Texto escrito por: Daniela Tatiana Navarro Jaramillo
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Lo que ocurrió en Brasil debería encender una alarma en toda América Latina. No porque la izquierda haya ganado unas elecciones —ganar en democracia es legítimo—, sino porque vuelve a instalarse una pregunta que demasiados políticos prefieren esquivar: ¿por qué una corriente que lleva décadas prometiendo transformar la vida de los más pobres sigue encontrando en sus mismas promesas una razón para permanecer en el poder?
Lula da Silva acaba de conseguir otro mandato. Y mientras sus seguidores celebran una victoria histórica, hay algo que no deberíamos celebrar tan rápido: la posibilidad de que la política latinoamericana vuelva a caer en el círculo de siempre, ese en el que los dirigentes prometen cambiar la realidad, los ciudadanos depositan su esperanza y, cuando los resultados no alcanzan, aparecen nuevas explicaciones para justificar lo que quedó pendiente.
La izquierda brasileña vuelve a gobernar. Pero ¿qué tiene realmente para ofrecer que no haya tenido ya la oportunidad de demostrar?
Esa es la pregunta que me interesa. No la que se limita a contar votos, ni la que convierte a Lula en héroe por haber derrotado a la derecha. La pregunta que incomoda es otra: ¿en qué momento el discurso de la justicia social dejó de ser una obligación de resultados y se convirtió en una credencial política que parece renovarse con cada elección?
Porque hay algo que me cuesta aceptar de la política latinoamericana: que la pobreza sea, al mismo tiempo, la herida más dolorosa de nuestras sociedades y uno de los argumentos más rentables para quienes buscan gobernarlas.
La pobreza no debería ser una bandera que se levanta cada cuatro años. Debería ser una realidad que los gobiernos se propusieran reducir hasta que dejara de marcar el destino de millones de personas. Sin embargo, en buena parte de la región, las mismas necesidades regresan a los discursos, las mismas promesas vuelven a los escenarios y los mismos problemas terminan convertidos en una herencia que siempre parece responsabilidad de alguien más.
Y cuando la izquierda vuelve a ganar, como acaba de ocurrir en Brasil, vale la pena preguntarse si estamos ante una renovación de la esperanza o ante la prolongación de una fórmula política que todavía necesita demostrar cuánto puede transformar.
No desconozco la importancia de los programas sociales ni los avances que Brasil alcanzó durante anteriores gobiernos de Lula. Sería absurdo negar que las políticas contra la pobreza pueden cambiar vidas. Pero precisamente porque la pobreza importa tanto, no deberíamos conformarnos con que los políticos hablen de ella con sensibilidad. Deberíamos exigirles que la enfrenten con resultados.
Gobernar en nombre de los pobres no es lo mismo que gobernar para que cada vez sean menos.
Esa diferencia parece sencilla, pero encierra una discusión que la izquierda no siempre está dispuesta a asumir. La ayuda estatal puede ser necesaria y, en determinadas circunstancias, indispensable. Lo que no puede convertirse en el horizonte definitivo de una sociedad es la dependencia permanente de soluciones que no consiguen abrir suficientes caminos hacia la autonomía económica, el empleo digno y la movilidad social.
Una familia no necesita que un presidente pronuncie un discurso conmovedor sobre sus dificultades. Necesita que sus ingresos alcancen, que sus hijos tengan oportunidades y que el esfuerzo de trabajar le permita construir una vida mejor.
El trabajador que llega al final del mes haciendo cuentas no puede pagar sus obligaciones con la historia política de Lula. El joven que no encuentra oportunidades no puede vivir de la épica de una revolución que ocurrió antes de que él naciera. Y quien siente que su futuro está estancado tiene derecho a preguntar por qué las promesas de transformación parecen sobrevivir con más facilidad que las soluciones.
No hay crueldad en formular esas preguntas. La crueldad está en tratar las necesidades de la gente como un asunto secundario frente a la supervivencia electoral de los partidos.
Lula ya no es el dirigente que llega por primera vez a la Presidencia. Es un político que ha gobernado Brasil durante distintos periodos, que conoce el Estado y que ha tenido oportunidades suficientes para construir un legado. Su trayectoria puede ser extraordinaria; su responsabilidad, también.
A estas alturas, no basta con recordarle al mundo de dónde viene. Hay que examinar hacia dónde conduce al país.
Y eso exige abandonar una de las trampas más frecuentes de la izquierda: creer que sus intenciones la colocan automáticamente del lado correcto de la historia.
