Las flores y los abrazos fueron para muchas madres, pero esta columna es para las otras, las que casi nadie nombra ni ve, y a quienes tanto se les debe

 - Las que se parecen a María

El segundo domingo de mayo, como siempre desde el asomo de los primeros rayos del sol, circulan postales con frases doradas, corazones, muñecos con jugo de naranja y, por supuesto, un tráfico de abrazos y abrazos que podría derretir el polo norte. Y todo eso, está bien.

Todas las madres huelen a rico, todas dan calor de hogar y amor, y todo eso, está bien.

Pero hay otras.

Las que esa misma mañana lloraron a escondidas en el baño con la llave abierta para que sus hijos no las oyeran, y después salieron con la sonrisa fabricada a hacer el desayuno como si nada.

Las que le suben el volumen al equipo de sonido y siguen haciendo oficio mientras lloran por dentro con canciones que las laceran.

Las que hundieron la cara en la almohada y gritaron en silencio una tragedia que nadie en la casa conoce. Las que mantienen un nudo en la garganta y aguantan en pie la vida dura que les tocó.

Las que pelean con Dios porque sienten que las dejó solas, y por dentro gritan ¡yo no sé qué es lo que estoy pagando!

Sigue a Las2orillas.co en Google News

Las que llevan a su hijo en tres buses al otro lado de la ciudad para una terapia que la EPS les niega cada tres meses.

Las que hacen fila desde las dos de la mañana con un tinto y la tarjeta del TransMilenio en el bolsillo, rogando que entreguen los medicamentos para la familia, mientras los dueños de la EPS se compran casas de diez mil millones y se llevan doscientos mil millones a paraísos fiscales.

Las que salieron a las cinco de la mañana a limpiar casas en el norte y dejaron a sus hijos solos con candado y con lo poco que alcanzó la nevera, y vuelven a las nueve de la noche llorando en el bus porque saben que los dejaron solos otro día.

Las que han entregado a sus hijos a una patria indolente que solo busca más guerra y más muchachos para enviar al monte. Las que recibieron al hijo en una caja, o no lo recibieron nunca, y todavía esperan que alguien les diga dónde quedó.

Las que han sido golpeadas y violentadas por años y aguantan hasta que un día estallan, y entonces toda la sociedad las juzga sin haber estado en su cocina.

Las que en pleno Día de la Madre, fueron a visitar a su hijo al psiquiátrico, o entran con dolor a la cárcel a abrazar al muchacho que creció y cayó en las trampas de la pobreza, esas trampas que solo el diablo sabe poner.

Las que hacen milagros para sobrevivir con sus hijitos mientras se esconden de un hombre salvaje y violento que la Fiscalía negligente no es capaz de detener, y las que rezan con fe entera para que su hijo salga, alguna vez, de la maldita adicción.

Las que se quedaron criando nietos porque la hija se fue, o ya no está, y cumplen sesenta años todavía con un niño en los brazos y un milagro al día por hacer.

¿Y todo eso, está bien?

Las cifras le ponen tamaño a este país que casi siempre se cuenta sin ellas. El Dane registra 8,5 millones de hogares con jefatura femenina, casi la mitad del total, y el 37,7 por ciento vive en pobreza monetaria. Dedican en promedio 32 horas semanales al cuidado no pagado; los hombres, 14. Sobre ellas se sostiene Colombia.

Todas estas mujeres se parecen a María, la madre que entendió desde temprano quién era su hijo, que lo amó por ser el más bueno de todos, y aun así lo vio entregarse, paso a paso, a la tortura, a la humillación, al calvario. María sintió que se moría por dentro y volvió a levantarse. Lloró por su hijo como lloran las que van a las cárceles, lo esperó como esperan las que entierran a un muchacho, y lo cargó hasta el final como cargan las que han hecho del cuidado un trabajo de toda la vida. María está en cada una de estas mujeres, y cada una de estas mujeres está en ella.

A esa María repartida en cocinas, buses y salas de espera del país, esta república le tiene escrita una promesa que se llama Constitución

 El artículo 43 ordena al Estado apoyar de manera especial a la mujer cabeza de familia, el artículo 44 dice que los derechos de los niños prevalecen, y el artículo 13 obliga a una igualdad real y no decorativa. Entre el papel y la cocina hay una distancia que estas madres recorren todos los días sin que nadie les pague el pasaje.

Algo se ha movido. El Conpes 4143 oficializó el Sistema Nacional de Cuidado y la Ley 2466 reconoció a las madres comunitarias como empleadas públicas: cuarenta mil mujeres que durante décadas sostuvieron esa política sin contrato ni pensión entran a la planta del ICBF. Es justicia tardía, pero real.

Falta más, y se sabe. La Mesa Nacional de Cuidadoras pidió en 2023 que el Plan Nacional de Desarrollo las incluyera con enfoque diferencial, y no fue acogida. Las que cargan veinticuatro horas al día siete días a la semana siguen sin reconocimiento, y siguen marchando.

Y al final, deberíamos avergonzarnos: esas madres también son nuestras madres, pero pensamos que ellas tienen que obtener solas el resultado de su esfuerzo. Si así fuera, serían las más ricas del país.

Qué pena lo que somos. Solo amamos a nuestras propias madres, no vemos a María en ellas, no vemos a nuestras madres en ellas, no vemos a nuestros hijos en los hijos de esas Marías.

María repartida en cocinas, salas de espera y celdas, ruega por nosotros.

@HombreJurista

Anuncios.

Por Alejando Carranza

Abogado, magister en estrategia y geopolítica, magister en Derecho, especialista en Derecho tributario, especialista en casación penal. Gerente de crisis. Panelista. Constructor de la utopía contraria.