Las elecciones sacaron lo peor de nosotros

Se volvieron el escenario del que más duro grita, el que mejor insulta y donde no se privilegia la contundencia y consistencia de las ideas y apuesta, sino las ofensas

Por: Javier Cuenca
Mayo 25, 2018
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Las elecciones sacaron lo peor de nosotros

Hablar del clima electoral que vive por estos días nuestro país es enfrentarse a tener problemas, discusiones inagotables y recibir gratuitamente insultos e improperios. Viscerales y fanáticos, un considerable número de colombianos ha empezado a mostrar, en todos los escenarios posibles, que en esta nación palabras como diálogo, reconciliación, comprensión y reconocimiento del otro no son más que términos susceptibles de ser usados como estrategia para ganar adeptos, pero jamás como una práctica real del día a día y de la posibilidad de entender que habitamos el mismo suelo de un país hermosamente situado en el planeta, biodiverso, con dos océanos y la posibilidad de ser en sí mismo una maravilla natural que solo se revela cuando se recorre kilómetro a kilómetro.

Sin embargo, estas elecciones han sacado a flote que detrás de la siempre presente amabilidad de muchos colombianos que luchan día a día con las dificultades de habitar en un país profundamente desigual como el nuestro, late un egoísmo sin precedentes, una incapacidad de ponerse en los zapatos del otro y sobre todo, una inclemente necesidad de destruir de manera sistemática al que piensa distinto o a quienes no comparte lo que uno o su grupo piensa. Lamentablemente las elecciones revelan que la idea de democracia no solamente ha sido pervertida a lo largo de la historia, sino que es imposible pensarla como una heteroglosia en la que caben todas las posturas, para ser más bien el escenario del que más duro grita, el que mejor insulta y donde se privilegia no la contundencia y consistencia de las ideas y apuestas, sino quien peina a quien o peor aún como se termina siendo capaz de deslegitimar y ofender al otro si su pensamiento no es el mismo.

A esto se le suma el increíble fanatismo que se desencadena en los colombianos y lleva a la ceguera analítica. No hay una revisión sistemática y juiciosa de los planes de gobierno de los candidatos y sobre todo, de su viabilidad y aplicabilidad en las condiciones del país y los “argumentos” que se sostienen para privilegiar a unos y atacar a otros parecen más ejercicios de copia de lo que circula en la publicidad de las campañas que el resultado de análisis minuciosos y contextuales de las implicaciones de lo que cada candidato propone. Y para colmo de males, los mismos candidatos atizan los ya existentes odios y olvidan que un líder no solamente sirve para mover grupos sociales sino también para proponerles cambios, lo que implica que si en el fondo, uno de los grandes problemas de nuestro país es que el peor enemigo de un colombiano es otro colombiano, la apuesta no debe ser otra que la de empezar por comprender al otro, así no se esté de acuerdo con él.

En las campañas actuales esta perspectiva se observa con contundencia, cuando es imposible señalar alguna crítica de los candidatos de las posiciones más extremas e incluso de aquellos que se sitúan en una especie de centro. Si se señala la incoherencia del programa de Duque, ser la personificación de Uribe en otro cuerpo o las fallas en su modelo económico, que ya han sido subrayadas en diferentes análisis, sus seguidores atacan en masa y con un arsenal de groserías e insultos predeterminados. De igual modo, si el planteamiento crítico apunta a Petro y a cuestionar la falta de concreción metodológica de sus planteamientos o la contradicción entre señalarse como defensor de la política del amor y al mismo tiempo atizar odios, inmediatamente los improperios salen a flote, de igual o más calibre que los de los seguidores de los que buscan distinguirse y a quienes terminan siendo profundamente iguales. De una y otra orilla llueven amenazas, descalificaciones, groserías y un clima que refleja el carácter visceral del votante, que, fiel reflejo a mostrar lo peor de nosotros, termina por evidenciar el retrato de un país enfermo por la destrucción del que piensa diferente.

