Las lecciones que dejó la pasada campaña presidencial

"Fabulosa democracia la de los colombianos, aquella sin conciencia, sentido de pertenencia e infundada más en los miedos que en la propia convicción"

Por: Eliseo Garzón
junio 25, 2018
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Las lecciones que dejó la pasada campaña presidencial

Ganó Duque, pero no fue una victoria satisfactoria. Aunque las leyes electorales certifiquen que Duque es el próximo presidente, como será formal con la respectiva credencial que recibirá, su victoria no es contundente y deja un sinsabor en los colombianos, ya divididos, ya despreocupados.

Duque gana con poco más de 10 millones de votos, esto es 28% del potencial electoral, o el 53,98% de los colombianos que votaron en segunda vuelta. Significa que aproximadamente 1 de cada 4 colombianos que tenían la oportunidad de elegir presidente lo hicieron por Duque, 2 prefirieron no votar, y poco menos de 1 lo hizo por su contendor Gustavo Petro. Con todo y balotaje, la legitimidad de entrada del nuevo presidente es débil.

Estas cifras explican el proceso democrático, que en otras palabras es la ley de las mayorías, aunque para muchos la democracia sea tener derecho a participar con garantías. Quienes ganan asumen el poder por un periodo determinado, quienes pierden tendrán en este caso la posibilidad de hacer oposición desde el congreso, dado que el candidato presidencial derrotado junto con su fórmula vicepresidencial ocuparán automáticamente curul en Senado y Cámara de Representantes respectivamente. Así lo dictaminó la ley de oposición.

Duque en la última etapa no aceptó debates, argumentó que ya había asistido a suficientes y colocó condiciones complejas para participar en otro con Gustavo Petro. Prefirió no lidiar con el toro de argumentos y conocimientos de su contendor, algo cobarde y estratégico (Uribe eludía confrontar en campaña) y porque en efecto supo que este Petro había sido el vencedor en todos los debates anteriores. Sumado a ello contó con el beneplácito y parcialización de algunos medios de comunicación que atendieron la recomendación de su campaña de mostrarlo como un hombre natural, que juega fútbol y tejo, canta vallenatos o baila salsa, en lugar de insistir en más propuestas a los complejos problemas del país.

Y digo parcialización porque fue evidente la forma como ciertos periodistas (Darío Arizmendi y Luis Carlos Vélez, entre otros) estaban completamente a favor de Duque, atacando y generando un mal ambiente a las propuestas de Gustavo Petro, mientras que con Duque generaron espacios más amigables y hasta divertidos. Aunque algunos seguidores de Petro, y observadores imparciales, reflejaron esta parcialización que en ocasiones fue grotesca, todo pasó desapercibido porque ya había un favorito que se debía proteger.

Como también pasó desapercibida la presencia de Petro en los estudios de televisión que habían sido preparados para el último debate presidencial que nunca tuvo lugar con Duque. El candidato de la Colombia Humana, el día anterior a las elecciones, se dirigió a las instalaciones de RTVC esperando por un único y último espacio para que los colombianos pudieran confrontar las ideas de ambos candidatos, por demás en extremos opuesto. Duque nunca llegó y el argumento fue que su campaña no había confirmado nunca su presencia.

Una buena parte de quienes votaron por Duque lo hicieron por miedo al fantasma del "castrochavismo” o a que Colombia se volviera Venezuela si ganaba Petro. También porque consideraban que Petro había sido un pésimo ejecutor durante su Alcaldía, o era impensable que un exguerrillero o político tan engreído fuera su próximo presidente. Lo mismo ocurrió en la contraparte. Muchos que apoyaron a Petro lo hicieron porque no querían que Uribe reencarnado en Duque volviera al poder o consideran que Duque carece de autonomía y se dejará manipular por Uribe a quien se debe, no comulgaban con el apoyo que recibió su campaña de los partidos tradicionales y reunía a todo lo que se detesta de la vieja política, inclusive del radicalismo de grupos cristianos o sectarios del talante del exprocurador Ordóñez, o lo veían como un candidato sin experiencia para gobernar.

Uno u otro candidato, en mayor y menor medida fue fuertemente juzgado, pero solo por la mitad de la población que al final tomó una decisión. El restante poco le valió este proceso al punto que delegó en terceros su decisión de acoger una alternativa, y aunque las dos vueltas presidenciales buscaban que quien ganara tuviera mayor respaldo, es la legitimidad la que queda en entredicho.

El resultado fue claro: tenemos Petro para rato porque su alta votación, entusiasmo electoral y autoproclamación para seguir en la contienda fue claro para todo el país. Tendremos presidente por 4 años, uno de los más jóvenes en toda la historia republicana de Colombia y quien admirablemente alcanzó el poco tiempo lo que muchos han anhelado en décadas. El éxito de Fajardo se borró de tajo cuando él mismo afirmó, ya cansado, que no volverá a competir sino que apoyará a nuevos líderes en las regiones. Todavía causa extrañeza que no se pronunciara frente a las ofensas de grueso calibre que hiciera un Senador del nuevo partido de gobierno a su fórmula Vicepresidencial.

Anulado y en el olvido quedó De la Calle a quien un país desagradecido por su dedicación de más de 6 años para lograr la paz con la Farc le dio la espalda. Quizás fue su error pretender ser candidato cuando ni siquiera el propio gobierno lo respaldó. Y ni hablar de Vargas Lleras quien su grosería, sobrades y desgaste de su campaña, la más larga y cuestionable, hizo que en 8 años de publicidad a costa del erario público le terminará pasando la cuenta.

El país por ahora seguirá igual. Atentos estaremos todos a las promesas de campaña de Duque por una Colombia libre de pobreza y en la senda de crecimiento e igualdad. De hecho esto no será así, porque somos un país de memoria de corto plazo, y así como vivimos la campaña presidencial, ahora lo hacemos con el mundial de fútbol, y mañana con el Halloween y la Navidad. Fabulosa democracia la de los colombianos, aquella sin conciencia, sentido de pertenencia e infundada más en los miedos que en la propia convicción.

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