones que permitan construir desde lo construido y no destruir desde y (lo) establecido. Así mismo, no caer la falsa concepción de entronizar políticos y seguirlos apasionadamente sin reflexionar en sus errores y desaciertos. En otras palabras, tratar de pensar por sí mismo, ya que esto nos permite desarrollar la crítica y la autocrítica, cuestiones que las ideologías no aceptan. Como diría Kant acerca de la ilustración “Es la salida de la minoría de edad en que se encuentra el hombre por no atreverse a pensar”. ¡Sapere aude!

 

Bibliografía

[1] Frase tomada del libro Alguien Tiene que llevar la contraria de Alejandro Gaviria.

[2] Estanislao Zuleta. Elogio de la dificultad y otros ensayos.

[3] Tomado de La Civilización del Espectáculo de Mario Vargas Llosa.

[4] Haciendo referencia al libro sobre pensadores liberales titulado El Llamado de la tribu de Mario Vargas LLosa

[5] Tomado de El llamado de la tribu de Mario Vargas LLosa

[6] Alguien tiene que llevar la contraria.

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