Ahora bien, con Fajardo y De la Calle, la condición es aún más extraña. Ambos, en el centro, en sendos llamados a la cordura o al equilibrio no despiertan masas de fanáticos con antorcha en mano y ceño fruncido, pero, a su vez, empiezan a posicionar otras formas de sacar lo peor de nosotros: la cuestión de la idea del voto útil o inútil, que vale no por una decisión de lectura seria de un programa de gobierno, sino por única y mera cuestión de estrategia. Así se revela que, aunque en un caso la bandera educativa ondea con fuerza, lo más importante es pensar en una segunda vuelta cómo ganarle a otro erigido como la representación del mal; y, en el otro, aunque la trayectoria, experiencia y compromiso con la paz serían argumentos válidos, pesa más la idea de no perder el voto con el último lugar de las encuestas o como se disfraza de malote burlándose de los demás.

Y para cerrar, Vargas Lleras, sacando el oportunismo, la estrategia del camaleón y las coerciones que han acompañado a la política nacional desde siempre. Sus fanáticos y promotores reproducen todas las costumbres malignas para tomas decisiones como estas: coerción a contratistas, defensas o ataques según convenga, cambio de camiseta y sugerencia de la deliciosa mermelada para quienes se unan y el trasfondo de unas obras que son más un derecho del pueblo que algo por lo que agradecerle al político de turno, pues, como eso sería, como se dice popularmente, como agradecer a un cajero automático por entregar el dinero que uno trabajó. Pero sus fanáticos, también insultan, acusan, deslegitiman y crucifican en su nombre, reiterando de nuevo que lo peor de nosotros sale a flote y se despliega como un virus por las redes sociales.

Al llegar a este punto, seguramente la pregunta de los lectores, sería quizá (si no es que antes ya han sacado a flote su odio con cualquier insulto, o si no con variables curiosas del tan colombiano “usted no sabe quién soy yo”, aludiendo a que ellos son los que saben por cualquier clase de mérito académico, económico y un largo etcétera) ¿qué hacer?, ¿por quién votar entonces? Y la respuesta, es tan simple como práctica: vote por quien desee, como producto de su análisis de las propuestas de cada quien y su viabilidad. Tómese el tiempo de leer críticamente el programa y respete la opinión de los demás, su sentir y lo que son. Desarme el corazón y tiemple el pensamiento y decida libre, sin miedo ni temor y en concordancia con lo que desea para usted y, si le es posible hacer ese ejercicio de pensar en el otro, en lo que más le ayudaría a la nación. Olvide las encuestas, las amenazas de caos o de destrucción, los modelos predictivos y especulativos, el ruido que hacen los medios o el barullo de los seguidores y sus insultos y odios atizados y tome su decisión a conciencia y con claridad, para que mañana no quede ningún remordimiento y pueda sacar quizá lo mejor de nosotros mismos, esto es, la capacidad de vivir y compartir la vida con otros, en este hermoso país que se juega su destino y ante el que la responsabilidad histórica es quizá la de poder ser mejores, no por los que aparecen en los tarjetones, sino por la capacidad de decidir libremente y de reconocer a esos otros que aunque piensen distinto, también son hermanos en esta tierra hermosa.

En conclusión: votemos libres, tranquilos, por quien queramos, sin odios ni presiones, sin resentimientos. Votemos partiendo de nuestros análisis, de nuestra consciencia crítica, desde el país que cada uno sueña. Y, en ese espacio, aprendamos a respetar al diferente, al que no piensa igual. Nada es más triste que ver a familias atacándose incluso entre generaciones porque tanto unos como otros creen tener la verdad absoluta y una decisión termina volviéndose un asunto de lucha libre. Finalmente, luego de las elecciones, si somos capaces de pensar en el otro, con el otro y de compartir un país, podremos unirnos y exigirles a esos que nos representan no condenar a este país a no tener segunda oportunidad sobre la tierra.

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