No. La intención no reemplaza el resultado. La ideología no sustituye la administración. La sensibilidad social no exonera a nadie de responder por el manejo de los recursos públicos. Y declararse defensor del pueblo no convierte cada decisión de un gobierno en una decisión favorable para el pueblo.
La izquierda no tiene el monopolio de la solidaridad, como tampoco la derecha tiene el monopolio de la responsabilidad económica. Ninguna corriente política merece una confianza ciega. Pero cuando un proyecto lleva años defendiendo las mismas causas y vuelve a recibir el poder, su obligación no es repetir el discurso con más entusiasmo. Es demostrar qué ha aprendido, qué ha corregido y qué está dispuesta a hacer de manera diferente.
De lo contrario, la política termina convertida en una industria de expectativas.
La izquierda también necesita mirarse al espejo
Hay otra contradicción que merece ser expuesta: algunos movimientos llegan al poder denunciando las élites, los privilegios y las estructuras tradicionales, pero con el tiempo corren el riesgo de construir sus propias élites y sus propios mecanismos de permanencia.
El problema no es exclusivo de la izquierda. El poder tiene una capacidad extraordinaria para seducir, acomodar y transformar a quienes llegan prometiendo combatir sus excesos. Pero si la izquierda pretende representar una ruptura moral con las prácticas que critica, debería ser la primera en aceptar un escrutinio severo sobre sus dirigentes, sus alianzas, sus resultados y el uso de los recursos públicos.
No puede exigir transparencia para sus adversarios y comprensión para los suyos. No puede denunciar el clientelismo cuando lo practica el contrario y guardar silencio cuando aparece en sus propias filas. No puede invocar al pueblo para ganar elecciones y después tratar las críticas ciudadanas como una molestia.
Una causa política no se vuelve limpia por el nombre que lleva.
Y me parece especialmente peligroso que el debate latinoamericano se reduzca a una falsa disyuntiva: o se respalda a la izquierda, o se termina favoreciendo a la derecha. Como si cuestionar a Lula fuera una obligación de votar por Bolsonaro. Como si denunciar los errores de un gobierno equivaliera a respaldar a su rival.
Esa lógica empobrece la democracia porque obliga a los ciudadanos a escoger entre lealtades antes que entre argumentos. Convierte la crítica en sospecha y el desacuerdo en una prueba de pertenencia ideológica.
Yo no creo que América Latina necesite menos crítica. Necesita mucha más. Una crítica capaz de señalar los errores de la derecha sin absolver a la izquierda; capaz de reconocer los avances sociales sin ocultar las deudas; capaz de entender que ningún dirigente, por popular que sea, está por encima de las preguntas que debe responder.
La victoria de Lula no borra la división de Brasil
Los números del domingo son elocuentes. Lula obtuvo el 51,79 % de los votos válidos, mientras Flávio Bolsonaro consiguió el 48,21 %. La victoria es legítima, pero la diferencia también muestra que Brasil continúa dividido. Casi la mitad de los votos válidos fue para una candidatura distinta a la del presidente reelecto.
Ese dato debería obligar a la izquierda a pensar, no solamente a celebrar.
No todos los brasileños que votaron por Bolsonaro lo hicieron por las mismas razones. Tampoco puede suponerse que cada ciudadano que eligió a Lula respalde todas sus decisiones. El voto no es una declaración de amor incondicional. A veces expresa convicción; otras veces, rechazo al adversario, temor a un escenario político o la elección de lo que se considera el mal menor.
Por eso me parece equivocado interpretar la victoria como una absolución de la gestión de Lula o como una prueba definitiva de que la izquierda tiene las mejores respuestas para Brasil.
Los electores escogieron un presidente. No entregaron su derecho a cuestionarlo.
Y Lula tampoco puede gobernar cuatro años más pensando que su principal tarea consiste en demostrar que Bolsonaro tenía que perder. El adversario puede ser una referencia electoral, pero no puede convertirse en la excusa permanente de un gobierno que debe responder por sus propios actos.
Brasil necesita menos política entendida como una batalla interminable entre dos bandos y más política entendida como la obligación de resolver problemas concretos.
Además, la izquierda debería preguntarse por qué una parte tan importante del electorado no encuentra en su proyecto una respuesta convincente. Descalificar a esos ciudadanos, asumir que todos están manipulados o reducir sus preocupaciones a una conspiración conservadora sería la forma más rápida de negarse a entender al país que acaba de elegir.
Una democracia madura no exige que todos piensen igual. Exige que quienes gobiernan comprendan que el voto les entrega una responsabilidad, no una superioridad moral.
