Las semillas de la memoria

Dejamos nuestros recuerdos tirados en la calle, a mereced de la tecnología.

Por: Nelson Cárdenas
septiembre 11, 2014
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Las semillas de la memoria
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No sé si a uds les suceda, pero a mi, cuando en esos programas de televisión muestran a unos arqueólogos descubriendo, debajo de metros de tierra, o bajo una maraña tupida de selva, los restos de una civilización perdida, la primera cosa que se me viene a la cabeza es ¿cómo llegó a desaparecer de la faz de la Tierra y de la memoria de las gentes toda una sociedad? La primera respuesta que uno aventura es la de un cataclismo de dimensiones apocalípticas que pudiera exterminar en simultanea una gran cantidad de organización humana, que habitaba un lugar tan aislado que no pudiera estar conectado con nada más que la pudiera referenciar. Sin embargo, eso es un escenario propio del cine de Hollywood que poco sucede en la realidad.

Las desapariciones de las sociedades se dan de forma gradual y constante, en pequeños gestos, en las partidas que se dan en cada bus que se va y en los arribos de cada forastero que llega a hacer la vida, cada quien con su atado y sus recuerdos que arranca o vuelve a sembrar. Cada avance que hace el río en la rivera en una creciente, cada fachada que se pinta, cada local que se alquila para un nuevo negocio, en los niños y niñas que dejan de serlo, dejando atrás sus pantalones cortos y sus colas en el pelo, para transformarse en los hombres y mujeres que darán nuevos niños y niñas que, según vaya la marea del mundo, signada por tendencias políticas, económicas, culturales y sociales, se irán de aquí, huyendo de alguna amenaza o buscando el brillo de algún lugar lejano más prometedor y volverán un día cuando la nostalgia le gane el pulso a la ambición, o tal vez no vuelvan nunca, como una semilla que se llevó el viento.

Cambian los pueblos en cada cosecha que deja su olor de mandarina, de cacao, de aguacate y que tal vez no vuelvan a ser para la siguiente temporada, si el precio del mercado deja de ser competitivo, y tal vez la tierra que fue campo se vuelva de nuevo monte o, si el tan cacareado desarrollo lo toca, termine convertido en una torre de apartamentos. Cambian cuando cambian sus formas de amar y de odiar, aprendidas antes de los abuelos y ahora, tal vez, en alguna telenovela; con sus canciones que brotaron de una vitrola o de una emisora parroquial y que llegan hoy desde mil lugares vía internet; con las decisiones de algún genio de la administración que decide poner el basurero en un lugar que desagua al río y termina por acabar lo que fuera su balneario, que creíamos eterno.

La calle que de barro pasó a empedrado y luego a pavimento. El árbol que se sembró en una bolsa negra y que terminó por darle cobijo a las charlas de fin de tarde y que tal vez ya no se harán cuando todos miren alelados una pantalla brillante de un aparatejo. Cambia el mundo, los imaginarios en las personas y con ellas todo lo que vive, todo lo que se construye o se sueña. Y en cada desmoronamiento se da una muerte, de aquello que creyó ser para siempre, y en cada nueva construcción, física o mental, vuelve a nacer la ilusión del para “siempre así”, de la juventud que no se entera que envejece, de las mentes que imaginan que su pensamiento se piensa por primera vez, sin enterarse que su idea es una idea que salta las generaciones, que su sentimiento ya fue mil veces, que su parecer se parece al de los que ya se fueron y al de los que vendrán. “El mundo da vueltas en redondo” decía con afilada observación Úrsula Iguarán, en sus Cien años de Soledad (a la que siempre he imaginado con la cara de mi abuela Concha, de marcos de gafas gruesos, trenzas grises sobre sus hombros, vestidos de faldón y un manojo de llaves antiguas al cinto). Pero al tiempo que las da, en cada giro se despoja de cosas e incorpora cosas nuevas, y lo que ayer fuera imposible, hoy se torna cotidiano y mañana anticuado o demente. Y así, en una sucesión infinita de universos que nacen y explotan para dar nacimiento a nuevos universos que explotarán o se desharán como el mugre que se llevan los aguaceros calle abajo.

¿Adónde van los sueños, las personas, las ideas, los momentos, los dolores, las risas, cada abrazo, cada lágrima, cada letra, cada soplo de brisa y gota de agua que corrió por enfrente de un alguien que ya no está? ¿dónde han quedado todos esos hervores, todos esos “ahora” que se creyeron un “para siempre”?¿cómo quedarse con el agua de lo que va muriendo, que se va entre las manos, que se evapora en la memoria? ¿habrá quién invente una máquina del tiempo para viajar al pasado y saber de lo que ya no es y que de paso nos lleve al futuro para vivir cuando ya no estemos?

