Las batallas de la Iglesia contra el sexo
Opinión

Las batallas de la Iglesia contra el sexo

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agosto 12, 2013
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Los nuevos vientos que parecen soplar desde El Vaticano con el nombramiento del carismático Papa Francisco, traen a la mente la guerra inútil que libra la iglesia contra el sexo, y las cuatro batallas perdidas que aseguran una derrota total en ese frente. Porque es innegable que de nada han servido las campañas en contra del uso del condón, de la píldora y en general de todas las formas de control de la natalidad, que le permiten al ser humano ejercer con responsabilidad su propia reproducción, garantizar un mejor futuro a los hijos que decida tener y cumplir un importante papel en la conservación de los recursos del planeta.

Tampoco parecen haber funcionado las campañas en contra del amor homosexual, considerado por la mayoría como una manifestación natural del afecto humano y un legítimo derecho existencial de quienes así se inclinan. Menos resultado ha dado la batalla librada contra los segundos matrimonios, con penalidades como prohibir la comunión a quienes viven uniones que brindan una nueva posibilidad de realización en pareja, a millones de católicos en el mundo. Igualmente, la Iglesia ha perdido la batalla contra el celibato. Me atrevo a afirmar que esta derrota no es nueva, sino tan antigua como la misma prohibición. Basta mirar la historia del papado en el Renacimiento, y los escándalos sexuales que involucran hoy a sacerdotes en todo el orbe, para comprender la ineficacia de un código, de un mandato, que pretende erradicar de la vida del hombre afectos y funciones naturales, legítimamente humanos.

Somos muchos quienes quisiéramos ver que, en lugar de dar tumbos alrededor de asuntos en los que la voluntad individual y las necesidades afectivas se imponen, la Iglesia se ocupara de otros asuntos de urgente solución. La renuncia del papa Benedicto XVI fue, más que ello, una denuncia a la corrupción imperante en esa institución. Para poder realizar un trabajo efectivo y verdaderamente revolucionario, se necesita algo más que una actitud humilde o mediática del nuevo Papa, ese hombre que más bien parece un inteligente rector de colegio que el Sumo Pontífice, título heredado de la majestad de la Roma Imperial. Va a tener que echar mano del valor de su antecesor, no ya para dejar el cargo sino para gobernar, comenzando por poner la casa en orden. Son tantas las denuncias que corren sobre supuestos malos manejos en cuestión económica, administrativa, violaciones, pederastia y escándalos sexuales, además de las luchas intestinas por el poder al interior de una de las instituciones más poderosas del planeta, que no queda más remedio que dudar en las posibilidades reales de un cambio.

Ojalá que la jerarquía pudiera orientar a la Iglesia hacia una actitud más compasiva y acorde con las necesidades reales de los feligreses. Hacia el sincero regreso al evangelio, practicándolo y ayudándole a sus fieles a hacer lo mismo. Ojalá tuviera bajo la dirección del nuevo líder, la capacidad de tomar conciencia de los verdaderos problemas de la humanidad para darles una respuesta, en lugar de batallar por imponer conductas de imposible e innecesario cumplimiento.

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