El problema de fondo: una izquierda que corre el riesgo de quedarse sin futuro
La reelección de Lula también expone una pregunta incómoda sobre su partido: ¿qué ocurre con un proyecto político cuando su continuidad depende demasiado de una figura histórica?
Lula ha demostrado una capacidad extraordinaria para movilizar a sus seguidores y conservar su relevancia política. Pero el éxito electoral de un dirigente no debería ocultar la necesidad de renovar las ideas, formar nuevos liderazgos y preparar una generación capaz de gobernar sin depender de una sola persona.
Una corriente que lleva tantos años en la primera línea política no puede seguir tratando la sucesión como un asunto secundario. Necesita demostrar que tiene futuro más allá de la biografía de su líder.
Y aquí hay una ironía que la izquierda debería considerar: quienes prometen transformar las estructuras pueden terminar aferrándose a ellas cuando descubren que el poder también les resulta cómodo.
La renovación no consiste en cambiar de candidato mientras se conservan intactas las mismas prácticas. Consiste en reconocer errores, abandonar fórmulas agotadas, abrir espacio a nuevas generaciones y aceptar que ninguna trayectoria personal puede reemplazar la discusión sobre el futuro.
Si la izquierda quiere seguir gobernando Brasil, tendrá que ofrecer algo más que la nostalgia de sus mejores años y el temor a que regrese la derecha. Tendrá que explicar qué hará con la economía, cómo enfrentará la inseguridad, qué oportunidades creará y cómo garantizará que sus políticas sociales sean sostenibles.
Y tendrá que hacerlo aceptando que puede equivocarse.
Porque una ideología que no admite sus errores no está defendiendo sus principios: está defendiendo su orgullo.
Brasil no puede vivir eternamente de la promesa
Lo que más me inquieta de esta elección no es que haya ganado Lula. Es que América Latina vuelva a discutir el resultado como si el triunfo de una corriente política fuera suficiente para resolver las preguntas que dejaron pendientes sus gobiernos.
La izquierda puede ganar elecciones y, aun así, tener que demostrar que sabe gobernar. Puede defender causas justas y cometer errores. Puede reducir ciertas desigualdades y fracasar en otros frentes. Puede representar una alternativa legítima sin convertirse por ello en la única alternativa moralmente aceptable.
Reconocer esas posibilidades no es atacar la democracia. Es tomársela en serio.
A Lula le corresponde demostrar que su nuevo mandato no será una repetición de las mismas promesas. Le corresponde probar que la protección social puede convivir con una economía capaz de generar oportunidades, que el discurso de igualdad puede traducirse en mejoras concretas y que su gobierno está preparado para rendir cuentas incluso cuando las cifras o las decisiones resulten incómodas.
A la izquierda brasileña le corresponde algo todavía más difícil: entender que el pueblo no le pertenece.
Los ciudadanos pueden apoyarla hoy y rechazarla mañana. Pueden reconocer sus avances y denunciar sus errores. Pueden querer protección social sin aceptar el clientelismo, defender la democracia sin respaldar cada decisión presidencial y reclamar justicia sin entregar su criterio a un partido.
Eso es lo que una sociedad libre debería poder hacer sin que nadie la acuse de traicionar una causa.
Lula ganó. La izquierda conserva el poder. Pero la historia no termina con el resultado electoral, y el país no puede quedar atrapado en una campaña permanente donde el futuro siempre se anuncia y nunca termina de llegar.
La pobreza no puede ser el argumento eterno de quienes prometen combatirla. La desigualdad no puede convertirse en una bandera que se hereda de una elección a otra. Y la esperanza no puede utilizarse como una deuda que los políticos renuevan cada cuatro años.
Si después de tantos años en el poder la izquierda sigue necesitando las mismas promesas para convencer a la ciudadanía, tiene que aceptar una pregunta que no se resuelve con aplausos: ¿cuánto de su proyecto se ha convertido realmente en una transformación y cuánto sigue siendo discurso?
Esa es la discusión que Brasil debería abrir después de estas elecciones. No para desconocer la victoria de Lula, sino para impedir que la victoria se convierta en una excusa para dejar de exigirle.
Porque un país no cambia simplemente porque cambie el nombre de quien gobierna. Cambia cuando la vida de sus ciudadanos deja de estar condenada a esperar que el próximo mandato cumpla lo que el anterior prometió.
Y si la izquierda quiere seguir presentándose como la respuesta para los más vulnerables, tendrá que demostrarlo en la realidad, no solamente en las urnas.
El pueblo puede volver a elegir a la izquierda. Lo que no debería hacer es resignarse a que sus problemas vuelvan a ser elegidos con ella.
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