Toda la inasibilidad de lo que se lleva el tiempo nos convierte de cierta forma en seres que de alguna manera nos percibimos individuales, excepciones irrepetibles y desconectados de todo pasado y de todo futuro, incluso referidos a nuestra propia individualidad. No nos damos cuenta de nuestra transformación constante que nos llevó desde la infancia a nuestra vejez, porque el cerebro que nos revela como un yo particular, siempre fue el mismo. La misma voz interna que no se dio cuenta de su propio cambio, que pasó de detestar las planas que le dejaban en su primaria a disfrutar una cerveza helada en un abrir y cerrar de ojos, que solo se revela cuando ves los calendarios que han pasado, o una foto guardada en un álbum familiar. Somos una de las matrushkas dentro de otras matrushkas, con un ritmo igual que el de la sociedad en la que nos movemos, llenos de cambios graduales pero constantes que, a pesar de las muchas ilusiones que te vendan para tener una eterna juventud, resultan imparables.

No hay forma de detener los cambios, de conservar la memoria o de vivir para siempre. No hay máquina con un pasaje al pasado o una mirada al futuro… O tal vez sí. El click mecánico de una cámara fotográfica puede ser ese portal. Esos pequeños recortes de instantes congelados, vivos y muertos al tiempo, como la hormiga prehistórica conservada en ambar que nos describe Barthes en “La cámara lúcida”, a punto de dar un paso pero incapaz de darlo, son una ventana que nos dejan volver a ese presente eterno puesto en ellas. Basta con verlas un instante y cerrar los ojos para desatar las emociones aferradas a ellas en nuestra memoria, plenas de olor, de sensaciones que creíamos olvidadas, del calor de un “cumpleaños feliz” o la textura de una pared, el olor de los juguetes o para, si nos son ajenas, tratar de imaginar que pudiera haber en la mente de esa persona que tiene tu edad en la foto y de la cual eres nieto. Curiosamente, y supongo que a uds. también les pasa, las fotos son algo más que el camino al recuerdo: son el recuerdo en sí, pues la memoria, tan falible y moldeable como cualquiera de los sentidos que nos dan razón del mundo, comienza a crear un recuerdo visual a partir de la foto, haciendo de ella una especie de semilla que se parió de un árbol (la foto viene de un momento real que fue) y que comienza a hacer un nuevo ser, un recuerdo que aunque falso (visto desde el rigor judicial) es completamente verdadero e íntimo.

En “Pide al tiempo que vuelva” (Somewhere in time, Jeannot Szwarc , 1980) el protagonista, el difunto Christopher Reeve, intenta un viaje en el tiempo para ir en busca de un amor que nunca conoció, cuya única puerta de entrada es una foto puesta en un viejo hotel. Las fotos son, entre otras muchas cosas eso, una puerta al pasado que fuimos o que fueron otros (que finalmente somos también), una línea que nos deja mirar que no hemos fundado nada, sino que somos continuación, un tallo que viene de una raíz y que con el tiempo se convertirá en ella misma para nuevos tallos y nuevas hojas. Imágenes que son testigos casi fieles del tiempo perdido en el tiempo, del balance de las relaciones, del imaginario que llevaban encima los humanos que poblaron ese rincón del almanaque. Siempre imaginarios, porque los humanos físicos hemos sido más o menos los mismos desde los primeros homo sapiens.

Hoy, con la explosión de aparatos fotográficos puestos en cada rincón de nuestra vida, como celebración de la existencia, como oda al narcisismo, como el acto de coleccionismo obsesivo que siempre ha sido e incluso como la mirada vigilante y hostil de un Gran Hermano, que sospecha de todos, hemos perdido tal vez la dimensión del acto fotográfico, y como casi todo lo que hacemos en la vida, solo seremos conscientes de la dimensión de su valor cuando el tiempo nos hace voltear a ver. Pero en cada disparo que hacemos, queda la semilla de un recuerdo que pasará a ser un eterno ahora para los que vengan tras nosotros, o para los “nosotros” que se van creando con la piel nueva que nos sale cada día. Y sin embargo, en una actitud de un descuido sin igual, hemos ido almacenando nuestras semillas de memoria en unos artefactos falibles, extraviables e ilegibles a nuestros sentidos (a no ser que sus pantallas se dignen en encenderse). Almacenamos nuestras simientes del recuerdo, nuestras fotos, en discos duros, en “nubes” de Internet, en teléfonos celulares, que se perderán en un daño incomprensible o en un vulgar robo de multitud. Ya no se imprimen las fotos, sino que se mandan al correo electrónico o se ponen en una red social, para jugar a ser famosos. Estamos dejando nuestra memoria tirada en la calle al no imprimir más nuestras fotos.

Este libro (un libro de fotos viejas de gente de mi pueblo, para el que me pidieron unas palabras) es una resistencia absurda y por ello mismo hermosa y valiosa ante nuestro olvido, ante el descuido de abandonar lo que parece mugre y es agua viva del recordar para saber quienes somos, sabiendo quienes hemos sido.
Tratar de entender el mundo, cosa compleja ya de por sí, sin mirar la trayectoria de la cual venimos es una tarea que puede llevarnos a callejones sin salida, a puestas en escena obnubiladas, frágiles y fugaces, que carentes de raíz, pueden irse en el primer soplo fuerte de brisa que pase por sobre nosotros.

 
@NelsonCardena

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