Las estúpidas opiniones sobre Juan Manuel Santos y su libro

Quien busque poesía y belleza artística no la va a encontrar. Él es un político, no un escritor consagrado. Sin embargo, el texto tiene un valor histórico y testimonial enorme

Por: Juan Mario Sánchez Cuervo
Abril 10, 2019
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Las estúpidas opiniones sobre Juan Manuel Santos y su libro
Foto: Twitter @JuanManSantos - Twitter

A propósito del libro La batalla por la paz de Juan Manuel Santos, una frase de Buda le va como anillo al dedo: hay tres cosas que no se pueden ocultar por mucho tiempo: el sol, la luna y la verdad. Por eso, aunque la primera víctima de una guerra es la verdad, tarde o temprano aparece su brillo para enaltecer a unos y poner en vergüenza a otros. El mismo Juan Manuel Santos afirma en su libro: “el veredicto lo dará la historia”. Y es que el mayor aporte de La batalla por la paz, más allá de las antipatías o simpatías que genere su autor, es su aporte al esclarecimiento de la verdad en esta extensa pesadilla que vive aún Colombia en la horrible noche de su depravada violencia. En este sentido, los temores y las prevenciones que generó en algunas personalidades de la política el advenimiento de la mencionada publicación eran señales inequívocas de que algunas verdades saldrían a flote.

Para empezar este análisis conviene citar al gran escritor italiano Gesualdo Bufalino: Es peligroso entrar sin látigo a la jaula de los recuerdos. Pues bien, dado que uno de los temas que aborda la obra de Santos es nada menos que la descripción descarnada de cinco décadas de nuestro pasado violento, resulta apenas obvio que algunos protagonistas que tienen vigencia en la vida política colombiana, abrieran, husmearan, o recorrieran ya con encono, ya con rabia y ansiedad anticipada unas páginas que tienen todas las características de un manifiesto de paz y de una revelación cuajada de sentimientos paradójicos y de sufrimientos íntimos relacionados con la guerra. Tampoco es extraño que muchos abran La batalla por la paz como alistándose para la guerra; es decir, armados no solo de látigos como en la frase de Bufalino, sino también de odios, envidias, temores menuditos y perturbadores.

Al menos yo leí el libro como quien acude puntual a una cita urgente con este momento trascendental para la patria. Y lo leí de cabo a rabo, sin saltarme páginas, sin acudir al juego de la gallina ciega, o al repugnante método de buscar la aguja de la errata en el pajar de un texto voluminoso, a veces denso, pero siempre interesante. Siento vergüenza ajena por aquellos periodistas que lo leyeron de oídas, por referencias de terceros, y movidos por la frivolidad de ser muy leídos, o para ser los primeros en opinar o comentar sobre la que es, quizás, la novedad literaria más importante del año en nuestro país. O en su defecto, lo leyeron a la topa tolondra, con poco seso, saltando de un lugar a otro del texto para encontrar la caída, el error, el desacierto.

Y no faltó el que quiso ser más protagonista que el protagonista mismo de la historia, pues llegó al colmo de sugerir que Juan Manuel Santos no lo escribió gracias a su pluma e inteligencia, sino que de pronto acudió a algún escritor fantasma. Pues no es así, y esto se hace evidente en cuanto se percibe la voz del autor, cuyo estilo, no muy depurado, cae en redundancias, repeticiones, énfasis muy suyos, como cuando en sus discursos repite ciertas expresiones y palabras. No obstante, el estilo es a la vez fresco y sencillo y el contenido muy legible, por lo cual la lectura se hace amena. Pero quien busque poesía, belleza artística no la va a encontrar: Juan Manuel Santos es un político, un estadista y no un escritor consagrado. Sin embargo, el texto tiene un valor histórico y testimonial enorme. Muchos dirán que en este libro habla el ego y la vanidad del Nobel de paz; yo afirmo, en cambio, que todos tenemos un ego, ya sea grande, mediano o pequeño, pero lo tenemos, y todos arrastramos también algo de esa vanidad propia de la especie humana.

De la envidia ni hablemos. En contravía de los que hacen énfasis en la egolatría de nuestro expresidente, es necesario aclarar que de principio a fin, y como una especie de letanía con digresiones, va enumerando con gratitud una cantidad de personajes que lo acompañaron o lo orientaron de alguna forma en su odisea por la paz: sus antecesores (le reconoce por ejemplo muchas cosas a Uribe), sus ministros y exministros, periodistas, humanistas, facilitadores, intermediarios, juristas, politólogos, etc. Incluso, y de manera especial, al papa Francisco. Y lo más destacado: le hace un reconocimiento a todas las víctimas de nuestro conflicto armado. Por otra parte, en algunos pasajes del texto es inevitable ponerse, al menos por un instante, en los zapatos de Santos cuando describe con estoicismo la posición furibunda de su principal opositor.

Por último, a La batalla por la paz ingresé desprevenido y sin látigo. Lamentablemente al calor de esta polarización es muy difícil que el libro de Santos sea leído por los colombianos con cierta distancia, mesura, moderación y objetividad. Quizás logren leerlo con inteligencia aquellos que no tragan entero y no se embuchan con mentiras, tergiversaciones y opiniones estúpidas.

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