Las pandillas urbanas y la lucha antidrogas

'En Colombia, el narcotráfico en los ochentas se industrializó hasta llegar al procesamiento más rentable de pasta de coca'

Por: Leandro Felipe Solarte
agosto 01, 2015
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Las pandillas urbanas y la lucha antidrogas
Foto: tomada de agenciadenoticias54.com

El caso de El Salvador, donde la pandilla de los Mara-truchas bloqueó el transporte público del país, asesinando a varios conductores que no aceptaron su orden de paro, después que el Gobierno Nacional se negó a negociar con sus jefes varios puntos, como la mejora en las condiciones de detención para sus integrantes detenidos en las escabrosas cárceles del pequeño país, nos recuerda lo que sucedió hace años en Medellín, cuando, subordinados de Don Berna. Hicieron lo mismo parando los busetones de la empresa controlada por su jefe, cuando se anunció su extradición, y nos muestra la dimensión del poderío que en Centroamérica (Salvador, Honduras, Nicaragua, Guatemala), México, Colombia y Venezuela (para no hablar del sur del continente) han adquirido pandillas potenciadas por el narcotráfico internacional, guerras internas y cohabitación con políticos, empresarios, policías y militares corruptos.
En países implicados en guerras internas como Nicaragua, cuando guerrilleros sandinistas en 1979 derrocaron al sanguinario y corrupto dictador Somoza y, posteriormente, los norteamericanos financiaron con dinero del narcotráfico a los Contras de derecha, para derrocarlos, durante el gobierno de Reagan - utilizando la frontera de Honduras como base de ataque- el ambiente de violencia y lucha guerrillera se extendió hasta El Salvador y Guatemala, donde sectores populares e indígenas lucharon contra oligarquías autoritarias y antidemocráticas que los dominaban en regímenes semi-feudales vigentes desde la colonia.
Paralelamente a estas luchas políticas, en Colombia, desde antes de los años setentas, con el contrabando en las fronteras y con la ‘bonanza marimbera’ de la marihuana, ‘punto rojo’ de la Sierra Nevada, se dio vía libre al narcotráfico internacional, que en los años ochentas se industrializó pasándose al más rentable procesamiento de pasta de coca, que Pablo Escobar, 'el Mexicano’ y los Rodríguez caleños traían en avionetas desde El Perú y Bolivía, antes de empezar a sembrarla a gran escala en el país.
Desde entonces en Colombia sentimos con mayor poder los efectos corruptores del narcotráfico a todo nivel, poniendo en nomina a: políticos tramitadores de leyes a su favor, empresarios lavadores de dinero y militares protegiéndolos, llegando al curubito en 1983, cuando Pablo Escobar se posesionó como representante a la Cámara y quien, con la creación del MAS, grupo paramilitar, cofinanciado con sus socios del Cartelde Medellín y el asesinato del entonces ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, quien lo desenmascaró y obligó a dejar su curul, desencadenó la ola de terror armando centenares de jóvenes de las comunas de Medellín como su ejército de sicarios inaugurando esa aciaga década.
Paralelamente en México, prosperó la siembra de marihuana y amapola para extraer heroína, destinadas al vecino y atractivo mercado de millones de norteamericanos sedientos, permitiendo la consolidación de diferentes cárteles que prosperaron, aliados con políticos y policías corruptos, consolidando también sus grupos armados.
A mediados de los noventas, con la férrea persecución a los capos de los cárteles de Medellín y Cali, estos se fragmentaron en grupos que mantuvieron diversas rutas aéreas, terrestres y marítimas para los jefes mexicanos, con la distribución en ciudades norteamericanas y mayores ganancias.
En este proceso, los países centroamericanos se convirtieron en rutas intermedias de droga hacía México, vinculando en su distribución y consumo a miles de jóvenes sin esperanzas para mejorar sus condiciones de vida y entrenados en el manejo de armas, después del cese de los conflictos armados en Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala. Así surgieron los ‘Maratruchas’ que, al igual que los hijos de 'Don Berna', de la Oficina de Envigado, Rasguños, Rastrojos, Urabeños, etc. ampliaron el campo de acción de sus negocios ilícitos al sicariato y atracos, extorsión a empresarios, comerciantes, etc.; macro y micro-tráfico de marihuana, cocaína, heroína y metanfetaminas; secuestro de personas para prostitución, esclavitud laboral, contrabando y falsificación de artículos y otras formas de delito que les generan multimillonarias ganancias a sus jefes y potencial para armar a miles de jóvenes influenciados por el pandillismo y la cultura del dinero fácil.
Lo triste es que este proceso también afectó a Venezuela y, en menor medida, a países como Brasil y Argentina, que también se convirtieron en rutas alternativas para llevar a Europa y Asia drogas a través del África.
Todo este delictivo panorama ha florecido en medio de la prohibición y persecución a drogas cuyo uso regulado fue autorizado con éxito en algunos estados norteamericanos y países europeos. La estrategia prohibicionista fracasó, pues mientras erradican cultivos y laboratorios en un departamento o país, florecen en otro, ya que las exorbitantes ganancias son atractivo irresistible para los vinculados a la cadena, incluidos sus ejércitos integrados por una generación de jóvenes pandilleros al estilo, pero peor, de los que el cine nos mostraba en los suburbios de las metrópolis gringas. En Colombia, con los paramilitares reciclados ya vivimos ese posconflicto.

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