Las contradicciones del histrión no existen

En el caso de Trump, la lucha entre mentiras es la que establece el contraste que hace estallar la carcajada

Por: Carlos Roberto Támara Gómez
noviembre 01, 2018
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Las contradicciones del histrión no existen
Foto: Gage Skidmore - CC BY-SA 2.0

Las cortes de la nobleza británica, francesa, alemana, española, rusa, china, etc., etc., sabían que los histriones jamás entran en contradicción; es más, es imposible elaborar una trama histriónica que valga la pena sin que la contradicción establezca el contraste que, precisamente, desternille de la risa, o haga que algunas nalgas se restrieguen contra las sillas, o los brazos hirvientes de deseo denunciado vayan sobre el regazo de las señoras adúlteras, cuando se sienten incómodamente aludidos.

Tanta es la suerte del dilema que algunos reyes o príncipes apostaban espías cerca de sus eventuales víctimas para medirles el aceite de sus pequeños movimientos y gestos, pues la ciencia de la semiótica corporal es tan vieja como el mundo, hasta el punto que fue una de las primeras abstracciones de la caza por allá por el neolítico cuando se inventaron todas las religiones. Ningún racionalismo existiría jamás si la vista no insinuara según Kant. Es la clave de toda representación incluso en la ciencia. Y la ciencia también se mueve por contradicciones, en un principio solapadas por los paradigmas como descubriría en el siglo pasado Alexandre Koyré, y Thomas Kuhn con su estructura de las revoluciones científicas.

Ahora bien, no necesariamente la contradicción se engendra por la lucha entre la verdad y la mentira. Cuando es demasiado evidente por lo general el chiste fracasa. En el caso que nos ocupa, Trump, es la lucha entre mentiras la que establece el contraste que hace estallar la carcajada.

Veamos estos dos encabezados del HuffPost.

“Ryan: Trump no puede cambiar la ciudadanía. El presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, rompió con la Casa Blanca por la ciudadanía por nacimiento, rechazando la afirmación de Trump de que tiene el poder de anular el derecho constitucional con una orden ejecutiva”.

“El marido de Conway vuelve a golpear a Trump. George Conway, el esposo de la consejera de la Casa Blanca, Kellyanne Conway, también habló sobre el plan de derechos de nacimiento de Trump, y escribió un editorial mordaz que destruye la propuesta del presidente de usar una orden ejecutiva para invalidar un derecho de ciudadanía consagrado en la Constitución”.

La puesta en escena de estos dos storylines suscitaría las carcajadas estentóreas del mundo. Por ejemplo, cómo es que Ryan un rejugado líder de mayorías parlamentarias en la cámara norteamericana se come íntegro y sin masticar el cuento de Trump sobre denegar la ciudadanía por decreto presidencial.

Se lo come íntegro porque Ryan acude a su conocimiento de la ley para contradecir, cuánta ridiculez, cuando ha debido ripostar histriónicamente también. He allí por qué el cineasta Richard Moore  que tiene razones para saber cómo se mueven bastidores, sostiene con vehemencia irrefutable que nadie está atacando a Trump con inteligencia y en su terreno. Ryan ha debido incitar a Trump a hacerlo; es más, ha debido mandarle un boceto del decreto con firma mampuesta, aplicándolo lo más cerca posible; negándoselo a Ivanka Trump, a sus hijos, nietos e incluso a sí mismo. Ahora Moore puede montar otro apabullante documental sobre qué población quedaría indemne en los Estados Unidos si se aplicar tal medida: las guerras de Secesión se quedarían enanas ante las demandas. Agrupamos solo el tronco de lengua sioux: hidatsa, mandan, sioux, osage, ioway, omaha, otoe, missouria, quapaw, kanza; algunas de lengua algonquina: blackfoot, arapaho, cheyenne, atsina; y otras de lengua caddo: wichita, pawnee, arikara; o lenguas na-dené: sarsi.

