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Las desgracias de José Asunción Silva, el poeta suicida

Tenía solo 30 años, escribía y escribía y la plata no le alcanzaba; naufragó con sus seis pianos y después de enterrar a su hermana Elvira se pegó el tiro

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Noviembre 29, 2015
Las desgracias de José Asunción Silva, el poeta suicida

Cuando vio al último de sus pianos Apolo hundirse en Bocas de Cenizas, José Asunción Silva supo que su sueño de hacerse rico había terminado para siempre. Una semana antes estaba en Caracas, desempeñándose como agregado cultural de la embajada colombiana en Venezuela. Sus continuos incumplimientos y la insolencia con la que se dirigía a sus superiores, le costaron el cargo. Desempleado, con el dolor aún palpitante por la muerte de Elvira, su amada hermana, Silva se embarcó rumbo al Magdalena. Justo cuando entraban a Colombia el capitán del barco, ciego de la borrachera, se chocó contra una roca. Los pasajeros, arremolinados en cubierta, vieron impotentes cómo durante tres días la embarcación se hundía inexorablemente. Cuando rescataron al poeta éste tenía los labios marchitos, la mirada seca y la piel cuarteada por culpa del sol y del mar. Sabía que al regresar, con sus pianos y la mayoría de su obra poética sacudida entre las olas, sus acreedores, que se contaban por montones, se lo iban a comer vivo.

Antes de que se pegara un disparo en el pecho, José Asunción era famoso no por sus versos sino por sus deudas. En Chapolas negras Fernando Vallejo lo resume en un párrafo “Cuando a Silva le entraba un peso ya debía dos. El peso que le entraba (prestado) se lo gastaba y así quedaba debiendo tres. Cuatro con los intereses. Sacaba grandes anuncios de su almacén en primera plana, en El Telegrama, todos pensaban que le iba muy bien y le prestaban cuatro. Y cuatro y cuatro son ocho y ocho dieciséis. Así vivió. Así murió”. Silva intentó, con desespero, vivir como un dandy europeo. Camisas de lino, cigarrillos turcos, perfumes franceses, cortinas de terciopelo, el poeta siempre tuvo problemas con la realidad. Ricardo, su padre, le heredó un almacén en la Calle Real, nombre como se le conoció en el siglo XIX a la carrera séptima, en donde vendían objetos tan extraños para la Bogotá de la época como mesas de ajedrez, grabados en acero, paños ingleses, vinos franceses, jabones Atkinson, champaña Elite, calzado de Viena y sobre todo pianos, muchos pianos traídos de Dresde.

El hecho de que la clientela escaseara no era óbice para que José Asunción siguiera trayendo mercancía finísima de Europa. Un año antes del suicidio Silva le debía a doña Paz Martínez de Casalini, la dueña del local donde funcionaba el almacén, la escalofriante suma de 1890 pesos, por no haber pagado siete meses de arriendo. El poeta, inmutable en su fe, siguió pidiendo prestado para poner en El espectador versos publicitarios para atraer compradores.

 

Bohemia es sin duda un almacén magnífico

Situado al principiarse la calle Florian

Esplendidos perfumes de las mejores fábricas

Lubín, Piver, etcétera acaban de llegar

 

Ahí hallareis el modo de no llegar a viejos

Con el jabón de almendras

Benjuí o Ilan Ilang

Y polvos para dientes y tintes para el pelo

Pomadas, pudre de Riz y muchas cosas

 

Hay quienes dicen que estos versos fueron los precursores de la publicidad en Colombia. Lo que es seguro es que la estrategia publicitaria no funcionó y en la madrugada del domingo de mayo de 1896, cuando se dio el balazo en el corazón, José Asunción debía 208.975 con 61 centavos repartidos entre 44 acreedores entre los que se destacaban amigos, bancos europeos y hasta su propia abuela. En plata mal contada este dinero representa actualmente una suma cercana a los ochocientos millones de pesos.

¿Cómo un hombre, cuya única garantía financiera era un almacén que se venía abajo y los diez mejores poemas escritos en este país, pudo sablear a los Samper, De Brigard, Fonnegra y Vengoechea? Fácil: Silva no era un hombre cualquiera y ante los laberintos verbales que les montaba a sus  prestamistas estos se rendían y no les quedaba otro camino que desembolsar, prestar montones de billetes con la certeza de que nunca más los volverían a ver.

Le prestaron 1.089 pesos para reformar Chantilly y dejar la villa que tenía en Chapinero como una hacienda digna de su ego. Le prestaron para crear una empresa de piedra artificial que sería la panacea de Bogotá, le prestaron para viajes a París, para trajes, perfumes y zapatos traídos de Alemania que el poeta lucía cada sábado antes de tomarse el chocolate. Nadie podía resistirse al encanto de José Asunción Silva.

Y él, egoísta, burletero y traicionero con sus amigos, por la única que sentía verdadero fervor era por su hermana Elvira, la que le arrebató, veinteañera, el descuido de un médico que no supo tratar una peritonitis. Y cuando ella murió, la alegría que destilaba el poeta en Los maderos de San Juan le dio paso al romanticismo oscuro del Nocturno. A partir de allí nada saldría, todos los negocios naufragarían, como le sucedió en los tres días infames que pasó frente a Bocas de Cenizas y, desolado, no le quedó otro camino que pedirle a su médico, Juan Evangelista Manrique, que le marcase el sitio exacto en donde quedaba el corazón y allí, sin apuntar, en una helada madrugada de domingo, detonar el revólver que le quitó de encima ese escombro amargo en el que se le había convertido la vida.

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