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Como bien se sabe, el efecto económico más evidente de los terremotos y de los desastres naturales en general es la destrucción del capital. Los enfoques tradicionales asumen, en primer lugar, que el capital es una masa homogénea, por lo que los activos destruidos o afectados deben reconstruirse, mientras que los intactos pueden seguir operando a plena capacidad. La premisa es su carácter sustitutivo. Se parte de la idea de que aquello que quedó intacto, en un nuevo escenario de escasez, se encarece, atrayendo inversiones y acelerando la reconstrucción. En otras palabras, se espera que las fuerzas del mercado actúen.
Hallegatte et al. (2022), investigadores del Banco Mundial, difieren. Para ellos, las diferentes unidades de capital no son homogéneas, sino que se dividen en las que constituyen la infraestructura (puentes, carreteras y demás) y en las ligadas a la producción, como equipos y vehículos de transporte, entre otros. Si un terremoto destruye la infraestructura, la productividad de las empresas disminuye, incluidas las que, tras el movimiento telúrico, quedaron intactas. De acuerdo con los investigadores, cada unidad de negocio pierde productividad antes de valorizarse por la escasez.
En el centro de Pereira y en la avenida Circunvalar, donde se concentraba gran parte de la actividad comercial de la ciudad, las afectaciones obligaron al cierre parcial o permanente de vías, lo que, a su vez, redujo la afluencia de personas. Esto se tradujo en una menor demanda que afectó la productividad de todos los locales comerciales, incluidos aquellos que quedaron intactos o con afectaciones menores.
La carrera es contra el tiempo, pues los locales aún “en pie” podrían quebrar en los próximos días, dado que las zonas en las que operan quedaron vacías. De allí que salvar los negocios y recuperar la infraestructura de la ciudad, logrando que los lugares afectados vuelvan a ser transitados, no sean asuntos que deban abordarse por separado. El primer paso es demoler con premura las estructuras en riesgo, a fin de permitir el retorno de los peatones y el flujo vehicular.
La ciudad es un sistema de activos interdependientes y no una suma de problemas aislados. La pregunta no es si debe priorizarse la infraestructura o los negocios, sino cómo intervenir de modo que la recuperación de un activo genere efectos multiplicadores en los demás. Hay que recuperar cada zona de manera integral.
A pocos días de la temporada navideña, las pérdidas por la baja afluencia serán enormes. Al respecto, el alcalde de Pereira insiste en instalar el tradicional alumbrado navideño para que la gente vuelva a las calles. Otras entidades e influenciadores, sin duda con muy buena voluntad, han realizado campañas para que más personas acudan al centro. Sin embargo, si no fluyen recursos suficientes desde el Gobierno Nacional, es poco probable que la economía se recupere en un plazo razonable. El mercado, contrario a lo que plantean las voces más ortodoxas, es muy mal rescatista. Hay que recurrir a medidas de corte keynesiano; esto es, el Estado debe reactivar de manera decidida la economía maltrecha mediante el gasto público.
La ciudadanía, los gremios, las universidades y las autoridades locales deben exigir al Gobierno Nacional una inyección extraordinaria y urgente de recursos para la reconstrucción. No se trata únicamente de reconstruir edificios, sino de evitar la pérdida de empresas, empleos y capacidades productivas que tardaron décadas en construirse. La recuperación de Pereira no puede dejarse a la espera de que el mercado encuentre incentivos; requiere una acción pública decidida antes de que los daños temporales se conviertan en pérdidas permanentes.
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