Opinión

Las mujeres del río

Martina Camargo y Nidia Góngora narran en sus músicas los hechos de sus territorios en los que un río da vida: al Magdalena de Martina, al Timbiquí de Nidia

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marzo 10, 2021
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Las mujeres del río
Martina (d) y Nidia reconocen los males que el hombre ha hecho al Timbiquí y Magdalena, que hoy solo con acciones judiciales se intenta detener tanta destrucción. Fotos: Martina Camargo/David Lara Ramos, Nidia Góngora/Jorge Idárraga

Mayi, mi madre, es una mujer de río. Nació en Gamarra, Cesar, a orillas del Magdalena. Cuando Mayi tenía ocho años, sus hermanas mayores se la llevaron a vivir a Barranquilla. Una ciudad de río que hace muy poco comenzó a darse cuenta de aquello que había tenido a sus espaladas.

Mayi hizo su viaje hacia la capital del Atlántico en 1951. Recuerda que en aquel viaje, sus hermanas hablaban de un hombre al que le había dado un “ataque al corazón”. Era el presidente del entonces, Laureano Gómez. Eso lo supo después, era muy niña para seguir la actualidad de la época.

Cada vez que Mayi cuenta aquella travesía, la riqueza de la narración oral se revela. Añade escenas, detalla situaciones, agrega colores, interpreta el momento.

Intentar escribir ese relato es solo una necia pretensión.

Volví a pedirle a Mayi que me contará la travesía de su natal Gamarra a Barranquilla. Me dijo, que ella no había salido de Gamarra sino de Bodega Central, al sur del departamento de Bolívar, donde sus hermanas se la llevaron a vivir luego de la muerte de Concepción Ramos, su padre.

Recordó que iban en un barco de pasajeros con sus hermanas Teresa, Erminia y Emilia. Dijo que el barco era blanco y que avanzaba por el río lentamente. Tenía camarotes pequeños. Se jugaba en cubierta. Los hombres, dominó; las mujeres, parqués. El barco paró en Puerto Mosquito, recogió otros pasajeros y siguió su ruta. El viaje duró tres días, llegó a un puerto “desordenado”, en sus palabras,  que estaba lleno de carretas tiradas por burros y caballos. Había muchos carros negros brillantes, recordó de su llegada a  Barranquilla.

En el barco, dice Mayi, le gustaba irse a la parte más alta para ver correr el río. Mayi jamás volvió a su natal Gamarra. A sus 78 años siempre concluye con una frase similar a esta: “Sentía que todo iba tranquilo, el sol brillaba sobre el agua, los palos gigantes y los sembrados en la orilla, son imágenes que no se me han olvidado”.

 

Volví sobre aquel relato de mi madre al escuchar a las maestras Martina Camargo y Nidia Góngora en un conversatorio organizado por el Banco de la República de Honda. Ellas también sos mujeres de río. En sus músicas cuentan y narran los hechos de sus territorios en los que un río da vida a toda una región. Para el caso de Martina, el Magdalena; y para el caso de Nidia, río Timbiquí, en el pacífico caucano.

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Historias calcadas que tienen del poblamiento de esos territorios, la destrucción del agua por la minería legal o ilegal y la resistencia que ambas han asumido a través de sus cantos

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Los relatos de ambas maestras tienen similitudes. Historias que parecen calcadas que tienen que ver con el poblamiento de esos territorios, la destrucción de los cuerpos de agua por la minería legal o ilegal y la resistencia que ambas han asumido a través de sus cantos y composiciones.

Sus voces se entrecruzan con sinceridad. Desde niñas estuvieron en esos ríos, ellas han sido testigos de su deterioro y aún hoy siguen clamando y denunciando lo que allí sucede:

“El río me permite inspirarme —dice Martina Camargo— pero no solo está el río, también los playones que son refugios de vida de animales. Por ejemplo, en San Martín teníamos el Playón de Santa  Rosa, de allí se sacaba barro para hacer tinajas de agua, los pescadores hallaban su sustento, había una flora y  una fauna que desapareció, mi papá, preocupado por el ambiente comenzó a hacer composiciones para denunciar lo que allí pasó”.

