Las redes sociales y el valor de la primera palabra

En las redes sociales las personas se comunican como en la vida cotidiana, sin autocensura. Una sociedad que dice lo que quiere y como quiere necesita ser escuchada

Por: Ramiro Guzmán Arteaga
junio 30, 2022
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Las redes sociales y el valor de la primera palabra

En cierta ocasión Gabriel García Márquez alertaba, en una de sus columnas de La Jirafa (por allá en los años 50), sobre la forma en que el teléfono le quitaba sentido y rostro humano al arte de dialogar con el vecino. Por esa misma época, el teórico de las comunicaciones Marshal MacLuhan advertía sobre la forma en que los modernos medios de comunicación, a partir de la imprenta, habían sido los causantes de la deshumanización del lenguaje corporal y oral.

El caso es que ni García Márquez ni MacLuhan imaginaron la forma en que los modernos medios de comunicación no solo popularizaron la conversación en todos los sentidos y direcciones sino que también reivindicarían el derecho más sagrado del ser humano: la libertad de expresión que, en su estado más natural, no es otra cosa que expresar lo que se piensa, lo que nos venga en gana sin ningún control ni responsabilidades, que es al fin y al cabo la verdadera esencia y naturaleza biológica de la libertad de pensamiento y expresión. Pues el principio universal de que “la prensa es libre pero responsable” es parte de un acuerdo social, pero también una de autocensura.

De modo que hoy el mundo del internet y las redes sociales han permitido a las personas, en muchas ocasiones, mostrase al desnudo, tal como son, sin tapujos, sin medirse ni filtrar el uso del lenguaje. Decir lo que se quiere y punto.

En las redes sociales las personas se comunican como en la vida cotidiana, sin autocensura o con ella, con alto grado de educación o sin ella. Todo esto también nos lleva a pensar que las redes sociales son el termómetro que mide el grado de educación de las personas y de la sociedad. Es cierto que las redes sociales se han convertido en unas alcantarillas del “lenguaje vulgar”.

Sin embargo, una sociedad que dice lo que quiere y como quiere es porque necesita ser escuchada, y más allá, pedir o exigir algo. Una sociedad que se cansó de pedir lo que no le ha llegado necesita gritar.

En comunicación y en el periodismo existe lo que se conoce como “el valor de la primera palabra”, que no es otra cosa que el uso de la palabra precisa, la exacta, la irremplazable, esa que está ligada al tono y al ritmo emocional de quién la dice. Tomemos por caso: “Me importa un culo”, es más preciso que decir “por favor, eso no me importa nada”.

Martín Caparros, periodista argentino que lleva décadas recorriendo el mundo y contando historias, dice que “me gustan tanto las primeras palabras. Las veo tan nobles, tan decentes, tan brutas” (La Crónica 2019). Y, en El coronel no tiene quien le escriba, cuando el gallo iba a pelear, el coronel no vaciló en responderle a su la mujer lo que comerían si el gallo no ganaba: “Mierda”.

Por eso pienso que la gente, en las redes sociales y fuera de ellas, más allá de que se les considere vulgar por el “inadecuado uso del lenguaje” lo que están es urgidas de que se le escuche y solucionen problemas de todo tipo y de toda la vida. “Me importa un culo” puede que tengan un tono vulgar, pero también equivale al “Ya no aguanto más”.

De modo que si se quiere cambiar el uso del lenguaje en las redes sociales, no basta cuestionar la forma en que la gente de a pie se expresa sino comprender sus necesidades y propender por cambiar su estilo de vida, para ponerle a la vida y al lenguaje un rostro humano adecuado, como cuando hablábamos desde las ventanas.

 

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