Ahora bien, y para no hacer de tontos nosotros mismos, si Ryan contesta así y él mismo es histrión entonces resulta claro que estamos ante una desesperada cortina de humo preelectoral pro validar la moribunda preeminencia en Cámara de Trump, en la que uno contesta de mentiras al otro para ambientar un falso debate, a la manera ya no de las fake news, si no a escala ampliada, de los fake shows. Y de eso podría tratarse.

Pero vamos al otro encabezado a ver si logramos mayor profundidad. Ahora, George Conway ataca de nuevo. Y de dónde surge el ataque, de un tipo que es el esposo de la consejera de la Casa Blanca. Dice la noticia que ataca con mordacidad. He aquí una clave. Conway supongo de entrada debe estar separado de su mujer, pero antes que ocurrieran sus líos aquella ha debido develarle la soterrada naturaleza clown del histrión Trump. No hay escenario más preciso para asesinos en serie que el circo: sus componentes son nómades que pueden morir en cualquier parte, sin el menor contacto familiar; y es evidente; quién puede ser el hermano de la Mujer Barbuda, por ejemplo; o de la Chica Dos Panochas. Conway debe saber la diferencia entre un chistoso de pacotilla y un clown. Por lo general el clown se considera a sí mismo superior a cualquier cómico, se siente más filosófico; quizás proviene de una depresión profunda y ciclotímica, esquizofrénica diría Deleuze. Conway sabe que Trump puede ser un clown disfrazado de histrión.

Quiero precisar todo lo tétrico que se me antoje. Si el histrión, como devela hasta ahora irrefutablemente Byung-Chul Han es la forma política del poder bajo el neoliberalismo, entonces podría deducirse sin lugar a dudas que éste es visceralmente asesino; lo cual no sería muy difícil de demostrar. Obviamente en su calidad de clown se siente superior y nunca jamás lo aceptaría: jugaría una siniestra puesta en escena de datos estadísticos. Es decir, no podrá negarse que domina su tinglado desde aquellas compañías ambulantes de saltimbanquis, maromeros, payasos, adornados por una serie de monstruos y contrahechos de nuestra variada especie.

Para captar mejor esto, imaginemos que haya ocurrido lo siguiente en nuestra más cercana geografía: un líder de partido aprovecha la media hora de figuración de un tipo de la calle para fungirlo de candidato. Mientras anda con él le tunde de coscorrones hasta domesticarlo cual Lazarillo de Tormes. Ya inhabilitado moralmente para defenderse éste, ocurre la desgracia que tenían más que fraguada: el lazarillo pierde estruendosamente, aunque gana el candidato real y verdadero. Válido de su pequeña alma neoliberal, bien volátil, salta con garrocha un triple mortal con giro a la derecha para caer en el circo consabido. El tipo de la calle observa incrédulo y desorbitado. Todavía se desorbita más cuando conoce que una amada esposa es nombrada embajadora en el país de sus preferencias más exóticas: la tierra de las momias, incluida la bella Nefertiti que, dicen, era un macho disfrazado. La opinión pública se pregunta consternada, ¿aceptará alguna embajada el tierno lazarillo ahora en la calle cuando al fin le toque algún regalo de consolación?

Tump sería más cruel y despiadado si el modelo Putin de mafia rusa —¿forma Rasputín del histrión sexuado, posterior a la zarina de todas las Rusias?— ya estuviera lo suficientemente instalado en EUA. Trump hace gestos para parecer dominante: se denuncia como escuálido pues necesita sonsacar gimiendo más votos republicanos ahora en mitaca. Ryan le acolita fingiendo la imposibilidad legal a menos que haya más votos. Conway lo desenmascara.

Ahora tenemos la profundidad de campo que buscábamos.

La cámara pasa a negro. Empieza otra trama…

* Nota y posdata clandestina. La cita parcial de las razas indígenas es de Wikipedia.

** Posdata: lo que sugiero imaginar ocurrió en nuestro medio, aunque todavía faltan capítulos más estruendosos que barrerán con la taquilla. ¡Espérense y verán!

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