“Hay una relación directa con la selva, con el río —establece Nidia Góngora— el territorio, y los elementos de la naturaleza. No tendríamos marimba si no estuviera la chonta, que es una palma de gran flexibilidad y resistencia. La brisa la lleva al piso, pero no se parte. De esas tablas resistentes está hecha la marimba que emite un sonido que da mucha paz. Así también somos nosotras, resistente, luchadoras. El canto hace parte de la cotidianidad en el Pacífico, está en todos los procesos, dicen que nosotros hablamos cantando, y es así porque todo tiene ritmo y melodía. La música está aquí cuando nacemos, y si la persona muere se despide con alabaos. Siempre cantamos”.

Tanto en Martina Camargo como en Nidia Góngora el canto tiene una misión fundamental. Divertir y hacer espectáculo está en un segundo plano, porque para ellas cantar es también la forma de reclamar sus derechos, decir los que se piensa a través de su música, reivindicar el valor de su herencia:

“La música  —dice Nidia Góngora— ha sido una forma de resistencia desde la llegada de nuestros ancestros, es una historia que no podemos olvidar, es una historia que estamos obligados a reconstruir. La música es un medio de fortalecimiento, supervivencia, ha sido medio de resiliencia, con ella hemos construido sociedad, cultura, ambiente familiar y comunitario. La música ha sido medio para combatir la violencia vestida de diferentes formas, con la música hemos levantado nuestra voz, hemos llegado a visibilizar estos espacios que como país se nos ha desconocido en Colombia.

“Estas músicas  —apunta Martina Camargo— en mi territorio cargan la resistencia de los indígenas chimilas, y también de los afros esclavizados en las minas de oro durante La Colonia.  Los chimilas no iban a permitir que los sacaran de sus territorios, tenían que luchar. Esta música de tambora esta untada de fuerza chimila y afro. Yo me manifiesto a través de mis composiciones, denunciar mi descontento con lo que pasa en Colombia. Denunciar ese despojo que viene de siglos atrás. Antes eran los grandes imperios, hoy son las grandes industrias que quieren acabar con nuestros recursos, por eso, mi canto es resistencia”.

Tanto Martina con Nidia reconocieron los males que el hombre le ha hecho al río Timbiquí y al río Magdalena,  y a otros cuerpos de agua del país, que hoy solo con acciones judiciales se intenta detener tanta destrucción.

El camino abierto por la sentencia T-622 de 2016, la cual reconoció al río Atrato como sujeto de derechos, es un camino que la maestra Martina Camargo alaba, pero que lo encuentra de alguna manera desconcertante: “¿Cómo así que necesitamos reconocer los derechos a los ríos si son ellos los que nos dan todas nuestra vida? Los ríos sin nosotros pueden seguir viviendo, pero nosotros sin los ríos nos acabamos. El reconocimiento de los ríos como sujetos de derechos es magnífico, pero hago una pregunta: ¿vamos a esperar a que los ríos estén destruidos para hacer algo?

Para Nidia Góngora hay que volver al conocimiento de los ancestros, de los abuelos: "Cómo cantora tengo la labor de difundir los valores culturales de la región, defender la vida, la naturaleza. Debemos respetar nuestro mar, nuestros ríos, porque para nosotros el río es todo, un medio para comunicar los pueblos, nuestra carretera es el río, si ese río además de estar contaminado, está seco, nos va a mantener separados, se acaban los lazos de unión. Nuestros viejos practicaban la minería de forma serena. Cuando un niño nace se le regala un anillo, y si es niña unos areticos, en Colombia se ha promovido la explotación del oro, pero los viejos decían el oro es de la tierra y en la tierra debe estar”.

Al finalizar la conversación se mencionaron a otras mujeres de río como Gloria Perea y Benigna Solís, entre otras, todas con la mirada serena sobre el río que produce cantos, versos por igual, al tiempo que entrega calma y serenidad a quien lo mira, valora y respeta.

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